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La violencia no parece encontrar fin en Cabo Delgado

junio 28, 2021   0

Mozambique, otrora colonia portuguesa en el África Austral, alcanzó su independencia, luego de grandes esfuerzos, en 1976, bajo la dirección del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO). Desde su creación, el FRELIMO había establecido contacto con la antigua URSS llegando a una alineación ideológica que, en el contexto de la Guerra Fría significaba una amenaza para el régimen supremacista del apartheid en Sudáfrica y para el gobierno de minoría blanca de la antigua Rodesia (Zimbabue desde 1980). Esto significó que la descolonización, en este contexto, estuvo precedida por fuertes contradicciones internas que desencadenaron en una guerra civil, como resultado de la articulación por parte de estos gobiernos reaccionarios de un movimiento de oposición conocido como RENAMO (Resistencia Nacional Mozambiqueña). El poder del progresista partido FRELIMO estuvo cuestionado por los aproximadamente quince años que duró la guerra civil, auspiciada por las fuerzas retrógradas de la región contrarias a un gobierno en Maputo de orientación marxista.

Con el fin de la URSS, el cambio en las relaciones internacionales y en la correlación de fuerzas en el Cono sur africano – independencia de Namibia y llegada al poder de Nelson Mandela en Sudáfrica – la guerra civil mozambiqueña también estaba llegando a su fin. En 1994 y con la firma del acuerdo de paz, el FRELIMO se consolidaba en el poder y la RENAMO se convertía en el principal partido de oposición, ahora en un contexto signado por el multipartidismo y el abandono de la ideología marxista.

Sin embargo, la inestabilidad política y las crisis en el país, no se desaparecerían.  Como resultado estalló un nuevo conflicto interno entre 2013 y 2016, protagonizado también por las fuerzas militares leales a la RENAMO. Este episodio finalmente tuvo como colofón la firma del tercer y último acuerdo de paz, en 2019, bajo la presidencia de Filipe Nyusi. Así, mientras se lograba de nuevo respirar “aires de paz” y los dos partidos, aunque en oposición, lograban mantener el consenso, surgió en la provincia de Cabo Delgado, un nuevo foco de conflicto y guerra, ahora bajo el estandarte de grupo insurgente “islámico”.

Orígenes del conflicto terrorista en Cabo Delgado.

Cabo Delgado es una provincia norteña de Mozambique.  En 2010 se detectaron en la región grandes yacimientos de gas natural que podrían colocar al país como uno de los principales exportadores a nivel mundial para 2022, lo cual abría la posibilidad de una mejoría de sus indicadores económicos. Sin embargo, los problemas estructurales de su economía lo ubican entre los países con un “índice de pobreza por encima del 62% y ocupa el puesto 180 de un total de 189 en índice de Desarrollo Humano” (López, 2019).  Aun así, los sucesivos gobiernos del FRELIMO no han abandonado la posibilidad de desarrollo sobre las capacidades económicas propias del país.

Como casi siempre ocurre en aquellos escenarios donde se descubren grandes yacimientos de recursos naturales, en 2014 surgió en la zona el movimiento insurgente denominado Al-Sunna wa Jama’a, más conocidos como Al-Shabaab, sin vínculos con el grupo terrorista de Somalia de mismo nombre. Los planes de desarrollo del gobierno se veían puestos en amenaza, ante la imposibilidad de concretar la explotación y comercialización de gas. El nuevo movimiento armado basa sus principios en la religión islámica y era considerado como “(…) un grupo de jóvenes radicalizados de pobladas barbas y blancos turbantes que exhibían armas blancas como símbolo de la yihad (guerra santa) que propugnaban” (Rivas, 2020). Comenzaron a tomar auge entre la comunidad musulmana joven, golpeada por la pobreza, el desempleo, la falta de oportunidades y en un lugar donde lo que más abunda es el contrabando.

Varios analistas del teman buscan el objetivo y el origen de la aparición de este movimiento. Diversos criterios han girado en torno al tema, como es el caso de la expulsión de un elevado número de personas de sus hogares después de descubrirse las reservas gasísticas y de petróleo; la corrupción; las expropiaciones de terrenos y ello ha traído consigo el resentimiento de esta población. Su génesis puede estar dada por cuestiones étnicas y políticas. Los mwami (de mayoiría musulmana) no lograban enfatizar con los makondes (católicos), que cuando la lucha por la independencia mozambiqueña, habían apoyado al FRELIMO, llegando a ocupar altos cargos en el gobierno y las fuerzas armadas. Otros autores señalan su origen religioso: “Otra de las razones está estrechamente relacionada con el factor religioso, puesto que miembros del Al-Shabaab entraron en contradicción con los líderes islámicos tradicionales de Cabo Delgado, considerándolos infieles (Káfir) y estos expulsaron a los miembros del grupo de sus mezquitas” (Rivas, 2020).

Como consecuencia de lo que en un inicio pudo ser un choque religioso, étnico o expresión de inconformidad político-social, paulatinamente fue convirtiéndose en una organización armada de carácter terrorista. Desde su primer ataque en 2017, estos han venido en aumento sembrando el terror, asesinando civiles, destruyendo aldeas, utilizando el boicot, destruyendo infraestructuras estatales y en el último año han utilizado el secuestro de niños como una nueva forma de ataque. Todo ello ha devenido en el desplazamiento de miles de personas de la zona.

Escalada del conflicto: actuación del gobierno y de organismos regionales e internacionales

Sucesivos han sido los ataques perpetrados por Al-Shabaab desde 2017 hasta marzo de 2021. Entre los más significativos se encuentran el efectuado a la ciudad portuaria de Mocímboa da Paria bajo el lema: “queremos un gobierno de Alá” (Soler,2020). Esta región es de gran interés, pues queda muy próxima a las inversiones que se realizan por parte de compañías como Anadarko (EE. UU), Exxon Mobil y Total (petrolera francesa) para poner en marcha la explotación de los descubrimientos de gas. Durante el ataque fallecieron trabajadores de las compañías que allí operan. En marzo de 2021 ocurrió otra arremetida en Palma con una duración de cinco días, lo que hizo poner sobre la mesa nuevamente la compleja situación que implica el conflicto. Los sucesos de marzo tuvieron como colofón que la petrolera Total decidiera retirar su personal del proyecto gasístico dada la situación de violencia en la zona.

Ansar al Sunna, (seguidores de la tradición) como también se hacen llamar, ha encontrado una contraofensiva poco eficaz ante sus acciones. El gobierno mozambiqueño ha presentado dificultades para articular una estrategia bien elaborada y dar fin al conflicto que lleva cuatro años latente en la provincia de Cabo Delgado. Al tiempo, organismos regionales como la SADC (Comunidad de Desarrollo del África Austral) y la Unión Africana se han visto obstaculizados para ofrecer una respuesta en apoyo frente al conflicto. Ambos organismos regionales y subregionales han planteado no intervenir sin el consentimiento de un Estado miembro.

“El 8 de abril de este año, el presidente mozambiqueño, en repetidas ocasiones enfatizó el estatus soberano del país e indicó que Mozambique solo decidiría los términos y condiciones de cualquier ayuda internacional que pudiera necesitar” (Walker, 2021).

Independientemente de las trabas, se han realizado esfuerzos por lograr mitigar dicha organización terrorista en vísperas de ir eliminando los conflictos en el continente.  Es así que el Consejo de Seguridad y Defensa Nacional de Mozambique (CNDS) y la SADC han condenado los ataques terroristas en Cabo Delgado del 24 de marzo con el propósito de combatir las amenazas y proporcionar seguridad.

A finales de abril, y convocada por la SADC, se celebró una Cumbre Extraordinaria de la Troika del Órgano de Cooperación Política, Defensa y Seguridad en Mozambique. Un equipo de evaluación técnica desplegado por dicha organización mostró su preocupación por los actos terroristas contra civiles, mujeres y niños en la provincia de Cabo Delgado y el carácter urgente de promover la paz.

Por otra parte, Portugal como ex metrópoli, realizó “esfuerzos” en enero de este año para animar a la Unión Europea a establecer una misión comunitaria con el objetivo de reducir el ascenso terrorista durante los últimos meses. Es evidente que el conflicto ya tiene connotación dentro de la comunidad internacional dado su alcance y se perfilan soluciones militares desde afuera.

Aunque existe la voluntad para poner freno al fenómeno desde las diversas organizaciones regionales e internacionales, un nuevo ataque tuvo lugar en las cercanías de la ciudad de Palma a finales de mayo. Siendo este, el mismo escenario de conflicto de los ataques perpetrados en marzo. Ante la escalada de las agresiones, al norte de la región, el presidente del país Filipe Nyusi, en nuevas declaraciones afirmó que estaba dispuesto a recibir ayuda. Seguidamente, la SADC planteó su interés en cooperar para hacer frente a la situación. Mientras el nivel de enfrentamiento ha disparado las alarmas, ya se perfilan declaraciones en favor de una intervención militar en la región para hacer frente a la insurgencia terrorista.

“El organismo regional sopesa desplegar de inmediato 3000 efectivos militares para combatir la insurgencia en Cabo Delgado y ayudar al Ejército de Mozambique en la zona. Por su parte, el Alto Representante de la Unión Europea para Política Exterior y Seguridad Común, Josep Borrell, afirmó a principios de mayo que el bloque “intentará enviar” a Mozambique una misión de entrenamiento similar a la existente en el Sahel para hacer frente a la amenaza terrorista en Cabo Delgado” (Europa Press, 2021).

El Programa Mundial de Alimentos, el Fondo Internacional de Emergencia para la Infancia de las Naciones Unidas (UNICEF) y la Agencia de Coordinación Humanitaria de la ONU (OCHA), denunciaron la crisis humanitaria que se vive Cabo Delgado. De igual forma “ayudaron” con alimentos y dieron a conocer el alto nivel de desplazamiento de niños, siendo esta una gran preocupación. Es decir que la crisis humanitaria en la región norteña del país e incluso en más allá de sus fronteras – con Tanzania – se comienzan a deteriorar descontroladamente. 

Tal es la escalada del conflicto que “la violencia ha matado a más de 2600 personas y desplazado cerca de 200 000 según datos de la Agencia de ONU para refugiados (ACNUR) (…) Mientras, el gobierno de Mozambique necesita al menos siete mil millones de dólares para un plan para manejar a las personas desplazadas por los ataques en Cabo Delgado. El monto ayudaría a mejorar las condiciones de alimentación, vivienda y educación” (Vieira, 2021).

Como siempre ocurre, el estallido de estos conflictos responde a la conjunción de factores internos: la pobreza en la región, la falta de oportunidades de empleos y de mejores condiciones de vida de los pobladores, entre ellos el sector más joven, así como la carencia de mecanismos que permitan a la población tener acceso a las ganancias de los recursos que brinda su tierra, etc. A la par, la confluencia de intereses foráneos en el área a raíz de los recursos estratégicos: Francia, Portugal, China, entre otros.

La actual crisis en la provincia norteña de Mozambique, constituye una excepción dentro de la subregión austral del continente y una evidencia de cómo se reactivan conflictos internos de manera coyuntural que se pueden convertir en estructurales e incluso tener un impacto transfronterizo.  Hasta el momento, existe el apoyo de los organismos subregionales y regionales para mediar en la solución de este conflicto, pero todavía no se ven los resultados palpables. Haciendo eco de las palaras pronunciadas por Moussa Faki, presidente de la Comisión de la UA, todos los países en conflicto en África, constituirán el campo principal para silenciar las armas (Faki, 2021). Así Cabo Delgado dejaría de ser reconocido como cabo esquecido o el cabo olvidado de Mozambique.

Referencias Bibliográficas

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