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Israel y su guerra eterna

febrero 4, 2026   0

El gobierno ultraderechista de Israel y, en especial, su primer ministro Benjamin Netanyahu, están inmersos en una guerra existencial contra la República Islámica de Irán, que está asociada de facto con su proyecto afanoso de materialización del Gran Israel. El respaldo de la presidencia Trump resulta esencial para alcanzar ambos propósitos ambiciosos.

Al cierre de 2025, la proyección contra Irán cobró notoriedad con las manifestaciones que emergieron en el país persa, con la capital a la cabeza junto a otras provincias, que derivó en la implementación de una operación de caída de régimen con disturbios ocasionados por operativos coordinados por el Mossad, como una primera parte de un plan mucho más abarcador en la geografía iraní.

Si bien esa intentona fue neutralizada por las autoridades iraníes, antes de que culminara el mes de enero, no es menos cierto que sería imposible descartar intentos desestabilizadores futuros, promovidos desde el exterior, con el respaldo fundamental de los EE.UU. e Israel, aprovechando la coyuntura económica compleja por la que atraviesa Irán, de persistir esa realidad agravada.

Otro elemento que sería vinculante descansa en la existencia misma del programa nuclear con fines civiles, desarrollado por Irán, que no fue destruido como fuera calculado por Tel Aviv y Washington durante la denominada Guerra de los 12 días, sin perder de vista los cuantiosos daños humanos y materiales causados al país persa.

Netanyahu necesita mantener en la palestra el tema nuclear iraní como objetivo de su agenda exterior, traducido por años como plan de agresión, en un contexto en el que sigue pendiente los casos judiciales en su contra, sobre lo cual el presidente Trump intercedió frente a su homólogo de Israel, en la aspiración de lograr un perdón sobre las imputaciones que pesan contra el también líder de la extrema derecha sionista.

Desde la perspectiva del núcleo ultranacionalista israelí que comanda los destinos de Israel, la visión de guerra eterna resulta el derrotero a seguir para alcanzar el Gran Israel, un ambicioso proyecto que descansa en la transgresión de los derechos soberanos de otros países vecinos, al contemplar la ampliación geográfica de Israel y, por ende, la redefinición de las fronteras, en detrimento de varios estados árabes y el palestino, como realidad colonial.

Precisamente, es en este punto en el cual pareciera posicionarse una contradicción formal entre los micro objetivos israelíes y los macro objetivos estadounidenses en la región de Medio Oriente, sobre todo en el afán de Washington de mantener con vigor la letra y el espíritu de los Acuerdos de Abraham (2020), los cuales se enfocan en la normalización del reconocimiento de Israel por parte de los estados árabes.

La referida ecuación gravita en los términos que caracterizan las relaciones existentes entre los EE.UU. e Israel, cuyo primer reto en curso descansa en el irrespeto por parte del estado sionista del plan de paz para Gaza, diseñado por Washington, bajo Trump 2.0, aun cuando este se proyecta en detrimento absoluto para el pueblo palestino, al dejar en suspenso su derecho a la autodeterminación, con exigua referencia en la letra del mismo a la presumible construcción de un estado.

De ese modo, el gobierno israelí aspira mantener una ocupación del enclave gazatí, a la par que se enfrasca en la colonización arbitraria de territorios palestinos en Cisjordania, con la aprobación de nuevos asentamientos, que ha provocado reacción inicial de rechazo en el universo europeo, principalmente. Esta nueva arremetida sionista contra Cisjordania está en consonancia con la construcción del Gran Israel.

Merece mención el caso de la rivalidad sionista con el movimiento Ansarollah yemení que, como componente del Eje de Resistencia, ha mantenido una postura vertical de respaldo a la causa palestina. No obstante, alcanzará mayor protagonismo el respaldo a Teherán, en la misma medida que el dueto Washington-Tel Aviv mantenga en vilo su agresión al país persa.

Paralelamente, Tel Aviv ha sostenido la presión en la dirección del inquebrantable Líbano, bajo la implementación de terrorismo y acciones de baja intensidad contra Hezbolá —otro integrante del Eje de resistencia— y aquellos actores que se opongan al sionismo y respalden la causa palestina; todo ello, sin perder de vista la contradicción que representa para el sionismo, en plena expansión hacia el Gran Israel, compartir frontera con un país vecino comprometido con su soberanía.

No menos paradójico se presenta el estado de cosas que prevalece en Siria, al cierre de 2025, donde si bien las nuevas autoridades han alcanzado reconocimiento de actores clave para Damasco, como son los EE.UU., Rusia, RP China, varios estados europeos y buena parte del concierto árabe, en su afán de reconstrucción económica del país, Israel no muestra intenciones, ni necesidad de asumir un compromiso en este momento, atendiendo a sus pretensiones territoriales latentes, más allá del Golán ocupado.

Tampoco el gobierno israelí se muestra estimulado de avanzar mucho más en una relación con el nuevo poder en Damasco, que no renuncia a sus actitudes sectarias contra comunidades étnicas y religiosas en el ámbito sirio, que pudieran ser aliados coyunturales de Tel Aviv, siendo la cuestión kurda una suerte de “manzana de la discordia” por su connotación regional dispar, frente al interés de actores externos como Türkiye y los países del Golfo de desempeñar un papel clave en el proceso de reconstrucción del país.

Lo que resulta evidente para la comunidad de inteligencia y de seguridad del país judío lo constituye la necesidad de continuar presionando en la materialización del denominado Corredor David, que pasa por su ocupación de territorio sirio, y con ello mantener una postura de neutralización de Hezbolá en Líbano, así como la ocupación de la franja de Gaza, como mecanismo de presión hacia Palestina toda, en momentos de debilidad subrayada de la Autoridad Nacional Palestina, como instancia de autogobierno legal.

En este contexto, se desprende que los Acuerdos de Abraham es un instrumento utilitario para Tel Aviv, para cuya realización el aliado estratégico: los EE.UU., es clave en lo que respecta a la narrativa diplomática ejercida, mientras no resulte una impedimenta, como tal, para la construcción del Gran Israel.

De lo anterior, que no debe descartarse un escenario de contrariedad relativa y, hasta divergente entre Washington e Israel, respecto al sostenimiento del “equilibrio” entre los micro objetivos de Tel Aviv y los macro objetivos de la superpotencia hacia esa región sensible, que han estado sustentados.

Lo señalado pone de relieve la relevancia de la presencia de Netanyahu al frente del gobierno de coalición de extrema derecha, atendiendo además que la agenda ambiciosa descrita solo resulta viable para el Estado sionista, en la misma medida que el país muestra una ausencia del centro político (con fuerzas de centro izquierda y centro derecha) capaz de representar una oposición relevante a la opción ultranacionalista en el poder.

Sin embargo, de llevarse a cabo la agresión de Washington-Tel Aviv contra Irán pudiera verificarse la materialización de la advertencia de la autoridad máxima del país persa de responder contra objetivos militares estadounidenses en la zona, pero también, como aconteció en la Guerra de los 12 días, la seguridad del territorio israelí pudiera verse comprometida seriamente.


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