Lecciones y Reflexiones

Leyla Carrillo

 

 

 

Lic Leyla Carrillo Ramírez

leyla@cipi.cu 

 

La historia de Cuba prodiga valiosas enseñanzas para resistir todos los embates en distintas épocas. Hatuey y Casiguaya inauguraron el sendero de la rebeldía contra el conquistador. Los cimarrones huyeron de la sumisión y el cepo. Los mambises, con la carga al machete y en la protesta de Baraguá abatieron al mayor ejército en tierras de América, con abnegada y prolongada lucha para alcanzar la independencia del yugo colonial. La generación del 30 en el siglo XX derrocó a la dictadura sostenida por Estados Unidos. Desde las acciones del Moncada y en la Sierra Maestra, la victoria de Playa Girón sobre los mercenarios y la entereza ante la Crisis de Octubre, a costa de mucho sacrificio, héroes y mártires, Cuba se liberó del imperio neocolonial más poderoso del planeta.

Desde 1492, con el desembarco de las tres carabelas comandadas por Cristóbal Colón, los métodos para hacer la guerra han sido perfeccionados y emplean equipos, sustancias, subterfugios, tácticas y armamentos inimaginables por su sofisticación.

El siglo XXI constituye el súmmum de lo concebido y fabricado a lo largo de la historia. Armas de exterminio masivo, incremento de la morbilidad y letalidad  durante y después de los conflictos, multiplicación incontrolada del arsenal nuclear, desestabilización e instigación para acelerar los procesos de cambio  contra gobiernos indeseados para los polos de poder, implementación de sanciones que dañen a la población civil por sus efectos socio-económicos, diversificación de pretextos  intervencionistas, uso no autorizado del espacio ultraterrestre, naves y equipos teledirigidos, proliferación de desinformaciones y mentiras para crear un ambiente subversivo, influencia directa sobre determinados sectores poblacionales y el financiamiento a mercenarios que aceleren  los procesos disruptivos, entre otros.

Transcurridos 21 años de este siglo no se han reducido los conflictos, sino se modifican los métodos para su despliegue y proliferación, según los propósitos de la geopolítica imperial. Afloran y se multiplican los rasgos de la llamada guerra no convencional, caracterizada por la amenaza y el uso de la fuerza (frontal o subrepticia), en la que abundan la sutileza y el surgimiento de protestas dirigidas, generalmente desde instituciones, organizaciones, tanques pensantes, personalidades influyentes y estamentos de variada procedencia, de la inteligencia militar, la prensa más influyente y las redes informáticas provenientes de los polos de poder.

Entre las figuras empleadas durante la guerra no convencional destaca la intervención humanitaria, sobre la que sería oportuno reflexionar, porque no acomete acciones filantrópicas características de una concepción humanitaria y desinteresada. Un eminente jurista cubano planteó el símil entre la intervención, la injerencia y la inmiscuencia en los asuntos internos de otros Estados, en transgresión del Derecho Internacional.[1]

Precisar sobre la frontera entre la ayuda y la intervención humanitaria, ayudaría a comprender la envergadura y los propósitos del planteamiento por foráneos y cubanos malintencionados, cuando promueven que se aplique esa figura intervencionista contra Cuba y la creación de un corredor humanitario.

En el primer caso, el Derecho Internacional Humanitario (DIH) que codifica el tratamiento a la población civil y a los combatientes en  los conflictos y las catástrofes,  establece que la ayuda humanitaria se aplica para aliviar la situación de las personas en tiempos bélicos- que no es el caso cubano. En el segundo, el corredor humanitario se establece para facilitar bajo condiciones de inmunidad la entrega de ayuda por organizaciones autorizadas a las víctimas del conflicto- que tampoco es el caso.

Podríamos pensar que los voceros de instituciones estadounidenses y círculos de cubanos radicados en Estados Unidos o ciudadanos de otros países ignoran el contenido del DIH, Sin embargo, los postulados para intervenir, bajo el manto de una ayuda, inclinan la balanza hacia acciones de odio, desestabilizadoras y vandálicas, destinadas a un anhelo desde 1959: derrocar la Revolución Cubana.

Si retrocedemos en la historia, la acción humanitaria se ha basado tradicionalmente en principios éticos y operativos, entre los que destacan: la humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia y universalidad, promovido desde el código de conducta del Comité Internacional de la Cruz Roja en 1863; principios de los que se desentienden los Estados desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial [2], a medida que se apartan  del humanismo y se expande su acción intervencionista.

Por ello es aconsejable que los detractores de Cuba, antes de lanzar peligrosas consignas, se informen sobre los conceptos jurídicos que pretenden manipular. No es ocioso recordarles episodios de sucesivas intervenciones humanitarias, que  sólo han ocasionado desgracias, mutilación, escisión territorial y de países,  sin que la supuesta ayuda llegara a los desfavorecidos.

La implementación de la figura de intervención humanitaria arroja resultados nefastos. Los casos más ilustrativos tuvieron lugar en el siglo XIX en Grecia, en el reino de las dos Sicilias,  en Creta, Bosnia, Bulgaria y Macedonia. En el siglo XX se produjeron intervenciones en China, Egipto, Jordania, Líbano, Uganda, Somalia, Timor Oriental, Yugoslavia (Kosovo), Haití, Panamá y Granada. El ejemplo más aleccionador fue la presencia de contingentes humanitarios de varios países imperialistas y de los cascos azules de la ONU en Ruanda, interesados  en “preservar la paz”, que no pudieron evitar la masacre ni el genocidio de alrededor de un millón de personas.  En el siglo XXI las intervenciones, motivadas por la geopolítica imperialista se asentaron en Irak, Libia, Mali y Siria.

Y si algunos insisten en que la intervención sea preventiva, punitiva o derivada, conviene estar alertas, porque se ha generalizado que, para prevenir, violan los principales derechos humanos, la soberanía y la autodeterminación de un pueblo. Por lo tanto, el inevitable uso de la fuerza por la que pretenden imponer la intervención, violaría los más elementales derechos humanos del pueblo que proclaman proteger.

Entonces nos hallaríamos ante más violaciones de los derechos humanos, objeto de la violencia impuesta por otros factores y gobiernos. ¿Eso es lo que propugnan quienes alientan una intervención humanitaria en Cuba? ¿Y si descubren su error, que no es semántico, sugerirán entonces una intervención militar?

Este es el panorama en el que, desde varios escenarios, se instiga a desobedecer y expresarse contra el gobierno cubano, que antes denominaban “de Castro” y ahora “dictadura” o “totalitario”. En el marco de la guerra no convencional alientan consignas para acelerar una intervención humanitaria y crear un corredor humanitario, desde fuera y por algunos asalariados en Cuba o por los confundidos, objeto de insatisfacciones derivadas de las carencias actuales debido al recrudecimiento del bloqueo estadounidense y al rebrote de COVID-19. 

Sin pausa ni tregua Cuba ha sido objeto desde enero de 1959 de constantes acusaciones, campañas, agresiones, subterfugios, actos terroristas de diverso carácter y del bloqueo más prolongado de la historia, a pesar de que el voto casi unánime en la Asamblea General de las Naciones Unidas rechaza las medidas coercitivas impuestas por el bloqueo económico, comercial y financiero y opina que debe cesar, por motivos de justicia y humanitarios. Los promotores de la “intervención” o del “cambio de régimen”[3] omiten ex profeso que precisamente el bloqueo es uno de los actos más inhumanos ensañados contra el pueblo cubano. 

En su último bienio gubernamental, el presidente Donald Trump impuso 243 nuevas medidas coercitivas, añadidas al entramado existente desde 1961, con el objetivo de asfixiar a Cuba y lograr un estallido social. Transcurrido el primer semestre de la presidencia demócrata se mantienen incólumes las sanciones, a pesar de anuncios preelectorales de revisar el bloqueo, lo que impide recibir insumos, medicamentos, alimentos, piezas de repuesto, petróleo, créditos o efectuar transacciones, porque son multadas las empresas e inversionistas de terceros países dispuestos a una relación contractual. Los impactos del bloqueo son fehacientes, reales y repetitivos, lo que favorece inconformidades,  disensos y actos vandálicos que, alentados por el principal culpable, se enardecen.

Los disturbios durante julio en Cuba, magnificados y manipulados por las redes sociales y la gran prensa, reflejan cómo se urden el desacato y la violación del Estado de derecho, instigado desde el exterior. Simplemente, en el caso de la Isla se exhiben como un problema humanitario, con la finalidad de acelerar una  intervención, que responda a los intereses de Washington o de enarbolar el surgimiento de un Estado fallido, otro de los pretextos intervencionistas.

Desde luego, la difusión mediática y cibernética de quienes controlan la información mundial, apenas reproduce las protestas masivas en países latinoamericanos, donde los paramilitares reprimen o desaparecen a decenas y cientos de manifestantes, o cuando en las grandes capitales se pronuncian los insumisos, los chalecos amarillos, los de Occupy Wall Street y Somos el 99%, entre otros.

Sin demeritar los problemas endógenos existentes en países del espacio postsoviético y en varios del mundo árabe, las denominadas Revoluciones de Colores y la infértil Primavera Árabe fueron  aceleradas  por las redes informáticas, que incitaron refriegas callejeras, manifestaciones de inconformidad y el acercamiento de los países involucrados hacia occidente. 

No es casual, por lo tanto, que el uso de los detonantes más empleados sobre Cuba sean precisamente, el terrorismo mediático y el ciberterrorismo, que han exacerbado los ánimos, mediante la difusión de imágenes falsas o tergiversadas, instigando a la protesta y la desobediencia. Las lecciones aprendidas indican que, en cualquier lugar del mundo, se pondera la respuesta para preservar el Estado de derecho y de la gobernabilidad. En cambio, salvo honrosas excepciones, la prensa dominante y los gobiernos de países más desarrollados, califican la respuesta del pueblo cubano y de las instituciones refrendadas por una constitución aprobada en 2019 por el 86% de la población, como “represión” y desentendimiento del clamor “popular”.

Si se retorna a la historia de la agresión mediática contra Cuba, ahora ampliada y perfeccionada por las redes informáticas, conviene recordar que durante cuatro decenios las transmisiones radiales y televisivas ocuparon  el espectro comunicacional cubano durante cerca de 7 mil horas semanales, a pesar del rechazo por diversos organismos internacionales, incluida la Unión Internacional de Telecomunicaciones, porque significaba la violación del espacio radiofónico soberano del Estado. Ahora la tecnología digital se expande para envenenar al país, con mensajes subliminales, primero y direccionados, después. Las redes de Internet, con base operacional en  Miami, cuentan con el apoyo técnico de expertos costeados por el presupuesto gubernamental, que paga el contribuyente estadounidense.

Así surgieron los programas informáticos de Perineo y Zunzuneo, a través de redes dirigidas por la USAID y la NED[4], que conforman un espectro radiofónico y cibernético correspondientes al terrorismo mediático, porque alientan la subversión anticubana y constituyen una poderosa, replicable y económica arma, sin arriesgar militares en un  campo de batalla real. En este caso, la virtualidad es tan útil como los drones[5] empleados contra la población civil en Afganistán, Irak, Siria o algún país africano, pero menos costosos. El espacio comunicacional integra los denominados “bienes comunes” y su uso no se ha podido codificar, lo que motiva que cualquier transgresión por los más potentes quede impune, mientras que los países más pobres están sometidos a la dictadura de las ondas, del espacio y de las redes.

El uso indiscriminado de la redes contra la estabilidad de la nación cubana constituye una operación comunicacional de alta envergadura, utilizada con deliberación, crueldad y oportunismo para movilizar a ciudadanos durante una de las situaciones más difíciles que ha atravesado el país, excedida por la expansión del coronavirus, que gracias al esfuerzo de médicos y científicos alcanza un 0,64% de letalidad, es el más bajo en todo el continente.

El reciente “golpe blando”[6] orquestado  por desórdenes azuzados desde una campaña mediática a través de las redes sociales, ha contado con recursos multimillonarios, laboratorios y plataformas tecnológicas estadounidenses, con  apoyo exterior.[7] Su principal propósito es promover la intervención, sea humanitaria o militar y  utiliza como facilitador al argentino Agustín Antonelli, quien desde la derechista Fundación Libertad, ha participado en varias campañas contra mandatarios progresistas latinoamericanos[8] y, en la trama contra Cuba utilizó robots, algoritmos y cuentas creadas para replicar los mensajes relacionados con la campaña, iniciada con la cuenta HT SOSCuba, localizada en España.   

Las lecciones aprendidas sobre el acoso no finalizan. La presunta ambigüedad del gobierno estadounidense para modificar la política  contra Cuba, esbozada durante la campaña preelectoral demócrata, desemboca en declaraciones contraproducentes del Departamento de Estado, con el reciente “consejo presidencial para que se escuche a la oposición y sean permitidas las manifestaciones” y en el comentario durante la reunión entre el mandatario estadounidense y la canciller federal alemana, en el sentido de que “no se eliminará la prohibición del envío de las remesas”. En tanto la Organización de Estados Americanos (OEA), el ministerio de colonias denominado por el Canciller de la Dignidad, promueve acusaciones con propósitos injerencistas contra Cuba.

La resolución del Parlamento Europeo en junio pasado se alineó a los designios de Washington, anticipando una cruzada sobre los derechos humanos en Cuba. En cambio, la reciente declaración del alto representante para política exterior y seguridad de la Unión Europea, mantuvo el equilibrio entre la petición de que el gobierno cubano permita las protestas y escuche las manifestaciones de descontento y la reiteración del reconocimiento de los daños ocasionados por el bloqueo, contra el que la UE mantendrá su posición en Naciones Unidas”.

En diversos sectores, países y regiones se levanta una ola solidaria con Cuba, que compensa la persistencia de un país por resolver por sí mismo sus problemas, sin odios, falacias, presiones, bloqueos ni terrorismo. Las lecciones heredadas desde 1492 a la fecha conducen a reflexionar que cada día puede construirse una nación mejor, cuando se preservan la independencia, la soberanía y la autodeterminación. 

 

 

 

[1] Miguel A. D’Estefano Pisani. Las intervenciones humanitarias de la ONU. CEDIH, La Habana, octubre de 2000.

[2] Leyla Carrillo Ramírez. Metamorfosis de la Intervención. Editorial de Ciencias Sociales, pág. 85. La Habana, 2018.

[3] Variable moderna del golpe de Estado, que presupone un  golpe “suave” o “blando”, parte de la denominada guerra de cuarta generación.

[4][4] USAID y NED. Agencia Internacional de Estados Unidos para el Desarrollo y Fundación Nacional para el Desarrollo (ambas por siglas en inglés), ejecutoras de los principales planes subversivos en América Latina.

[5] Drones:

[6] Golpe blando o suave, una de las variables contemporáneas del tradicional golpe de Estado.

[7] Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de relaciones exteriores cubano.  La Habana. Conferencia de prensa, 13 de julio de 2021.