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La guerra de Estados Unidos contra Irán y la geoeconomía vinculante

agosto 4, 2026   0

La reimposición de la agresión militar de los EEUU contra la República Islámica de Irán, posterior de haberse alcanzado el Memorando de Entendimiento entre Washington y Teherán, el 17 de junio de 2026, confirma que se está sopesando la interacción de los microobjetivos de Tel Aviv y los macroobjetivos de la Casa Blanca para Medio Oriente, en cuya región descansa parte de la geoconomía[1] de la superpotencia, en tiempos de declive perceptible, al finalizar el primer cuarto de siglo XXI.

Todo lo anterior tiene lugar en medio de la influencia controvertida, que el estado sionista ejerce en la ejecución de la política exterior estadounidense, lo cual ha gravitado por años en las relaciones bilaterales, en lo que respecta a la formulación de política y su implementación por Washington hacia esa región.

Mucho más notable se hace el aserto planteado, al tomar en consideración la relevancia que guarda la existencia de los Acuerdos de Abraham, bajo los auspicios de la primera administración Trump, que traza el derrotero hacia la normalización de las relaciones del universo árabe –sobre todo de los países del Golfo Pérsico– con Israel.

Respecto al propósito señalado, la Casa Blanca continúa desplegando esfuerzos por formalizar de jure el proceso de normalización de relaciones entre Riad y Tel Aviv, a partir del quid pro quo que representa el ofrecimiento de Washington de cooperación para el desarrollo de la energía nuclear con fines civiles al reino saudí, a finales de julio de este año.

No es ocioso comentar que los EEUU está procurando también desempeñar un papel clave en la agenda económica saudí, en lo referido al desarrollo de la energía nuclear, frente a actores adversarios como son China y Rusia.

Esta propuesta pone de relieve la importancia de Arabia Saudí en la concepción geoeconómica de la administración Trump en la región, en un contexto geopolítico caracterizado por la presencia de intereses disímiles de actores regionales y extrarregionales, que asumen afinidad flexible, donde prevalece, sin embargo, un alineamiento antiiraní a Washington por varios países árabes del Golfo, excepto Omán, mucho más comprometido por su rol de facilitador diplomático, comprometido por la solución negociada de la guerra.

Al mismo tiempo, posterior a la Guerra Fría, se hizo evidente la importancia de Medio Oriente, y de Arabia Saudí, en lo particular, como mercado fundamental para armamento y equipamiento estadounidense, cuyas cifras millonarias de compraventa reafirman el peso del complejo militar estadounidense en la economía de la superpotencia.

Si bien la mayoría de expertos y analistas internacionales coinciden en apuntar, que el texto del Memorando de Entendimiento logrado entre las partes representa un triunfo inobjetable para Irán, lo cierto es que Washington parece dispuesto a echar suerte con la política dura manu militari, para llevar hacia adelante el cambio de régimen en Teherán, que desde la Revolución de 1979 hasta el presente no ha renunciado.

Pero tampoco sería posible desdeñar el interés de Trump de tomar el control de los recursos energéticos iraníes (al estilo Venezuela) y, al mismo tiempo, hacerse del control del Estrecho de Ormuz, que si bien había sido una vía marítima de libre acceso, ahora forma parte del contencioso, en el cual para Teherán resulta indispensable su control, sin perder de vista el espacio soberano correspondiente a Omán en esa vía marítima.

Pese a los desencuentros que han trascendido a los medios informativos entre Trump y Netayanhu y las declaraciones formuladas por el vicepresidente JD Vance, que ponen de relieve una disminución de la mejor imagen país del estado de Israel y su liderazgo ante el público estadounidense, no debe verse como una consideración irreversible. Su impacto real pudiera constatarse en las elecciones congresionales de medio término en noviembre venidero.

No obstante, el peso específico de la influencia de Israel en los EEUU es, sin dudas, inmenso –políticamente hablando. Ejemplo reciente de ello lo hallamos en la amplia participación de AIPAC en el proceso de patrocinio y financiamiento de candidatos al Congreso federal, tanto de republicanos y demócratas para la contienda de noviembre venidero.

A ello se añade que en la Cámara de Representantes se verificó respaldo crítico bipartidista (mayormente demócrata), destinado a la aprobación de la resolución que potencia aun más los vínculos en materia de defensa entre el Pentágono y las Fuerzas de Defensa Israelíes, acción esta que deberá pasar la prueba en el Senado, sin mayores contratiempos.

Otro elemento que se vincula al propósito planteado resulta el interés estadounidense por controlar el petróleo y gas iraní, que tiene como estímulo que Washington ha alcanzado el predominio sobre el petróleo venezolano, tras los acontecimientos del 3 de enero de 2026, que constituye un resultado clave para el enfoque de geoeconomía estadounidense que prevalece en la actual administración Trump.

Lo anterior, no se aparta del papel desempeñado por los petrodólares, que han prevalecido desde la década de los años 70 del siglo XX, como decisión estratégica que siguió al abandono del patrón oro, por parte de los EEUU, en 1971.

Otro acontecimiento no menos relevante, acontecido en el contexto del Cáucaso sur, bajo la presidencia Trump 2.0, que anima los esfuerzos de influencia de Washington en esa dinámica región, aparece con la rúbrica del acuerdo de paz entre Azerbaiyán y Armenia, que dio lugar al denominado “corredor Trump”.

Con la iniciativa y mediación principal del presidente de los EEUU, el 8 de agosto de 2025, armenios y azeríes firmaron en Washington un acuerdo de paz, en cuyo ámbito la Casa Blanca mostró interés por la apertura de los corredores energéticos y logísticos del Cáucaso sur, en particular el corredor de Zangezur[2].

Bajo el rótulo oficial de Trump Route International Peace and Prosperity (TRIPP), el “corredor Trump” representa un proyecto geopolítico, destinado a reconfigurar las conexiones entre el Cáucaso sur, Asia Central y Europa, que se articula en torno a un tramo de unos 40 kilómetros que atraviesa el sur de Armenia y conecta con el enclave azerí de Najicheván, capaz de articular flujos comerciales, energéticos y logísticos a gran escala, pues el proyecto prevé una construcción de infraestructuras como carreteras, ferrocarriles, posibles oleoductos y gasoductos y cables de fibra óptica[3].

Merece observar, que si bien Ereván mantiene la soberanía sobre el territorio de Najicheván, los EEUU obtiene derechos exclusivos de desarrollo y gestión económica y comercial por 99 años[4].

Otro escenario geoeconómico clave para Washington es Iraq, escenario en el cual se revela un interés inversionista en materia petrolera, por parte de las autoridades gubernamentales iraquíes, en favor de empresas estadounidenses, acompañado de una retirada de las fuerzas militares que apoyaron al esfuerzo del país árabe en su lucha contra el Estado Islámico.

Este propósito se ha hecho más evidente con Trump 2.0, cuyas fuerzas militares se han concentrado en el Kurdistán iraquí, donde mantienen un monitoreo de la República Islámica de Irán, en plena contienda. Este panorama se ha hecho más controvertido ante la presencia y actuación de las milicias pro-iraníes, que respaldan el esfuerzo antiestadounidense y antisionista que protagoniza el Eje de la Resistencia, lo cual es una valladar para el citado interés inversionista.

Como se puede apreciar, en el empeño geoeconómico estadounidense en Medio Oriente, se reafirman varios pilares clave que la administración Trump ha hecho valer, como resultan lo militar propiamente, con el acompañamiento del complejo militar industrial; lo energético, a partir de la relación petróleo-gas-petrodólar y, la lucha por el control de corredores marítimos y terrestres, que valida, de algún modo, la mirada de los otrora halcones Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, cuando se hicieron eco del denominado Medio Oriente Ampliado, en plena era republicana con George W. Bush en la presidencia de los EEUU.

No obstante, llamamos a la atención cómo repercutirá en lo sucesivo, la ecuación retadora de la aplicación de la ciencia, tecnología e innovación en el complejo militar industrial estadounidense, tanto en la disyuntiva del desarrollo armamentista existente que impone su rivalidad con Rusia y China, como las demandas cortoplacistas de completamiento de los requerimientos convencionales, resultantes de la tercera fase de la guerra contra Irán.


[1]    La geoeconomía puede definirse como el uso estratégico del poder económico para alcanzar objetivos geopolíticos. Implica la utilización de herramientas económicas, como el comercio, la inversión, las finanzas y la tecnología, para promover los intereses de un Estado en el ámbito internacional (Wigell, Mikael, 2015)

[2]    Este corredor está destinado a conectar Azerbaiyán con su enclave de Najicheván y, a través de este, con Turquía y otras redes comerciales más amplias entre Asia Central y Europa, reduciendo la dependencia de rutas tradicionales bajo influencia rusa o iraní. El acuerdo reflejó una asimetría clara entre las partes, pues Azerbaiyán negoció desde una posición de victoria militar y respaldo internacional, con Turquía como apoyo destacado y principal beneficiario tanto en el plano militar como económico y político. Armenia, en cambio, lo hizo desde una situación de debilidad estratégica y aislamiento, en un claro proceso de distanciamiento de Rusia y acercamiento a la Unión Europea y a Estados Unidos, en un movimiento que genera desconfianza tanto en la propia Rusia como en Irán, tradicionalmente alineados en la contención del protagonismo azerí y turco en la región. Por lo demás, Armenia renunció formalmente a su soberanía en el Nagorno Karabaj. Ver: FERNÁNDEZ APARICIO, Javier. Entre victoria y legitimidad: Azerbaiyán, Armenia y el nuevo orden en el Caúcaso sur. Documento de Análisis IEEE 38/2026.

[3]    Op. Cit. pp. 4-5.

[4]    Op. Cit. p.6


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