Estados Unidos, la ultraderecha y el fantasma de la Guerra Fría
Crédito: Evelyn Hockstein/Reuters
Realizar un análisis del documento Cuba: The Capital of the 21st Century Communism, publicado recientemente por el Departamento de Estado de los Estados Unidos puede resultar complejo, y no por qué este redactado en un lenguaje difícil de entender, sino debido a que la mayoría de las ideas que se exponen en el mismo parecen totalmente ilógicas. Entre exageraciones, afirmaciones falsas, hechos históricos descontextualizados y medias verdades, da la impresión de estar entrando en una realidad alternativa en la que la historia, en el sentido de los sucesos más relevantes que ha protagonizado la humanidad, ha dejado de existir.
Se asegura que Cuba ha tratado, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y las últimas décadas, de implementar una campaña de subversión contra Estados Unidos, de fomentar el terrorismo en el territorio norteamericano y de infiltrarse en las esferas más altas de ese país con el único objetivo de desestabilizar a su sociedad. Se le acusa, además, de ser la principal responsable de que existan ciudadanos norteamericanos que hayan fundado organizaciones políticas de izquierda o ingresado en sus filas, así como de atizar el descontento de los afronorteamericanos para provocar hechos violentos.
Primeramente y haciendo uso del sentido común más elemental, hay que decir que si hubo, y hay, simpatizantes de las políticas de izquierda en EE.UU. es por el mismo motivo que ha habido, y hay, en mayor o menor medida, simpatizantes de izquierda en todos los países del mundo: La izquierda es una corriente política con una larga tradición histórica, que antecede incluso al marxismo y, por lo general, es la alternativa para quienes, por diversos motivos, no creen en las políticas de la derecha.
Responsabilizar a Cuba de la existencia de militantes o simpatizantes de izquierda (o nueva izquierda, como se define en el documento) en EE.UU. y el mundo, es ignorar o querer ignorar que el propio término izquierda política surgió en una fecha tan temprana como 1789, en medio de los hechos históricos que hoy conocemos como la Revolución Francesa. Posteriormente, como se sabe, la izquierda siguió evolucionando y en el siglo XIX, las teorías filosóficas, políticas, económicas, sociológicas y antropológicas de Carlos Marx y Federico Engels alcanzaron una gran difusión y popularidad, convirtiéndose en las tesis fundamentales sobre las cuales se apoyó la revolución de octubre de 1917 en Rusia. Es conocido, así mismo, que el sistema socialista que se implantó en la Unión Soviética con el objetivo de construir una sociedad comunista terminó de manera abrupta en 1991.
En los años posteriores, muchos teóricos de la derecha aseguraron que la posibilidad de construir una alternativa al Capitalismo se había vuelto nula, pues las contradicciones sociales más profundas habían sido superadas, el libre mercado había demostrado su superioridad para generar riqueza, impulsar los adelantos científicos y tecnológicos y mejorar el nivel de vida de los ciudadanos. De este modo, en lo adelante, el camino que debía transitar la humanidad carecería de sobresaltos históricos y giros bruscos, por lo que solo sería necesario realizar ajustes de rutina para mantenerse en la senda del progreso.
Sin embargo, en una fecha tan próxima como el 11 de septiembre del 2001, los lamentables atentados terroristas contra las Torres Gemelas dieron una de las primeras señales de que no estábamos viviendo en un mundo tan sano y ordenado como algunos pensaban. Más tarde, la crisis financiera global de 2007-2008 (cuyo detonante fue el colapso de la burbuja inmobiliaria en los EE.UU.), por su enorme magnitud, constituyó una nueva señal de que no habitábamos en el mejor de los mundos posibles. Mientras tanto, en América Latina, los ciudadanos de varios países, entre ellos, Venezuela, protestaban contras las políticas neoliberales aplicadas por sus gobiernos, lo cual dio lugar al surgimiento de movimientos sociales y gobiernos de izquierda en la propia Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y otros países.
La división general de las fuerzas políticas del mundo y sus simpatizantes entre izquierda y derecha no fue inventada por Cuba, ni siquiera tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, cuando es cierto que el movimiento revolucionario cubano aportó tesis novedosas y útiles para las fuerzas revolucionarias a nivel mundial. Pero no fue Cuba quien inventó, como un mago que casa al conejo de su sombrero, la existencia de llamado Tercer Mundo, ni hizo creer a los países que pertenecían a este que estaban bajo un régimen colonial y que, por tanto, debían buscar la liberación.
La categoría del tercer mundo surgió porque había países pobres, que luchaban contra los males del subdesarrollo y trataban de encontrar vías para impulsar la estabilidad política y el bienestar económico en sus sociedades. Muchos de estos países aún estaban colonizados por grandes potencias y dedicaban sus mayores esfuerzos a la lucha por la independencia, una tarea titánica que, en caso de que alcanzaran la libertad, provocaría un desgaste enorme en su capital humano e infraestructura básica, lo cual solo elevaría las dificultades para impulsar el desarrollo social más adelante. Ni Cuba, ni nadie les dijo que eran pobres y estaban colonizados: Se identificaban a sí mismos como pobres porque lo eran y se asumían como colonizados por la sencilla razón de que lo estaban.
De la misma manera, Cuba no convenció a los ciudadanos afronorteamericanos de que estaban siendo discriminados, de que, en muchas ocasiones, carecían de los servicios básicos más elementales para llevar una vida decente y que, por lo tanto, deberían protestar para tratar de cambiar su precaria situación. Tampoco lo hizo con los habitantes de las naciones africanas, situadas en un continente que ha sido objeto de explotación por países más poderosos, que ha visto como sus recursos naturales se iban a otro lado, en vez de ser invertidos en beneficio propio y que tuvo que soportar durante mucho tiempo los rigores de la esclavitud. De nuevo, si los africanos se sentían y se sienten de esta forma: Es por la sencilla razón de que todo lo descrito sucedió.
Cuba no conspiró para convertir a las fuerzas independentistas de dichos países, a sus ciudadanos y a los gobiernos que se instauraron tras varios procesos de liberación en enemigos de los Estados Unidos y de la civilización occidental. Si Cuba se convirtió en un referente político para ellos fue por la larga y compleja lucha que tuvo que librar para alcanzar su independencia, así como por la defensa virtuosa de su soberanía ¿Existe alguien que pueda desmentir que Cuba fue colonia de España durante varios siglos y que se vio obligada a organizar dos grandes guerras de independencia? ¿Alguien puede negar que Estados Unidos ocupó la isla entre 1899 y 1902, tras haber intervenido en el desenlace de la última guerra de independencia que empezó en 1895? ¿Alguien podría afirmar que la Enmienda Platt no existió y que no daba a los EE.UU. el derecho de intervenir en Cuba cuando lo considerase necesario?
A lo largo de las primeras décadas del siglo XX, el pueblo cubano tuvo que lidiar con gobiernos corruptos que respondían a los intereses de una oligarquía y de EE.UU., los cuales aplicaron una cruda represión contra los representantes de movimientos populares y patrióticos, cuyo objetivo era cambiar la realidad para acrecentar los derechos de los cubanos y elevar su calidad de vida. Producto de esta represión, fueron asesinados muchos jóvenes que hoy son considerados mártires y recordados con reverencia. La historia de los pueblos no se puede cambiar y la posibilidad de reinterpretarla, aunque pueda ser válida para determinados propósitos y útil en ciertas condiciones, tiene un componente objetivo, real, que es imposible soslayar. La historia, como la realidad, es testaruda y sin importar cuanto empeño se ponga en ocultarla o torcerla, tarde o temprano se muestra como es: El pasado de los pueblos no se puede borrar y es este quien dota de sentido a la identidad nacional de los países, que, de otra manera, sería un cascaron vacío.
En el mundo actual, es cierto, existe una disputa de sentidos acerca de cómo debe interpretarse la realidad y las nuevas tecnologías como las redes sociales digitales y la inteligencia artificial han transformado el escenario comunicacional, democratizando la comunicación, pero generando, además, una guerra de nuevo tipo por las mentes y los corazones de las personas. En este sentido, a la hora de valorar hechos históricos, lo importante no sería saber que ocurrió en realidad y, partiendo de dicha premisa, arribar a la conclusión más lógica, sino escoger la interpretación que nos parezca más atractiva.
El atractivo de la misma puede radicar en lo amena que pueda resultar la visión que se presenta, a partir de sus cualidades estéticas, en que el receptor a quien está dirigida la información no pueda contrastarla con otras fuentes, en que la persona, organización, o gobierno que trata de hacer que su versión de los hechos prevalezca esté en una posición privilegiada de poder, tras ser el vencedor en algún tipo de conflicto, ser representante de una economía más desarrollada, entre otros factores.
Pero esta visión, llevada hasta sus últimas consecuencias equivaldría a asegurar que la realidad no existe, sino que existen diversas interpretaciones de la misma, lo cual es evidentemente absurdo. Todos podemos darnos cuenta, haciendo una rápida revisión de nuestras experiencias personales, que los hechos más relevantes que vivimos en el pasado y nos dieron identidad como personas, tienen un significado que no puede ser alterado de manera arbitraria por los demás, y en ciertos casos, ni siquiera por nosotros mismos. Por eso, por más que se trate de reciclar la historia y presentar una visión de la misma que responda a los intereses de un grupo determinado, siempre existirán hechos que no se podrán negar: El Imperio Romano, la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración, las dos guerras mundiales, la lucha contra la colonización y muchos otros hechos históricos existieron y tuvieron características propias que no se pueden cambiar, sin importar la fértil imaginación que pueda poseer quien decida enfrascarse en dicha tarea.
Habiendo reflexionado sobre estas cuestiones podríamos preguntarnos: ¿Qué factores históricos hicieron posible la existencia de la Revolución cubana? ¿Fue una empresa resultante de la voluntad y el capricho de un grupo de hombres y mujeres que trataron de imponer su visión de la realidad a los demás? ¿Fue acaso una conspiración tejida con paciencia a lo largo de los años para desestabilizar a los EE.UU. y a la civilización occidental? Es conocido que el proyecto social que fue conocido en el mundo como la revolución cubana gozó de una gran popularidad desde el principio y que el pueblo cubano festejó durante mucho tiempo la salida de Cuba de Fulgencio Batista. Incluso, en documentos desclasificados por el gobierno norteamericano que datan de la década del sesenta, en los cuales se hablaba de la necesidad de provocar penurias económicas entre los cubanos para derribar al naciente gobierno, se reconocía el liderazgo de Fidel Castro.
Así pues, la revolución cubana fue, desde sus inicios, un proyecto social profundamente popular cuyo surgimiento respondió a una necesidad histórica que se apoyaba en varias realidades. En primer lugar, la Cuba de antes de 1959 estaba marcada por la pobreza y la desigualdad, por la carencia de servicios básicos como el agua, la alimentación, la educación y la atención médica, así como por un profundo sentimiento de frustración en la población, que se sentía incapaz de transformar este estado de cosas. En segundo lugar, muchos cubanos de varias generaciones habían muerto luchando contra estas injusticias, sin que hubiera sido posible revertirlas. Y, en tercer lugar, Fidel Castro y la Generación del Centenario que le acompañó en la lucha en la Sierra Maestra, no fueron sino representantes de las fuerzas sociales que se agitaban en el país, por los motivos mencionados más arriba. El Movimiento 26 de Julio, que llegó al poder y comenzó a transformar la realidad cubana no fue una extravagancia histórica, sino uno entre otros movimientos que habían surgido y desaparecido en la larga lucha contra la dictadura y por la reivindicación del pueblo.
El documento del Departamento de Estado comienza con el fragmento de una carta escrita por Fidel, en el lejano año de 1958. El 4 de junio de ese mismo año, Fidel se encontraba en Minas del Frío, en los tiempos de la insurrección armada en la Sierra Maestra. Ese día, la aviación de Fulgencio Batista ametralló y bombardeó la zona, destruyendo la casa de Mario Sariol, un campesino que colaborada con los rebeldes. Tanto Fidel, como Mario, pudieron comprobar visualmente que los cohetes lanzados sobre la zona y la casa de la familia campesina eran de fabricación norteamericana, y por eso, Fidel escribió a Celia Sánchez: “Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo (…)”. En marzo del año 58, el gobierno de Estados Unidos anunció que no enviaría más armas a la dictadura de Batista, pero miembros del Movimiento 26 de Julio que residían en EE.UU. habían informado a los rebeldes que las armas seguían llegando por otros canales, entre ellos, la Base Naval de Guantánamo (Cutiño Xiqués, 2018).
Los hechos históricos deben ser juzgados a partir de un análisis serio y objetivo, que no los presenté incompletos con la intención de descontextualizarlos y convertirlos en la supuesta evidencia de una visión o postura personal que se trata de imponer. Después de la lucha en la Sierra, vino el triunfo de las fuerzas rebeldes, las políticas sociales que se llevaron a cabo, la necesidad de defenderse de atentados terroristas llevados a cabo por figuras que adversaban a la revolución y encontraban refugio en el territorio norteamericano; y vinieron también, hay que recordarlo, los innumerables planes de la CIA para terminar con la vida de Fidel. Luego, hay una pregunta que salta a la vista: ¿Es lícito organizar atentados contra el líder de un proyecto que goza de popularidad? O, más aún: ¿Puede justificarse la organización de múltiples atentados contra cualquier persona, sea quien sea? La respuesta, claramente, es un sonoro no.
Pero corrían los tiempos de la Guerra Fría y el planeta estaba dividido entre dos poderes hegemónicos: El mundo socialista y el mundo capitalista. Fue en este período que los Estados Unidos apoyaron varios golpes de Estado y dictaduras en América Latina, fue en estos años en que, sin término medio, se podía estar a favor de la “democracia” (que en esencia era ser de derecha) o ser “comunista” (que en esencia era ser de izquierda) y también fue por esta época cuando la civilización estuvo más cerca de desaparecer por un conflicto nuclear. En el mundo de aquel entonces, si se asumía una postura política determinada, se cerraban las puertas para simpatizar o pertenecer a organizaciones situadas en el otro lado del espectro político: Así de radicales eran las cosas.
Pero ese mundo ya no existe, porque la historia del ser humano siguió su curso y surgieron nuevos problemas para los cuales hubo que crear propuestas que aportaran soluciones novedosas. En la actualidad, países socialistas como China y Vietnam, que en el pasado aplicaron planes de desarrollo basados en políticas derivadas de las ideas de izquierda más ortodoxas, han implementado cambios políticos y económicos que tuvieron gran éxito en el fomento del progreso. Como cualquiera que conozca estas sociedades puede ratificar, los resultados alcanzado en pocas décadas son increíbles, hasta el punto de que lograron eliminar la pobreza extrema, modernizar sus sociedades, elevar significativamente el nivel de vida de la población y fortalecer sus culturas e identidades nacionales.
Pero estos logros no llegaron al precio de sacrificar los proyectos sociales escogidos décadas atrás, pues ambos gobiernos siguen siendo socialistas, sus partidos se autodenominan como comunistas y sus políticas exteriores están basadas en principios que no responden a una lógica hegemónica. Los políticos y científicos de China y Vietnam comprendieron que era necesario fomentar el desarrollo del sector privado, estimular la inversión extranjera e insertarse en las cadenas mundiales de valor si se aspirada a desarrollar el país. Hoy, Cuba se encuentra en una situación similar y está implementando dichos cambios para superar una fuerte crisis económica que, aunque también responde a ciertos errores cometidos en la ejecución de las transformaciones mencionadas, se debe en un grado muy alto al fortalecimiento de las sanciones por parte del gobierno de Estados Unidos.
En los últimos meses, EE.UU. ha aplicado tantas sanciones que es posible que en un futuro próximo ya no queden nada, o nadie en Cuba que sean susceptibles de ser sancionados. Entonces, cabría preguntarse: ¿Por qué el gobierno norteamericano escoge, una y otra vez el camino de la confrontación en vez de la ruta de la cooperación? ¿Por qué no contribuye al desarrollo de los cambios que se implementan en la sociedad cubana? ¿No existen, acaso, en Cuba, oportunidades económicas que EE.UU. podría aprovechar? Pero, además, surge otra interrogante más importante: ¿Qué gana el gobierno de EE.UU. con esta actitud?
Es obvio que la ganancia no puede ser económica, pues no está aprovechando las grandes oportunidades que existen aquí; entonces, la supuesta ganancia que le aporta este comportamiento a EE.UU. parece ser política.
El 16 de julio del presente año, el secretario de Estado Marcos Rubio recibió en el Departamento de Estado a representantes de 66 países europeos, asiáticos y americanos, quienes viajaron hasta Estados Unidos para participar en una cumbre contra el “auge del terrorismo político de extrema izquierda en todo el mundo”. En la cita, Rubio expresó: “Es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora experimenta un resurgimiento”; y añadió: “Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación (…)” (Seisdedos Iker, 2026).
Como se puede observar a simple vista, aquí hay varias ideas peligrosas.
En primer lugar y a tono con los que decíamos en páginas anteriores, la izquierda es un movimiento político legítimo que ha existido durante siglos y no debe olvidarse que una parte de las políticas que promueve fueron instrumentadas en países de derecha, como los estados de bienestar que existieron en Europa. Otro ejemplo de ello es la corriente política conocida como Socialdemocracia, que consiste en una mezcla de ideas y prácticas de la derecha y la izquierda. En segundo lugar, cabe cuestionarse quien o quienes serán los autorizados para discernir entre izquierda y extrema izquierda, para distinguir que movimientos pueden ser considerados legales y a cuáles hay que combatir a como dé lugar. Las políticas excluyentes nunca han dado buenos resultados, y esta, parece reunir todas las condiciones para calificarla como tal. Y, en tercer lugar, arrogarse el derecho de separar a la izquierda en extrema y no extrema: ¿No es acaso una muestra clara de arrogancia y, por tanto, de una pretendida superioridad política y moral?
Antes de la cumbre, el Departamento de Estado ofreció subvenciones de hasta tres millones de dólares a los grupos europeos que simpaticen con las ideas de MAGA (Make America Great Again), el movimiento político de Donald Trump, que combatan la censura de sus gobiernos y fomenten vínculos civilizatorios entre Estados Unidos y Europa. La idea de promover los vínculos civilizatorios entre los países europeos y EE.UU. nos lleva a otra idea que se desprende de esta: ¿Significa ello que los movimientos de izquierda que existen en dichas naciones no pueden calificarse como civilizados? Y si la historia de las sociedades humanas es la historia de la búsqueda del progreso y la civilización y se supone que, por lógica elemental, lo que atente contra dicha tentativa debe ser combatido: ¿Se no está diciendo que las organizaciones de izquierda no merecen existir?
Como se ha visto, las reflexiones que pueden hacerse llevan a respuestas bastante extremas, ya que analizan ideas extremas, por lo que también tiene que ser extremista quien las construye y las promueve. Así, no estaría fuera de lugar asegurar que quienes asistieron a la mencionada cumbre, así como aquellos que la organizaron, militan en la extrema derecha. Pero entonces estaríamos hablando de dos polos opuestos y excluyentes en los que no existe posibilidad alguna de entendimiento y reconciliación: Una extrema derecha y una supuesta extrema izquierda. Una de las dificultades de las políticas extremistas, excluyentes y dogmáticas es que sus efectos no pueden ser controlados del todo por quien las creo, y a lo largo de la historia, se han vuelto contra su creador en más de una ocasión.
Anteriormente, nos cuestionábamos acerca de que ganaba EE.UU. manteniendo una actitud de confrontación contra Cuba, a lo que respondíamos que la ganancia debía ser política. Pero ahora podemos analizar la forma concreta que asume esta ganancia política, la cual, parece ser: Un adversario a combatir.
De esta manera, lo que el gobierno norteamericano estaría logrando con su política actual contra Cuba sería fabricar un enemigo, al que se puede convertir en la causa de los principales males que existen en el planeta, a quien se le puede atribuir la intención de frenar el progreso, de minar las bases de la civilización, y al cual, por supuesto, hay que combatir y derrotar. El movimiento MAGA aspira a triunfar en las elecciones de medio término del presente año y es razonable pensar que Marcos Rubio tiene aspiraciones presidenciales, así que el gobierno de Trump estaría construyendo un programa político por el cual luchar, uno que dote de significado a su legado presidencial y que pueda ser continuado por sus herederos.
Pero el mundo actual no tiene por qué transitar por los viejos caminos de la exclusión y las posturas extremas que tanto daño han hecho en el pasado. Mientras que se declara a Cuba como la sede del comunismo a nivel mundial, y se le asigna el papel de agente desestabilizador del modo de vida norteamericano, de la civilización occidental y de cuánto hay de bueno y hermoso en este planeta, existe un pueblo que está sufriendo por las sanciones que le aplican día tras día. El pueblo cubano, que durante décadas ha tenido que vivir con los efectos del Bloqueo impuesto por los EE.UU., debe enfrentar ahora un escenario en el que la escasez de combustible hace prácticamente imposible disfrutar de luz eléctrica, en el que los precios de los productos esenciales ascienden debido al encarecimiento del petróleo y sus derivados y en el cual los servicios básicos se ven sometidos a un profundo estrés.
No sabemos cómo pueda ser el futuro, pero tenemos la responsabilidad de aprender de los errores del pasado y sabemos que las presiones hegemónicas, las sanciones económicas y financieras y las políticas de exclusión solo causan sufrimiento. El mundo de hoy no es Multipolar, pero, aunque no podemos asegurarlo sin temor a equivocarnos, existen factores que apuntan a la posibilidad de que lo sea en un futuro no muy lejano. En un escenario internacional así, diverso, cada vez más interdependiente e interconectado, en el que no será posible solucionar los graves problemas que aquejan a la humanidad si no se cuenta con la cooperación del mayor número de países, donde una de las premisas básicas para tener éxito será aceptar las diferencias culturales y entender que ventajas y oportunidades nos ofrecen, no parece haber demasiado espacio para el unilateralismo y las posturas de, o blanco, o negro.
Hace mucho tiempo que el mundo dejó de ser susceptible de ser dividido entre blanco y negro, hace demasiado tiempo que las iniciativas políticas y económicas y los proyectos sociales derivados de estas se están mezclando en múltiples experimentos, algunos de los cuales, como ya mencionamos en los casos de China y Vietnam, están dando excelentes frutos. Las posturas unilaterales y hegemónicas, aunque puedan brindar determinados resultados durante cierto tiempo y en determinadas condiciones, tarde o temprano deben ser rectificadas. Es bastante improbable que las naciones que han experimentado un desarrollo económico y cultural relevante en las décadas pasadas renuncien a seguir en el camino del progreso, a ocupar un lugar importante en la esfera internacional y a aportar sus ideas sobre cómo entienden que deben ser las reglas de un sistema internacional más democrático.
Los países que han logrado un gran desarrollo tratarán de conservarlo y potenciarlo, aquellos más pobres no renunciarán a la posibilidad de desarrollarse y los más fuertes intentarán preservar sus posiciones, pero nunca podrán vivir en un mundo en donde no existan los demás. Puede alegarse, es cierto, que la competencia política y económica es uno de los componentes tradicionales del sistema internacional y que no dejará de condicionar la actuación de los gobiernos en el ámbito mundial. Sin embargo, la cooperación también es uno de esos componentes esenciales del escenario internacional y es, en nuestra opinión, el que más debe fomentarse y protegerse.
Alguien debería avisarle a Marco Rubio que ya no estamos en la época de la Guerra Fría, que el mundo cambió y que nadie puede aspirar a mantener una determinada condición eternamente, sea la de primera potencia mundial, principal referente del desarrollo o policía del mundo. Hoy existen otras maneras de gestionar los desacuerdos, basándonos en el diálogo, el respeto a la soberanía y a las diferencias. En la cumbre convocada por el gobierno de EE.UU., el propio Rubio afirmó: “Aun hoy, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza seria se considera una fantasía febril de la derecha, o peor aún, una peligrosa conspiración fascista. Así lo perciben muchos sectores de la prensa, del ámbito académico y universitario, así como muchas de nuestras instituciones tradicionales” (Seisdedos Iker, 2026).
Así, efectivamente, lo percibimos nosotros y creemos que también cualquiera que conozca un poco de historia y teoría política en general. Quizás al secretario de Estado de los Estados Unidos no se le haya ocurrido pensar que tantos sectores sociales consideran vana e infundada su cruzada santa contra la izquierda mundial, o la supuesta extrema izquierda, precisamente porque lo es. También es probable que el gobierno norteamericano se haya perdido en ensoñaciones sobre convertirse en el Mesías de este siglo y que ahora no sepa cómo despertar. Mientras tanto, el pueblo cubano sigue enfrentando dificultades económicas y la mayoría de los países que integra la comunidad internacional, está a favor de un proceso de diálogo entre Cuba y EE.UU. que convierta a la cooperación en el elemento central de sus relaciones bilaterales. Pero parecería que, por ahora, el mundo tendrá que seguir esperando.
Bibliografía
Cutiño Xiqués, Delfín (2018). La histórica carta de Fidel a Celia. Periódico Granma. Disponible en: https://www.granma.cu/hoy-en-la-historia/2018-06-04/la-historica-carta-de-fidel-a-celia-04-06-2018-13-06-16
Seisdedos Iker (2026). Marco Rubio convoca a 66 países a un encuentro para combatir a “los extremistas de izquierda” en todo el mundo. El País. Disponible en: https://elpais.com/internacional/2026-07-16/rubio-convoca-a-60-paises-a-un-encuentro-para-combatir-a-los-extremistas-de-izquierda-en-todo-el-mundo.html?outputType=amp Zanetti Ciaño, Carlos (2026). Estados Unidos: Elecciones de medio término 2026. Disponible en: https://www.cipi.cu/estados-unidos-elecciones-de-medio-termino-2026/
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