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El Pacto de la Meca, algunos apuntes

agosto 30, 2026   0

Imagen: Murat Cetinmuhurdar/Turkish Presidential Press Office/Handout/REUTERS

Resulta relevante como la política intervencionista de los EEUU en Medio Oriente, al finalizar el primer cuarto del siglo XXI, ha estimulado las actividades políticas, diplomáticas y defensivas entre actores con agendas principales disímiles, en lo que respecta a sus relaciones internacionales.

No obstante, la naturaleza de los conflictos que prevalecen en esa región ha convocado al establecimiento de un acuerdo defensivo, como el alcanzado en la Meca, entre Türkiye, Arabia Saudí y Pakistán, el 7 de agosto de 2026, sin pasar por alto otras consideraciones vinculantes.

La rúbrica del denominado Mecca Joint Defence Agreement[1] estuvo cargo del príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman; el presidente de Türkiye, Recep Tayyip Erdogan; y el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif.

Con ello, los tres países apuestan a fortalecer su capacidad defensiva colectiva, sin aparente detrimento a compromisos o posiciones asumidas previamente por cada una de las capitales involucradas en esa materia, lo que en la práctica pudiera representar una alianza flexible.

En ese contexto, los roles se definen en la capacidad financiera de Riad, el aporte de Ankara de disponer de las segundas fuerzas armadas de la OTAN, su industria militar en ascenso y el propio concepto que define, en lo sucesivo, el acuerdo sustentado en el artículo 5 de la citada organización militar occidental, lo que en términos formales pone de relieve la disposición de sus miembros al uso de la fuerza en cualquier acto de agresión contra algunos de los firmantes.

Al mismo tiempo, Islamabad estaría haciendo gala no sólo de sus fuerzas armadas robustecidas, sino sobre todo de su condición de potencia nuclear, teniendo todos los actores en común su condición religiosa islámica sunnita.

Otro denominador común visible de la triada se muestra en las relaciones bilaterales fluidas que Ankara, Riad e Islamabad mantienen con la Casa Blanca de Trump 2.0, si bien en el caso de Ankara, el desencuentro agudizado con el régimen sionista debido al genocidio en Gaza, fundamentalmente, y las condenas directas de sus máximas autoridades contra el primer ministro Netanyahu, pudieran arreciar recelos de su aliado estadounidense, en correspondencia con las quejas del repudiado.

La rúbrica se alcanzó en un momento complejo, que avala la decisión asumida, cuando prevalece una situación de guerra intermitente sin paz  definitiva a la vista, debido a la entente cordiale existente entre Washington y Tel Aviv de implementación de un cambio de régimen en Teherán, que ha sido silenciado por el país persa, mediante su capacidad defensiva, y al respaldo otorgado por una mayoría de la población iraní, lo cual fuera refrendado en los funerales del victimado Líder Supremo.

Paralelamente, la cuestión palestina permanece en un limbo, bajo la ocupación ilegal de una porción de la franja de Gaza y los embates de los colonos israelíes radicales contra la población en Cisjordania.

Un asunto relevante lo encontramos también en el carácter balcanizador que entrañaría el avance del denominado proyecto de Gran Israel, el cual constituye una amenaza para varios países árabes (Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este –Palestina–, Líbano, Siria e Iraq) y la propia Irán, como destino más retador, como aspiración de fragmentación de ese estado-nación.

Unido a lo señalado, encontramos la agresión sionista a Líbano, que sigue siendo un objetivo cardinal de Tel Aviv, para el objetivo “existencial” anotado antes. Es decir, este acuerdo tripartito (Arabia Saudí, Türkiye y Pakistán) surge en un escenario de potencial búsqueda de un contrabalance a la temeridad israelí, en principio.

Al mismo tiempo, no escapa la situación militar precaria por la atraviesa los EEUU en la región, en su disputa bélica contra Irán, en que están llevando la peor parte, junto a sus aliados árabes del Golfo Pérsico. Este acuerdo tripartito debe retardar aun más la decisión de Arabia Saudí de incorporarse al Acuerdo de Abraham, impulsado ahora por Trump 2.0 en la dirección de Riad.

Uno de los retos puntuales que enfrentará en el corto plazo el pacto defensivo descansará en la evolución de la hostilidad de Riad contra el Eje de la Resistencia, ya sean las milicias iraquís y Ansar Allah yemení, frente a los cuales mantiene una agenda beligerante, que sirve de facto a los intereses del eje sionista (EEUU e Israel).

Y, por último, se debe llamar la atención de la presencia de Pakistán en Medio Oriente, como un proceso en ascenso, en la misma medida que su adversario, India, ha fortalecido los vínculos con los EEUU, Israel y Emiratos Árabes Unidos, en una suerte de cooperación integral, que pretende ser émulo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, promovido por Beijing.

Sin embargo, con mayor protagonismo encontramos el rol de facilitador/mediador diplomático desempeñado por Islamabad, para resolver la guerra ilegal impuesta por Washington a Teherán y, por esa vía también, destrabar el status quo que prevalece en el Estrecho de Ormuz, sin perder de vista otras reivindicaciones iraníes contenidas en el Memorando de Entendimiento rubricado entre ambos contendientes.

Ante todo lo visto previamente, resulta plausible anotar el corolario esbozado por el Dr.C. Alfredo Jalife-Rahme, para comprender las dinámicas en Medio Oriente y más allá, en la transición en curso hacia un mundo multipolar, al  plantear la existencia de: yuxtaposiciones, superposiciones y traslapes en ese contexto, lo cual subraya las complejidades reinantes en el tránsito hacia la multipolaridad, con el Sur global como sujeto clave.


[1]    Acuerdo de Defensa Conjunto de la Meca.


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