El trumpismo: nuevo intento fallido de conservar el mundo unipolar

Dr Jorge Casals

 

 

 

Dr. Jorge Casals Llano

casals@cipi.cu

 

“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere

 y lo nuevo no puede nacer. En este interregno se verifican los

 fenómenos morbosos más variables”

                                                                                                                                                                                    Antonio Gramscin                            

 

 

 

La idea de que “el orden” surgido de la Segunda guerra mundial –apuntalado por el “Reaganomic” y la desaparición del socialismo real –es definitivo, cuando menos es  acientífica y anticuada. Sin embargo, las “furias del interés privado”, mismas que según Marx pueden hacer que la Iglesia anglicana perdone que se nieguen 38 de sus 39 artículos de fe y no que se le prive de 1/39 de sus ingresos, hacen que no todos admitan que la crisis de ese mismo “orden”,  que hoy proclama “América Primero”,  forma parte de la crisis sistémica del capitalismo, que muere, sin que lo nuevo termine de nacer, lo que hace que imperen, en la academia y fuera de ella, el caos, la incertidumbre, la confusión y la aporía.

 

Y todo ello a pesar de que la historia del capitalismo muestra como éste se ha regenerado, recreado y adaptado a las condiciones gestadas en sus propias contradicciones lo que hizo posible su evolución –y la agudización de estas contradicciones –y pasara del capitalismo de libre concurrencia al capitalismo monopolista e imperialismo (con su eje primero en Europa y luego en EE.UU.) para desde finales del siglo xx y principios del xxi llegar a capitalismo senil (en su cuna, Europa, pero también en los EE.UU., su actual paradigma)  al propio tiempo que su eje se desplazara a Asia y al “socialismo de mercado”  (capitalismo de estado) impulsado por la “globalización” (internacionalización superlativa, ya prevista por Marx desde “El manifiesto comunista”).  

 

Ya en el orden teórico,  las sucesivas crisis del capitalismo lo llevan –en períodos cada vez más cortos –del  liberalismo (y el “mercado regulador”),  al keynesianismo (y el “estado como regulador”), al neoliberalismo (el estado como garantía de la regulación por el mercado) para en la actualidad, luego del “fracaso” del neoliberalismo y la globalización, intentar abandonar toda teoría, incluyendo la de las “ventajas comparativas”[1] que fundamenta el “libre comercio” entre las naciones.  

 

El capitalismo actual, caracterizado certeramente de senil, tiene como rasgos principales magros ritmos de crecimiento de la “economía real”, el agotamiento de los recursos y la destrucción del medio ambiente. Este capitalismo, que aun en estas condiciones es capaz de producir mercancías “en exceso” (lo que acelera la tendencia al descenso de la tasa de beneficios) se ve obligado por la competencia a introducir la ciencia y la tecnología a la producción como fuerza productiva directa lo que incide sobre la reproducción del sistema de muy diversas formas, siendo la más evidente el incremento de la productividad del trabajo y su incidencia sobre el empleo y la demanda solvente. El capital sigue produciendo ganancias –o dejaría de ser capital –sin importarle donde, en que fronteras, y a qué precio, siempre que no lo pague él. Al mismo tiempo y para maximizar sus ganancias, la actividad fundamental del capital pasa de la producción a la especulación (lo que niega su propia esencia), consolidando lo que ya Keynes, desde su “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” denominara “economía de casino”.

 

En el orden de la correlación mundial de fuerzas, la evolución histórica muestra cómo, desde el punto de vista geopolítico, la posición de los EE.UU. difiere hoy sustancialmente de la que fuera cuando, al finalizar la Segunda guerra mundial, lograra imponer al mundo el sistema de Bretton Woods y, con el mismo, su propia moneda como moneda de referencia global “tan buena como el oro”. Cuando el sistema fuera abolido, por insostenible, por el propio presidente de los EE.UU. en 1971 al declarar la inconvertibilidad del dólar y su devaluación, el dólar se mantuvo como la principal moneda de referencia global, lo que en buena medida hizo y hace posible, aun hoy, la hegemonía del país del norte en el comercio y las finanzas mundiales.

 

Para mantener el contexto, el análisis no puede pasar por alto que, en la actualidad, la geopolítica responde hoy, más que a las naciones, a los intereses de la plutocracia dominante (el 1%), que esta plutocracia es, cada vez más, plutocracia transnacional y que los “estados –nación” son, también cada vez más, estados transnacionalizados (en el sentido de que sus acciones quedan orientadas por los intereses de las transnacionales). Al propio tiempo, que las relaciones mundiales son protagonizadas, además de por los estados –nación, como en el pasado más o menos reciente, por nuevos centros de poder como las ya referidas grandes empresas transnacionales y aun otros que dejaron de ser grupos de presión y se han convertido en factores de poder real.

Barak Obama, hombre inteligente y capaz, sin duda estaba consciente (al igual que los que lo impulsaron a la presidencia) de la necesidad de introducir cambios en el funcionamiento del sistema económico global que, habiendo sido promovido por los propios EE.UU. había dejado de garantizar el nivel de vida de la “clase media” norteamericana, a la vez que debilitado la hegemonía de los EE.UU. en el mundo. Por ello mismo, asumió la presidencia de los EE.UU. utilizando el eslogan “Si se puede” (Yes we can) y en su mandato se apoyó en lo que denominó “Poder inteligente” (Smart power) seguramente considerando a aquellos que alertaban, ya desde mucho antes, acerca de la tendencia al declive[2] del poder imperial norteamericano y la recomposición geopolítica del mundo. Obama logró reducir la antipatía del mundo hacia los EE.UU. alcanzada por su predecesor, Bush hijo; no fue capaz, sin embargo, de revertir la tendencia al declive de los EE.UU.

El nuevo intento de reconfiguración geopolítica y de recuperación del terreno perdido, aun en contra de buena parte de la transnacionalizada plutocracia global, se hizo explícito cuando Donald Trump alcanzara la presidencia de los EE.UU. con su “Hacer a los EEUU un gran país nuevamente” (Make America great again) que aunque desde su discurso de asunción hizo hincapié en que sería presidente de los EEUU y no del mundo, subrayó su intención de liderarlo, o más bien, de gobernarlo.

Resulta pertinente antes de continuar aclarar que lo que hoy hace y propone el presidente Trump, su “nuevo intento”, incluyendo sus posiciones aislacionistas, son continuación y no implican ruptura de contenido con el accionar de administraciones estadounidenses anteriores (lo que incluye desde Harding y Coolidge hasta Reagan, Clinton,  los Bush y Obama, por mencionar algunos) en respuesta a la declinación del poder político y económico de Estados Unidos los últimos, o como políticas para la reconfiguración de la geopolítica global los primeros. Sirvan de ejemplo, tanto el “aislacionismo” de Harding y Coolidge como el “Reaganomic” y la “guerra de las estrellas” hasta las guerras que destrozaron a Irak, Libia, Siria y la prioridad de los gastos militares (en 2015 casi 10 veces los de Rusia y 3 veces los de China que Trump lleva ahora a más de 700,000 millones de dólares). También  el compromiso con la desregulación financiera neoliberal, apreciable tanto en la sustitución de la ley Glass – Steagall por la Commodity Futures Modernization Act  durante la presidencia de Clinton, y la no aplicada en su totalidad ley Dott – Frank por Obama, dirigida a regular organizaciones que operan derivados OTC (Over the counter) para mitigar riesgos financieros, hoy bajo amenaza de ser derogada por Trump y su equipo.

Pero de lo que se trata ahora es de precisar si el actual presidente puede hacer que los EE.UU. puedan mantener –cosa que no pudo hacer el “poder inteligente” –su cada vez más debilitada hegemonía (en el sentido gramsciano de que hegemonía es forma de dominación en la que la coerción, la violencia y la imposición se utilizan in extremis cuando resulta insuficiente el consenso y la aceptación de los dominados).

El primer gran problema que parece el actual presidente de los EE.UU. incapaz de resolver es la situación y la división creada al interior de su propio país y partido, las dos últimas exponenciadas por su propio accionar, y de lo cual lo que se diga es reiterativo ante lo evidente.

 

El segundo, recomponer la imagen de socio “confiable” y coherente, capaz de actuar como luego de la crisis del 2008, cuando EE.UU. junto a sus aliados, trabajaron para resolverla con un enfoque común, aunque cortoplacista y como nuevo paso hacia el precipicio. Trump ha hecho inviable este enfoque coordinado y con ello ha puesto en crisis el “orden económico y político” creado por los propios EE.UU. y para su beneficio. Por todo ello tiene escaso futuro el actual auge de la economía norteamericana  a pesar de la euforia infundada que ha producido el trumpismo[3] apoyándose en la financierización de la economía global a la que la “solución” de la crisis del 2008 empujó al mundo.

La “solución”[4] provocó niveles de endeudamiento insostenibles –también para EE.UU. –agravados ahora también por las guerras comerciales desatadas por Trump. La directora gerente del FMI, Cristine Lagarde advirtió que la deuda pública y privada ha marcado records históricos al alcanzar 182 billones[5] (millones de millones) de dólares, lo que supone un 60% más que el nivel alcanzado en 2007, previo a la crisis. Al respecto señaló que: "Este alto endeudamiento puede amplificar las presiones en los mercados financieros".[6] A ese dato, y solo para comparar, solo habría que agregar que el Producto Bruto global alcanza solo los 70 billones.

En lo que respecta a la deuda de los EE.UU. los datos no son menos alarmantes. Con un PIB de algo más de 20 billones 560,000 millones, la deuda federal asciende a 21 billones 605, millones (más del 100%), en tanto que la deuda total asciende a 71 billones 226 (más del 300%) y los derivados financieros alcanzan la astronómica cifra de 569 billones 260, millones.[7]   Paradojalmente, este sobreendeudamiento de los EE.UU. es el que le permite mantener su dominio sobre buena parte del mundo pues, al  ser el emisor de la moneda más utilizada en las transacciones mundiales y  base del actual “sistema” monetario internacional,  se mantiene como sistema fiduciario, no por la “confianza” en el dólar sino por la “confianza” en que los tenedores de dólares son los primeros interesados en que no se devalúe.

A lo anterior deben agregarse, en la inmediatez, los problemas en los mercados agravados por los crecientes tipos de interés fijados por la Reserva Federal de EE.UU., que ha drenado la liquidez del dólar globalmente produciendo su artificial escasez.[8]

Ya en el mediano plazo y largo plazos, deben agregarse los problemas de la moneda que se mantiene aún como de referencia global, pero cuyo uso por los EE.UU. como instrumento de su política de “sanciones” a aquellos países que no se someten a sus designios, incentiva y hasta los obliga, a abandonar el dólar como instrumento de pagos.

No puede obviarse que ya desde finales del pasado siglo y comienzos del actual, comenzaron a producirse transformaciones en la economía mundial que dieron inicio al desplazamiento del dólar estadounidense como moneda hegemónica en el mundo[9]. El primer atisbo de los cambios fue la formación de un área económica en Europa con peso suficiente como para disputar el predominio a la economía norteamericana, lo que hizo posible la aparición del Euro y de la zona euro, que por sí misma constituyó un reto a tal hegemonía. Y aunque la nueva moneda no cumpliera las expectativas más optimistas sobre la misma, su vigencia en los países de la “Zona euro”, los volúmenes de las transacciones que con ella se realizan y su utilización como moneda de reserva por los bancos centrales de muchos países del mundo, por sí mismos constituyen un reto importante al privilegio del que han gozado los EE.UU. desde la segunda posguerra.

Paralelamente, y como parte de los cambios ya referidos, se fortalecieron como potencias económicas países que, como China, ya hoy disputan la supremacía económica y geopolítica estadounidense (La ruta y la franja de la seda y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura son solo ejemplos) y su moneda, el Yuan, refleja esos cambios que se manifiestan, tanto en la disminución del papel del dólar en las reservas de los bancos centrales, como en la inclusión del Yuan  en las reservas de más de 40 bancos centrales y en la cesta de monedas que determina el valor de los derechos especiales de giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional, a partir del 1 de Octubre de 2016.  

La existencia de bloques comerciales que mantienen relaciones económicas en monedas propias (China – Rusia; Venezuela – China; Irán – China) y que una parte cada vez mayor del petróleo  que se comercia en el mundo no utilice el dólar como instrumento de pago, abren una nueva época económico-financiera que, con independencia de que fueran inicialmente concebidas o no para debilitar el papel del dólar, constituyen hoy un eficaz instrumento de defensa ante “las sanciones” que aplican los EE.UU. indiscriminadamente  y de manera miope a “tirios y troyanos” , debilitan, más que fortalecen sus posiciones en el mundo.

Y aunque aún hoy propiamente la hegemonía del dólar no peligra, es evidente que la “desdolarización” de la economía mundial ha comenzado y la transición geoeconómica y geopolítica continúa.

En el contexto sucintamente descrito se ha impuesto la agenda Trump. Una rápida relación en la que se pone de manifiesto el desprecio de la actual administración por el resto del mundo, por el multilateralismo y la concertación y su apego al unilateralismo, el aislamiento y la patanería se expone a continuación:   

  • Abandono del pacto 5 + 1 con Irán.
  • Abandono del acuerdo del clima de París.
  • Trasladado de la Embajada y el Consulado de EEUU en Israel a Jerusalén.
  • Eliminación de fondos para Palestina.
  • Salida de la UNESCO y del Consejo de Derechos Humanos.
  • Inicio de una guerra comercial a escala global, de la que no se libran ni sus aliados tradicionales
  • Reducción de la contribución a las fuerzas de mantenimiento de la paz
  • Rechazo al multilateralismo y promoción del bilateralismo en su relacionamiento con otros países.
  • Política de “sanciones” a amigos y adversarios, en particular a Irán, Venezuela, Siria, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua, aunque también a Rusia y China.
  • Vuelta a la “guerra fría” y a los ataques al socialismo.
  • Vuelta al sobreendeudamiento de los EE.UU. (con un PIB de algo más de 20 billones 560,000 millones, la deuda federal asciende a 21 billones 605, millones (más del 100%), en tanto que la deuda total a 71 billones 226 millones (más del 300%) y los derivados financieros alcanzan la astronómica cifra de 569 billones 260.000 millones)
  • Sobreutilización del dólar para tratar de imponer sus condiciones al resto del mundo lo que ha acelerado el proceso de “desdolarización” de la economía global.
  • Retoma de la “Doctrina Monroe” como arma geopolítica.

La incapacidad de liderazgo global de los EE.UU. se hace evidente tanto en el retiro de las negociaciones integracionistas con el área del Pacífico y Trasatlánticas, como cuando su presidente multiplica las agresiones verbales contra sus aliados –incluyendo a los de Europa, Japón y América Latina –y contra los que no lo son –sea en Asia, África o el Medio Oriente.

 

Respecto a los tratados comerciales no puede pasarse por alto aquí algo conocido por cualquier empresario, político, analista o sencillamente cualquier habitante del planeta medianamente informado: las grandes empresas transnacionales operan en todos los continentes, en multiplicidad de países y forman cadenas productivas de subcontratación, externalización, tercerización, relocalización… por lo que una misma empresa, aprovechando las llamadas “ventajas competitivas” puede,  por ejemplo,  construir desde un teléfono hasta un automóvil o un avión cuyas partes se fabrican en diferentes países por una o distintas empresas que terminan ensamblándose en uno u otro país por lo que, ni la producción en la actualidad es “nacional”, ni el pago de aranceles una y otra vez al atravesar partes y piezas cada frontera, con los consiguientes incrementos en el costo de los bienes producidos, pueda beneficiar de ninguna manera ni consumidor norteamericano ni al de ninguna parte del mundo.

A lo anterior habría que agregar que el proteccionismo norteamericano obliga incluso a los actuales socios comerciales de los EE.UU., quiéranlo o no, a adoptar contramedidas para la defensa de sus intereses “nacionales”. Lo anterior es válido desde la UE hasta China, desde India hasta Japón, desde América Latina hasta Australia. Sirvan aquí de constatación las declaraciones del secretario de Comercio de China, Zhong Shan, en la sesión anual del parlamento en Pekín refiriéndose a las relaciones EE.UU. - China:  "…una guerra comercial no beneficiaría a ninguno de los dos países y no tendría ninguna ventaja", y añadió que "muchos amigos estadounidenses y occidentales piensan que China no puede vivir sin Estados Unidos, pero eso es solo media verdad pues, al mismo tiempo, EE.UU. no puede vivir sin China". Sin duda, dada la importancia actual de los EE.UU. en el comercio global, sus medidas proteccionistas dan lugar a una espiral mundial que perjudicará a todos, incluyendo a los norteamericanos.

En el referido contexto, al margen de los problemas meramente económicos y más relacionados con la geopolítica, subyace el diferendo EE.UU. – China en el mundo y en particular en la región del Asia oriental, en la que China ha aumentado ostensiblemente su presencia económica, política, diplomática y militar. La VIIma flota de los EE.UU. está presente en el área, pero la misma no puede controlar el acceso a los océanos ni servir siquiera de factor disuasivo sin embarcar a los EE.UU. y al mundo en un enfrentamiento militar en el que  se sabrá el comienzo pero nunca sabremos cuando terminó si es que comienzan a utilizarse las miles de bombas nucleares existentes, cada una de ellas con capacidad destructiva mucho mayor que las de Hiroshima y Nagasaki.

A los no iniciados pudiera desconcertar el “auge” de los indicadores de la economía de los EE.UU. incluso antes de que Trump tomara posesión del cargo de presidente.  Al respecto deben hacerse dos comentarios, el primero relacionado con el incremento de los “valores” financieros y que los índices de la bolsa de Nueva York hasta muy recientemente siguieran marcado nuevos records; el segundo respecto al resto de los valores.

En realidad nada hay de extraño en que los indicadores de bolsa hayan experimentado un alza si se tiene en consideración que el presidente Trump y su equipo reiteradamente se refirieron a la ley Dott – Frank (a lo que ya hicimos referencia anteriormente) en el sentido de que había que desregular el sector financiero para eliminar las trabas que dificultaban el acceso de los inversores a los fondos disponibles.

Tampoco hay nada extraño en la reacción –a partir del discurso populista de derecha de Trump –que un análisis a priori, superficial y desde la estricta lógica microeconómica puede producir en los sectores de la construcción, la industria, la salud, la biotecnología, la energética y tantos otros y  el efecto multiplicador que promete la inversión en la deteriorada infraestructura del país; la reanimación del sector industrial y automovilístico mediante la adopción de medidas proteccionistas y que gravan la relocalización fuera de los EE.UU.; el aumento de los gastos militares que inyectarán dinero en la circulación y aumentan el consumo y con ello el PIB de la nación y la reformulación del sistema de salud de la manera que en un video que circula en las redes sociales el Senador Bernie Sanders asegura es  “un traspaso masivo de riqueza de los trabajadores y personas de ingresos medios a los más ricos de este país”. También por esa misma razón, aumentan las expectativas de las empresas productoras de medicamentos y biotecnológicas al disminuir el riesgo del establecimiento de un mayor control de precios; las energéticas porque se levantarán las restricciones para elevar la producción doméstica de carbón, petróleo y gas de esquisto y se eliminarán las ayudas que reciben las industrias productoras de energías alternativas.

Respecto a la burbuja incrementada en las bolsas, solo habría que añadir que precisamente la desregulación financiera promovida por el presidente Clinton (refrendada por la Commodity Futures Modernization Act )  fue uno de los factores que disparó la crisis de 2007, de la cual aún la economía norteamericana y global no se ha recuperado totalmente a pesar de las ingentes cantidades de dinero que se han introducido en la circulación y ocasionado lo que los economistas llamamos “trampa de liquidez”, o más explícitamente, que la economía no reaccione al estímulo que representa el aumento de la cantidad de dinero en circulación, ni aun con tasas de interés negativas.

Tampoco es viable, económicamente viable, el crecimiento prometido por Trump para los cuatro años de su mandato hasta igualar las tasas de los años 50 y 60 cuando los EE.UU. alcanzaran la cúspide de su hegemonía mundial al menos porque:

  1. Los problemas del capitalismo contemporáneo no tienen solo que ver con las políticas comerciales. La relocalización industrial que Trump pretende revertir con el proteccionismo provocará reacciones legítimas de los perjudicados que conducirán, inevitablemente, a una guerra comercial global.
  2. La creación de empleo (no solo en EE.UU.) tiene que ver con la introducción de nuevas tecnologías y ésta con la calificación y recalificación de la fuerza de trabajo. La producción competitiva en la actualidad tiene que ver tanto con los niveles salariales (lo que Trump no podrá resolver) como con la introducción de cambios tecnológicos que potencien la productividad. Estos cambios tecnológicos, como regla, requieren de poca –o muy poca –fuerza de trabajo aunque de alta calificación por lo que no contribuiría a la masiva creación de empleo. Lo anterior es válido tanto para la industria como para la agricultura. Ya hoy alrededor de un millón de granjeros estadounidenses son capaces de producir lo que antes 3 millones.
  3. A pesar de las promesas de retorno a los EE.UU. de algunas empresas transnacionales, está por verse si los análisis políticos, económicos, sociales y tecnológicos que  necesariamente preceden a las inversiones  que realizan las grandes empresas garantizan a sus ejecutivos y accionistas la viabilidad de tal decisión.
  4. La producción, como ya se ha señalado antes, se ha hecho global por lo que introducir restricciones al trasiego de partes y piezas entre los diferentes componentes de las redes de producción y distribución solo aumentaría costos y el desempleo en lugar de crear empleos y mejorar la calidad de vida de los estadounidenses.
  5.  Los costes de producción en EE.UU. son más elevados que en el resto de sus competidores por lo que la producción “nacional” en los EE.UU. será más cara y más caros, por consiguiente, los precios del consumo en los EE.UU.
  6. El aumento del gasto militar y la inversión en infraestructura no puede ir acompañado, como promete Trump, con una rebaja masiva de impuestos sin que ello aumente, aún más, el ya abultado déficit presupuestario y con él la deuda pública.
  7. La subida de los tipos de interés para financiar la economía seguirá aumentando la deuda e incrementando el desequilibrio de la balanza comercial; la depreciación del dólar minará aún más la confianza en el mismo que paulatinamente será sustituido a escala global por otras monedas más confiables.
  8.  El presidente Trump insiste en el amplio uso de los combustibles fósiles (incluido el carbón y el gas de esquisto), rechaza los estudios científicos y niega la dimensión de la crisis ecológica y el cambio climático lo que traerá graves consecuencias para los ciudadanos norteamericanos, y desafortunadamente también para todos los que habitamos el planeta y nuestros descendientes.

Por supuesto que el análisis debería incluir, además de los desaguisados geopolíticos y económicos, las declaraciones y posiciones de Trump respecto a las mujeres, el aborto, la xenofobia, el ultranacionalismo de derecha, el aislacionismo, el racismo, el oscurantismo…pero como además de economista soy optimista, sigo pensando “... que un mundo mejor es posible”.

 

 

[1] En el recientemente firmado “Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá” (USMCA, por su sigla en inglés), por primera vez se estipula que un porcentaje de cualquier vehículo que califique para cero aranceles sea manufacturado en una fábrica donde el salario promedio de producción sea de al menos 16 dólares la hora. Se esgrime aquí el denominado argumento de los “salarios paupérrimos” (que fuera ampliamente utilizado en 1993 por el entonces candidato a la presidencia de EE.UU. el millonario Ross Perot). Según dicho argumento, en condiciones de libre comercio, la industria se desplaza hacia el país que tenga salarios menores lo que produce un “efecto absorción”. El argumento es falaz atendiendo a la teoría de la “economía oficial”, pues para ella es irrelevante el nivel de salarios o cualquier otra ventaja que no sea que la ganancia en el comercio internacional se produce como resultado de que el país es más barato en términos de su propio trabajo.

[2] Ya en el año 2004, Jeffrey D. Sachs, en un artículo publicado el 4 de febrero de ese año en “El País” de España, alertaba sobre las razones del declive norteamericano:  Su insoluble crisis presupuestaria; su enorme deuda externa; los avances de las potencias emergentes; el descenso de su poder geopolítico y el factor demográfico que debilitaría la composición de  wasp en la nación y con ello el militarismo estadounidense. .

[3] La economía de los EE.UU. tuvo un crecimiento irregular en 2016. Un primer trimestre con un crecimiento anualizado del 0,8 % que pasó al 1,4% en el segundo y un 3,5% en el tercero para un 1,6% en el año, lastrado por la caída de las exportaciones un 4,3%. En la actualidad, la economía de los EE.UU., como consecuencia de la financierización, muestra cifras que nada tienen que ver con la economía real.

[4] Que incluyó las políticas de interés cero implementadas por los bancos centrales, también la Reserva Federal de los EE.UU., que provocó  bajos costos de financiación e impulsó a empresas y naciones a tomar préstamos impagables.

[5] Bloomberg, por su parte, eleva la Deuda pública global a 237 billones.

 

[6] Según: “El país” de España, 1 de octubre de 2018.

 

[7] Según: usdebtclock.org, visitada el 2/10/2018.

 

[8] Desde el 0% en el 2015, en la actualidad es del 2% y se prevé llegue al 3,4% en el 2020.

[9] El primer intento puede considerarse fue el “Rublo convertible”, moneda concebida para su uso por los países miembros del CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), ni por su naturaleza ni por el volumen de las operaciones en ningún momento significó un reto al dólar de los EE.UU. como moneda de reserva internacional.