El pequeño gran Marruecos: posición geoestratégica en el norte de África

 

Julio Machado

 

 

 

Lic. Pedro Machado Hernández

El Reino de Marruecos, enclavado en una importante  posición geoestratégica del Magreb, en el norte de África, mantiene un protagonismo subregional africano, Mediterráneo, Atlántico e internacional de singular  desempeño, que a veces  suele pasar inadvertido pero que resulta además muy activo debido a sus alianzas y compromisos, principalmente como colaborador  de intereses franco-estadounidenses, de la UE, las monarquías del Golfo y la OTAN, entre  otros.

Su privilegiada posición junto al estrecho de Gibraltar y Europa, a la salida del mar Mediterráneo, con extensas costas en el mar Atlántico frente a las islas Canarias, protector de dos grandes gasoductos procedentes de Argelia que se hunden en la cuenca mediterránea y que alimentan de energía a España y al resto de Europa, integran en gran medida la importancia  que confieren las naciones occidentales y europeas encabezadas por EE.UU. a esta nación magrebí y africana.

Se tiende a brindar escasa atención estratégica a esa nación, salvo en lo que respecta a su diferendo subregional con Argelia y la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), originado por sus sempiternas pretensiones  expansionistas, activada ahora en torno al conflicto del Sahara Occidental, territorio que invadió arbitrariamente, sustituyendo al colonialismo español.

Marruecos tuvo un proceso emancipador sui generis al que siguió un nacionalismo abarcador que suele acarrearle antagonismos con los países vecinos. Esto constituye otra de las características de la política de ampliación territorial de los distintos períodos gubernativos que se han instalado en la conciencia social  de las dirigencias marroquíes y que han sido inculcadas a la población. Los períodos que siguieron fueron conformando el diseño e instalación de un modelo de monarquía autoritaria y manipuladora que se ha ido perfeccionando de acuerdo a determinados intereses foráneos y nacionales.

Tanto interna como externamente la población marroquí acumula experiencias que han sensibilizado a la sociedad, sobre todo a la población más necesitada y a políticos o líderes sociales que se han enfrentado a la monarquía. Se denomina este período triste y convulso, donde tuvieron lugar los hechos, los años de plomo, el cual transcurrió entre 1960 y 1999 bajo el reinado de Hassan II, padre del actual monarca Mohamed VI. Fue un segmento  relativamente reciente del siglo pasado en la historia del país, caracterizado por la supresión de las garantías del Estado de Derecho y la represión gubernamental contra los opositores o elementos señalados como potencialmente peligrosos o nocivos  para el orden político dominante, que se caracterizó por sus altas y bajas mediante el uso de la fuerza en sus más variadas formas.

Podría catalogarse a Marruecos como una monarquía constitucional en que el Rey Hassan VI tiene amplios  poderes  ejecutivos que le permiten disolver  tanto al gobierno como al parlamento, otorgando también al monarca la condición de jefe de las fuerzas armadas. En el plano religioso el Rey es la máxima autoridad musulmana del país y el comendador de todos los creyentes.

Es notoria la influencia, actividad religiosa, político-cultural, económica,  militar y de seguridad que Marruecos desarrolla y ejerce desde el pasado siglo hacia algunos países africanos al sur del Sahara, sobre todo en África Occidental, brindando respaldo a las actividades y a las políticas de sus aliados  en esa subregión. Es la nación árabe situada más al oeste del continente  y hacia la cual las potencias occidentales profesan una especial atención y  tolerancia extrema pese a su estilo de gobierno y organización del poder, a la que los medios califican como una oligarquía con amplios poderes y absolutismo real sobre base religiosa en que prevalecen importantes cabildeos a nivel monárquico.

El reino alauita cuenta con uno de los ejércitos más poderosos y modernos de la subregión, que acumula experiencias bélicas debido a su enfrentamiento con el Frente Polisario durante más de diez años. Además, centenares de oficiales y soldados marroquíes han integrado las denominadas fuerzas de «ayuda humanitaria» de países capitalistas en el exterior, especialmente en África subsahariana, habiendo participado también en las operaciones militares de Bosnia y Kosovo, así como en la Primera Guerra del  Golfo.

Mantiene estrechas relaciones de cooperación militar y estratégica con Estados Unidos, Francia, España, Arabia Saudita e Israel, país este último al que facilita enlaces con otras naciones, principalmente musulmanas. Israel fue el principal encargado de restaurar, modernizar y habilitar tecnológicamente los seis extensos muros kilométricos y las trincheras que construyó Marruecos en torno al Sahara Occidental durante los años de combate con las tropas del Frente Polisario.

Durante las denominadas «Primaveras Árabes» que tuvieron como escenarios destacados a Túnez y Egipto en 2011, el Rey se vio obligado a mostrar, como le sugerían, una imagen más tolerante ante las manifestaciones sociales, debido a lo cual procedió a modificaciones en la Constitución que condujeron a elecciones ganadas mayoritariamente por la organización de corte islamista Partido Justicia y Desarrollo,  vinculada a los Hermanos Musulmanes (HM), sin que  hubieran  cambios sustanciales, pues tanto el Rey, como la Casa Real, continúan tomando las decisiones fundamentales. Mientras, la dirección ramal de dicho partido islamista decidió cambiar su rumbo y  no continuar siendo miembros de la organización HM Internacional, pues pese a su nueva  tendencia opositora suelen conciliar con el Rey, reconociéndolo como una figura indispensable para la vida normal y próspera del país. Algunos  detractores del régimen califican al Estado de monarquía absoluta y teocrática a pesar del multipartidismo.

Exceptuando la ocupación del Sahara Occidental, que el régimen considera un asunto interno, la monarquía ignora los compromisos que debe cumplir según  exigencias de la ONU y demás organizaciones internacionales, mientras procede sutilmente a tratar de cambiar la composición étnica del país mediante la represión de la población saharaui, eliminación de sus dirigentes e introducción en el territorio de grupos tribales de origen marroquí, así como infiltrados de sus servicios de seguridad. Al mismo tiempo  desarrolla una intensa labor política y diplomática con el apoyo de sus aliados occidentales para tratar de revertir paulatinamente el respaldo internacional a la lucha del pueblo saharaui.

Es interesante conocer una particularidad que subyace como entramado protector del reinado. Se trata de  un ente u organización sutil, de carácter elitista, manejado por una minoría privilegiada dependiente del rey que se conoce como sistema del Majzen y constituye en esencia una organización de tejido complejo e inextricable que funciona  discretamente en el marco sociopolítico y económico  supeditado al monarca.

Es un mecanismo de gobierno y ejercicio del poder de carácter clientelar cuyos elementos constitutivos están conformados por determinados individuos y familias comprometidas y jerarquizadas, en nada competitivas, que se ocupan o relacionan con importantes cargos determinantes. Criticado por la imaginería popular y la oposición, el Majzen es motivo de comentarios encubiertos en los que se le relaciona además con la corrupción, la violencia, el autoritarismo, la arbitrariedad y la represión. Suelen llamarle la familia, en irónica alusión a una organización mafiosa.

Marruecos es la única nación del continente africano que dejó de ser  miembro activo  de la organización que devino en actual Unión Africana (UA) debido a su rechazo  al reconocimiento del Sahara Occidental y del derecho del pueblo saharaui a la independencia por esa organización. No obstante, en fecha relativamente reciente, por razones todavía no bien valoradas, el reino solicitó su ingreso en la Unión Africana. 

Es también el único país de África que no ha querido restablecer relaciones diplomáticas con Cuba, alegando el papel que juega en apoyo a la causa del Frente Polisario, sin embargo, mantiene  relaciones con todos los demás países de África y el mundo que reconocen al pueblo saharaui. Todo indica que la causa fundamental  se ubica en el año 1963 del siglo pasado, cuando Cuba envió un contingente militar internacionalista para respaldar al recién instalado gobierno de Argelia independizada, ante la amenaza de invasión marroquí originada por un conflicto territorial fronterizo.

Las pretensiones marroquíes de ampliar sus fronteras ocupando territorios de países vecinos no son nuevas y corresponden  a la concepción desarrollada fundamentalmente en la década de 1950-60 del pasado siglo cuando el gobierno de turno, así como el partido ultranacionalista Istiqlal, presentaron ante organismos internacionales un documento reclamando territorios que según su alegato pertenecieron históricamente a Marruecos. Estas ideas, que han sido retomadas con fuerza en distintas etapas, permanecen vigentes y se basan en que esos territorios de diferentes  países fronterizos, otrora estaban ocupados por las dinastías Almorávides y Almohades  en el siglo XIII, las mismas que conquistaron España durante ocho siglos. Sin embargo: «el  pequeño Gran Marruecos», a través de sus autoridades, organizaciones y  partidos nacionalistas reclama todavía: casi la cuarta parte del Sahara argelino, con  límites más allá de Tinduf y Colomb-Bechar; a Mauritania en su totalidad; gran parte de Mali hasta Tombuctú, así como también el Sahara Occidental, entregado por España.