Ataques contra Venezuela, petróleo y billetes
El llamado discurso del Estado de la Unión que tiene lugar cada año en el pleno de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, es un ejercicio político que se utilizó durante décadas para presentar las principales propuestas y preocupaciones del poder ejecutivo ante el legislativo. En la misma medida en que la polarización política ha aumentado en ese país, la puesta en escena ha ido evolucionando hacia una plataforma exhibicionista, donde además de consignas se proyectan personajes que al día siguiente aparecen en los titulares de los principales medios de (des) información.
El 5 de febrero del 2019 fue la noche en que por segunda ocasión Donald Trump protagonizaba el espectáculo. En el ejercicio del 2018 había dedicado la mayor parte de su presentación a temas económicos y de política interna, pero doce meses después mencionó por sus nombres a un grupo de países que consideró entre enemigos y amenazas, a saber: China, Rusia, Irán, Afganistán, Corea del Norte.
Dos semanas antes su gobierno había “reconocido” a Juan Guaidó, como “presidente” de la República Bolivariana de Venezuela, tras considerar que el gobierno de aquel país había manipulado los resultados electorales de los últimos comicios.
En el diseño de los planes contra Venezuela de los años 2019 y 2020 tenían un papel de primer orden el asesor de (in) seguridad nacional John Bolton, el reciclado Elliot Abrams y el senador floridano Marco Rubio, quien había aprovechado muy bien la amenaza demócrata del posible impeachment contra Trump, para negociar la protección de las espaldas del mandatario en el Comité de Inteligencia a cambio de contar con más espacio en la acciones hacia América Latina y el Caribe.
En ese espacio Rubio desarrolló unas relaciones personales muy especiales con Guaidó y su entorno. Por ello fue el principal responsable de que el “embajador” de este último en Washington Carlos Vecchio estuviera sentado en un puesto privilegiado del hemiciclo legislativo aquella noche del 2019. Una y otra vez el diplomático por cuenta propia miraba desconcertado a Trump esperando su momento en un discurso en el que nunca fue citado. Sentía que sería una oportunidad única para introducirse en la societé washingtoniana, por lo que buscaba alguna retroalimentación visual de Rubio, sentado en el extremo del salón reservado para los senadores.
El floridano por su parte estuvo tan concentrado en su momento para subir a escena que no aplaudió a su presidente ni una sola vez.
Este y otros hechos acaecidos por aquellos días sirvieron de combustible para que periodistas y observadores repitieran la idea de que si bien Trump era partidario de un enfrentamiento contra el gobierno bolivariano, no “compraba” del todo la receta Guaidó, no confiaba en su posible capacidad de liderazgo, ni que el mismo pudiera ser un factor esencial en el cambio del estado de cosas al interior de Venezuela.
Mientras Trump dedicaba la mayor parte de su tiempo a la sobrevivencia política, a evadir el fisco y a defenderse de diversos pleitos en cortes, el mencionado senador utilizando la bandera del “antichavismo” presionó a burócratas y durmió a politiqueros crédulos para lograr que el fortalecimiento del “gobierno venezolano en el exilio” se produjera a través de la concesión de significativos fondos que emanaban de los presupuestos federales, o mediante el robo de activos soberanos venezolanos en el exterior.
Varias investigaciones de medios y agencias estadounidenses han explicado a lo largo de los años desde entonces cómo todo el ejercicio alrededor de la formación y funcionamiento del llamado Grupo de Lima, el combustible para las guarimbas y la violencia al interior de Venezuela fue en realidad una movida empresarial para aumentar el capital personal de varias de las marionetas que se manipulaban desde Washington, así como el de sus conductores. Algunos recibieron un cheque por participar en la estafa, otros tuvieron más cuidado y fueron favorecidos por “contribuciones legales” a sus campañas políticas en el espacio de la geografía estadounidense.
Un capítulo aparte merecen los que se movieron alrededor de la venta de grandes propiedades venezolanas, como fue el caso de la compañía CITGO. Pocas veces en la historia una acción de corsarios y piratas como esta ha recibido mejor ropaje en colores de movida empresarial.
Lo descrito sucintamente hasta aquí puede constituir una de las razones por las cuales en su segundo mandato Trump haya tenido un mayor cuidado en participar de forma directa en las acciones que se tomarían contra Venezuela y en el peculio de los resultados tangibles de la operación.
Ha sorprendido a muchos que en esta oportunidad el gobierno estadounidense no se haya tomado el trabajo de presentar ante el mundo una alternativa (creíble o no) al gobierno bolivariano, se haya ahorrado la diatriba sobre un supuesto cambio de régimen y haya situado una lápida enorme sobre aquellos que en la última etapa se han autotitulado en diversas capacidades dentro de un ejecutivo venezolano “alternativo”.
No se trata al parecer de grandes razonamientos estratégicos, pues todo indica que las razones para tal postura habitan alrededor del viejo axioma empresarial costos versus beneficios. Trump se debe haber preguntado ¿para qué invertir en una jugada donde no obtengo ningún beneficio directo?
Secuestrar al jefe de estado y a su esposa, amenazar al resto de los dirigentes del país y revertir la situación al momento anterior a las sanciones que el mismo impuso en el 2019, parecían decisiones que le permitirían abalanzarse de modo más determinante sobre los recursos petroleros de Venezuela para proponer el regreso de las principales corporaciones al escenario (cobrando la entrada) y él mismo repartir los primeros contratos para la venta en el mercado estadounidense del crudo venezolano.
En esta oportunidad los Marcos, Juanes y Carlos se quedaban fuera del pastel. Pero dentro del grupo algunos estarían más desnudos que otros.
El ex senador, ahora secretario y archivero en jefe, que poco antes de las acciones del 3 de enero se había mudado para una base militar por cuestiones de seguridad, ha tratado de obtener parte del crédito en el “éxito” de las acciones contra Venezuela y gracias a sus reiteradas amenazas contra Cuba se ha ganado el mérito trumpista de ser sugerido como posible “futuro presidente” en la Isla. Y lo increíble es que el individuo haya sonreído ante tal propuesta.
Es la segunda vez en semanas recientes en que Trump afirma de una manera u otra que no acompaña a Rubio en sus aspiraciones como candidato a la presidencia de los Estados Unidos.
Pero las consecuencias de los eventos aquí narrados sumariamente tienen otra lectura más al sur en la geografía estadounidense.
El ex senador floridano ha fabricado casi toda su carrera política con los votos de aquellos que se han creído que aquel apoyaba una “causa cubana”, o una “causa venezolana”. El caso es que ahora como secretario y asesor forma parte de un equipo que ha tomado una posición extrema contra los inmigrantes, cualquiera que sea su origen y condición. Es más, en el caso venezolano el ejecutivo estadounidense plantea en estos momentos que están creadas las condiciones para que TODOS los migrantes de aquella nación puedan regresar a sus lugares de orígenes.
Rubio, diseñador del plan Guaidó en el 2019 y promotor del dúo Edmundo González-María Corina Machado en el 2025, ha pasado ahora a ser co-autor de una receta en la que las “oposiciones” no tienen espacio. La pregunta entonces sería ¿cómo funciona esta propuesta para el caso cubano?
¿Podrá regresar Marco a Miami-Dade para liderar mítines de la llamada “oposición” cubana? ¿Qué distinción hará entre los “legítimos” aspirantes de raíces batistianas y aquellos recién llegados que se declaran más trumpistas que Melania para encontrar empleo? ¿Cómo podrá argumentar que el poco dinero que quedó de la otrora USAID debe ser utilizado para financiar organizaciones y figuras que se consideran parte del “futuro de Cuba”?
Se multiplican las imágenes de inmigrantes venezolanos que salen a celebrar en Estados Unidos el golpe contra Maduro y son detenidos para ser deportados. Aparecen también otras informaciones de cubanos de diversas condiciones migratorias que no tienen nada que celebrar, pero que igualmente son detenidos y se les amenaza con su posible deportación.
El nuevo experimento del equipo de Trump respecto a la realidad venezolana se encuentra en una etapa muy inicial y, lógicamente el avance o retroceso de sus propuestas dependerá mucho de la resistencia bolivariana. A finales del 2026 tendrán lugar las llamadas elecciones de medio término que podrían situar al presidente republicano en una posición de actuar en situación de minoría en una, o en ambas cámaras del congreso.
Esos cambios, y aún otros, podrían provocar (como sucedió a finales del 2018) que Trump utilice la escoba doméstica para limpiar su gobierno de todo lo que considere desechable. ¿Cuáles de los actuales paladines estarán en la lista?
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