Breve historia de las relaciones Cuba-Rusia
Los primeros contactos diplomáticos se desarrollaron poco tiempo después de la proclamación de la República de Cuba, cuando el 26 de mayo de 1902 el presidente Tomás Estrada Palma envió al Imperio Ruso una misiva anunciando el nacimiento del nuevo Estado y el deseo de entablar las más cordiales relaciones de amistad. A pesar de la enorme distancia existente entre los dos países, la respuesta fue dada prontamente el 6 de julio, lo que la ubicó dentro de los primeros quince países que reconocieron la república, de cuarenta y uno.[1]
Hasta 1917, año de la caída de la dinastía Romanov, las relaciones bilaterales fueron limitadas, con mínima presencia en los pocos consulados abiertos, aunque en situaciones específicas sus actividades abarcaban lo diplomático, así como por la ausencia de firma de tratados. Los primeros nombramientos fueron, por la parte rusa, el hacendado cubano Francois du Repair du Truffin como cónsul en La Habana, y el comerciante norteamericano Jules Hamel como vicecónsul en Cárdenas, cuyos exequatur recibieron en septiembre de 1902. Ambos ya habían ejercido esos mismos cargos desde finales del siglo XIX, cuando Cuba era colonia española. El 20 de febrero de 1911 Marcel Le Mat fue autorizado a ejercer las funciones de vicecónsul en La Habana. Cuba, en contraste, no abrió un consulado hasta el 25 de junio de 1913 cuando se nombraron a Pascual Goicoechea y a José Raúl Capablanca en los cargos de cónsul de segunda clase y canciller de primera clase en San Petersburgo, respectivamente.[2] Hasta esos momentos, Estados Unidos representaba los intereses de la mayor de las Antillas en dicho país.
La posibilidad de nombrar a un representante diplomático cubano en Rusia se hizo patente en virtud de la Ley del 29 de junio de 1911, por medio del cual el Congreso autorizó al presidente José Miguel Gómez, si lo creyera conveniente, acreditar al ministro Plenipotenciario de Alemania en Rusia y Austria.[3] Es muy probable que con el estallido de la Gran Guerra se frenara su puesta en práctica, lo que no impidió que el ministro plenipotenciario en Londres, Carlos García Vélez, en una nota fechada el 4 de marzo de 1916 dirigida a su secretario de Estado, aconsejara entablar relaciones diplomáticas y designar un ministro concurrente, ofreciéndose él mismo para dicho cargo. Señalaba la conveniencia de aprovechar el enorme mercado ruso como potencial consumidor de tabaco, y estudiar la industria azucarera rusa y su impacto en la producción de azúcar cubana en un contexto marcado por la amenaza de transformaciones en los aranceles por los países beligerantes, afectando tanto a los Imperios Centrales como a los neutrales.[4]
Ante este panorama, no había condiciones que favoreciesen la acreditación de un ministro plenipotenciario, residente o concurrente, y mucho menos de un Encargado de Negocios. De hecho, desde la apertura de la oficina consular cubana en la capital imperial rusa, el 27 de agosto de 1913, solo había un minúsculo personal consular que de manera irregular trabajaba. Desde que el cónsul Pascual Goicoechea entregó el consulado a José Raúl Capablanca para disfrutar de su licencia, el 16 de junio de 1914, los días de paz en Europa estaban contados. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Goicochea se vio imposibilitado de volver a su puesto, sucediéndose uno tras otro los cancilleres encargados del despacho del consulado en la capital imperial rusa. Adolfo Altuzarra se le ordenó partir a dicho país el 26 de junio, sin poder llegar a su destino. Manuel Calvo, por su parte, logró llegar a Petrogrado el 13 de julio, recibiendo el consulado de manos del ajedrecista cubano. El 1ro de diciembre de 1916, luego de que Manuel Calvo entregara la sede consular el 17 de marzo al cónsul de Mónaco, el canciller Alberto Ibáñez se hace cargo del despacho del consulado, en medio de un difícil momento donde el poder imperial ruso se tambaleaba entre fracasos militares, descrédito de la familia Romanov y acentuación de la crisis política, social y económica, que afecta de igual manera al personal consular cubano.
La caída del régimen zarista tras el estallido de la Revolución de Febrero, abrió el camino a la instalación de un gobierno provisional burgués, compuesto por liberales y socialistas moderados. La identificación político-ideológica posibilitó que el nuevo gobierno fuera bien recibido por Cuba y los demás países aliados. El 22 de marzo, Francisco Ibáñez, pide instrucciones sobre el reconocimiento del gobierno presidido en esos momentos por el liberal Gueorgui Lvov, y pregunta cuál debería ser el carácter de sus actos oficiales.
Sin embargo, el triunfo de la Revolución de Octubre, dirigida por el ala radical de los socialdemócratas rusos, conocidos por bolcheviques, no despertó los mismos sentimientos que los aliados. En poco tiempo el nuevo régimen no fue reconocido tanto por sus antiguos aliados como sus enemigos, dando inicio de esta forma a la intervención internacional que, con el apoyo de los rusos blancos, se encargaría de aplastar, sin éxito alguno, el experimento comunista que representaba la revolución.
En el caso particular del gobierno cubano, desde la presidencia conservadora de Mario García-Menocal (1913-1921), la postura oficial fue el desconocimiento de la república soviética, a la par que ejecutaba una abierta persecución y represión interna al movimiento obrero y demás sectores sociales que, identificados con los postulados de la revolución socialista soviética, dieron muestras de solidaridad y apoyo. En los siguientes 20 años la postura oficial de los gobiernos cubanos hacia la Unión Soviética no experimentó cambios de ningún tipo, excepto algunos tímidos acercamientos para intentar vender azúcar entre 1927 y 1931, sin llegar a concretarse.
Por el contrario, la Unión Soviética fue gradualmente reconocida internacionalmente, siendo Estados Unidos la última de las potencias que establecieron relaciones con Moscú, ocurrido a finales de 1933, guiados al igual que los demás países por factores de índole comercial. A pesar de este giro diplomático de parte de la presidencia demócrata de Franklin Delano Roosevelt, la clase gobernante cubana no estaba realmente interesada en secundar ese paso, sabiendo de antemano que podría comprometer su poder frente a un inevitable fortalecimiento de las fuerzas progresistas. Desde 1933 Cuba se hallaba sumida en la inestabilidad política, regida por gobiernos efímeros sometidos a la voluntad del ejército y su jefe Fulgencio Batista, el verdadero poder tras bambalinas. La represión y persecución al movimiento revolucionario, especialmente a los comunistas, hacía imposible que en ese contexto se tomara en consideración entablar contactos con los soviéticos.
Pero a partir de 1937 Batista se escudó tras una fachada democrática y conciliadora desde la que buscó conservar su hegemonía en medio de un contexto nacional e internacional que le imponía dejar de lado su imagen autoritaria. El ascenso de los regímenes nazifascistas y militaristas, la adopción por parte del gobierno estadounidense de una política exterior de contención continental hacia los países del Eje, y la creciente presión de los diferentes grupos opositores abrieron paso a la apertura democrática y la alianza con los sectores civilistas y progresistas.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos subsiguientes derivados de ésta, como la invasión alemana a la Unión Soviética y el ataque japonés a Pearl Harbor, crearon las condiciones para un futuro acercamiento entre La Habana y Moscú. La guerra no hizo otra cosa que reforzar la necesaria alianza antifascista entre las potencias aliadas, entre ellas la Unión Soviética, quien en esos momentos era la única que estaba realmente plantando cara al poder militar alemán. La firma de la Declaración de las Naciones Unidas, el 1ro de enero de 1942, comprometió a los países signatarios a un esfuerzo conjunto por derrotar a los países del Eje, lo que en el caso del gigante eslavo se tradujo en el abandono, al menos momentáneo, de la política de hostilidad y la ampliación del apoyo aliado.
Los países latinoamericanos, sometidos a la influencia de los Estados Unidos, aunque también por motivos de seguridad y defensa, rompieron relaciones y declararon la guerra a Berlín, Roma y Tokio. En el caso particular de Cuba, gobernada en esos momentos por una coalición en la que figuraban los comunistas, aunque sin dejar de estar bajo la sombra de la hegemonía estadounidense, no dudó en secundar a su vecino del Norte. Cuba no solo fue uno de los pocos países latinoamericanos firmantes de la Declaración de las Naciones Unidas, sino que fue de los primeros en romper relaciones con los países del Eje, declararles la guerra e iniciar relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. En un ambiente de amplio apoyo al pueblo y gobierno soviéticos, estas acciones fueron bien recibidas por las masas populares, quienes desde la invasión de junio de 1941 fueron partícipes de disímiles actos de solidaridad que no se circunscribían solo al apoyo moral sino al envío de ayuda material y monetaria.
Estos factores, unidos al creciente prestigio que la Unión Soviética estaba adquiriendo luego de su victoria en los alrededores de Moscú, favorecieron a que el 14 de octubre de 1942, luego del intercambio de notas diplomáticas entre el embajador soviético en Washington y el canciller cubano, se diera inicio a las relaciones diplomáticas. Como resultado, los primeros ministros plenipotenciarios designados para abrir las correspondientes legaciones fueron el embajador en Washington, Maxim Litvinov, un veterano diplomático y bolchevique de 66 años que entre las responsabilidades desempeñadas estaba el de Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores entre 1930 y 1939; y el también embajador en los Estados Unidos Aurelio Fernández Concheso, de 45 años, quien previamente fue destinado a Berlín como ministro plenipotenciario entre los años 1934 y 1940. Ambos diplomáticos desempeñarían su labor en calidad de concurrentes.
En la primavera de 1943, cuando las fuerzas soviéticas expulsaban masivamente a las fuerzas alemanas tras la debacle de Stalingrado, Litvinov y Concheso presentaron sus Cartas Credenciales a Batista y Stalin, respectivamente. Mientras el diplomático soviético se acreditó el 9 de abril de 1943, Concheso tuvo que hacer un extenso y dificultoso viaje de 24 días atravesando el Caribe, el Atlántico sur, África del Norte, Medio Oriente y la Siberia para desde ahí dirigirse a Moscú por tren, llegando el 19 de mayo, y presentar sus cartas credenciales dos días después.
El 28 de mayo, a solicitud de Concheso, se reunió con Iósif Stalin con el objeto de saludarlo en nombre del presidente de Cuba. En el curso de la conversación, Stalin se interesó por la situación de Cuba, su economía, las posibilidades futuras para el comercio bilateral, la organización militar y su contribución a la guerra. El representante cubano, en lo referente a las relaciones entre los dos países, le aseguró que en cuanto el transporte mundial se normalizara, Cuba podía entablar relaciones comerciales con la Unión Soviética. Este encuentro fue catalogado por el diplomático cubano como cordial, “y debe considerarse como un honor especial y distinción que se ha querido hacer a Cuba, puesto que el señor Stalin no recibe al Cuerpo Diplomático”[5]. Solo en ocasiones excepcionales se concede audiencia con él. De hecho, Cuba fue el cuarto país que tuvo la honra de reunirse personalmente con el líder soviético de origen georgiano, quedando solo por detrás de Estados Unidos, Gran Bretaña y México. El 31 de mayo de 1943 entregó la legación al consejero Raúl Herrera Arango, quien fungiría como Encargado de Negocios a.i., para hacerse cargo nuevamente de la embajada en Washington. Litvinov hizo lo propio, dejando en La Habana a Dimitri Zaikin como Encargado de Negocios a.i.
Hasta el fin de la guerra, las relaciones transitaron con relativa normalidad, sin grandes cambios y limitadas a lo formal. El gobierno de Batista no estaba interesado en profundizar los lazos bilaterales, y así como sucedió con el gobierno auténtico de Ramón Grau San Martín (1944-1948), los lazos diplomáticos obedecían a la situación coyuntural que obligaba mantener un ambiente favorable entre los aliados.
El 4 de diciembre de 1943 se inauguró en el Capitolio la exposición “La URSS en la paz y la guerra”, presentada por el Frente Nacional Antifascista.[6] El 10 de octubre de 1944, el gobierno soviético estuvo representado por un enviado especial en las festividades por la toma de posesión de Ramón Grau. El 23 de febrero de 1945 se celebró frente al Capitolio un mitin en ocasión por el aniversario de la fundación del Ejército Rojo, en el que participaron el primer ministro, senadores, diplomáticos, miembros del PSP y miles de personas más.[7] Con motivo de la victoria sobre la Alemania nazi, el 8 de mayo se celebró en La Habana un acto multitudinario organizado por el Partido Socialista Popular. Dos meses después, el 9 de julio, comienza a funcionar en La Habana el Instituto Cubano-soviético para el Intercambio Cultural. El 6 de noviembre se desarrolló frente al Capitolio un mitin multitudinario en honor del 28° aniversario de la Revolución de Octubre, contando con la presencia de figuras del gobierno, entre ellos el presidente del Senado, diplomáticos, personalidades de la cultura, líderes de organizaciones antifascistas, entre otros.[8]
La victoria sobre el fascismo en 1945 dio paso en poco tiempo a una nueva etapa en las relaciones internacionales que tuvo como denominador común el nacimiento de un mundo bipolar que por más de 40 años estarían enfrentados. La Guerra Fría colocó a la Unión Soviética y a los Estados Unidos en dos bandos que disputaban zonas de influencia en un mundo que se estaba reajustando política e ideológicamente. La reconfiguración geopolítica que la posguerra habría de dejar, crearía un nuevo escenario con nuevas alianzas y nuevos enemigos. En América Latina la Doctrina Truman se aplicó cabalmente, desatándose una oleada antidemocrática y anticomunista que se tradujo en el rompimiento de las relaciones con la Unión Soviética, golpes de Estado y abierta represión hacia los diferentes grupos de izquierda. Cuba, en particular, fue inmediata y fuerte la campaña anticomunista implementada por los gobiernos auténticos: expulsión de la dirigencia del CTC y reemplazo por una más afín al gobierno; asesinato de dirigentes obreros y campesinos; silenciamiento de los medios de difusión del Partido Socialista Popular y la creación del Grupo Represivo de Actividades Subversivas.
En el campo diplomático, si bien Cuba tuvo con los auténticos una política exterior de matiz nacionalista y progresista, al igual que los gobiernos anteriores, nunca dejaron de estar alineados a los Estados Unidos, por lo que las relaciones con la Unión Soviética comenzaron a deteriorase rápidamente en los años subsiguientes, reduciendo los contactos al mínimo. Como resultado, el 22 de noviembre de 1947, la legación en Moscú cesó sus actividades diplomáticas, asumiendo la embajada de México la representación de los intereses cubanos. El 21 de febrero de 1951, en las postrimerías del gobierno de Carlos Prío, se prohibió la difusión del boletín informativo “La URSS”, que editaba la misión soviética en Cuba desde 1944.
El rompimiento de las relaciones se volvía una posibilidad muy posible a medida que la Guerra Fría se iba profundizando y el anticomunismo cobraba más fuerza en Cuba. En una nota dirigida a la cancillería soviética, de fecha 1ro de diciembre de 1951, el Encargado de Negocios en La Habana informaba la decisión del Congreso de romper relaciones con el gigante euroasiático, y las reacciones que eso generó en la opinión pública progresista, la cual envió una carta al presidente Prío en la que dejaban constancia su oposición.[9]
Esta acción, en definitiva, no se materializó, pero no pasaría mucho tiempo para que fuera una realidad a través de Fulgencio Batista, el mismo que paradójicamente inició las relaciones, diez años después se encargaría de terminarlas. Sin apenas cumplirse un mes del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, y como consecuencia de un incidente con los correos diplomáticos soviéticos a los que se les impidió su entrada a Cuba, las relaciones diplomáticas quedaron rotas el 3 de abril de 1952.
Durante el régimen dictatorial batistiano, la supeditación a los intereses norteamericanos se profundizó, manteniéndose en consecuencia la subordinación económica y política. El anticomunismo y el monopolio azucarero que a su vez dependía de un solo mercado, fueron el sello de su gestión. En lo diplomático actuaron en consonancia a la política exterior de los Estados Unidos, mostrando una abierta hostilidad hacia los países del campo socialista, en especial con la Unión Soviética. Sin embargo, el comercio con Moscú durante el batistato registró números positivos, debido a condiciones coyunturales que favorecieron el incremento de las exportaciones de azúcar. La caída de la producción remolachera en el continente europeo y la existencia de un gran sobrante de azúcar que no encontraba comprador determinaron en buena medida, siempre contando con el consentimiento de Washington, que una parte de las exportaciones estuvieran dirigidas a aquellos países que políticamente eran sus enemigos.
En este sentido, entre 1955 y 1958 “el volumen total de las compras soviéticas de azúcar cubano ascendió a la cantidad de 1.179.084 toneladas largas españolas por un valor de 106.697.700 pesos, lo que representaba un promedio anual aproximadamente 300.000 toneladas, equivalente en valor a más de 25.000.000 de pesos”.[10] Como resultado, para 1957 la Unión Soviética emergía como el quinto país comprador, solo superado por Estados Unidos, Japón, Reino Unido y Alemania federal. Con todo, la dependencia comercial hacia Estados Unidos seguía siendo enorme, con un 69% para el año 1958, seguido por Europa occidental con un 15%. En contraste, en los países miembros del CAME, donde se incluye la URSS, ocupaban el último lugar con algo más del 1%.[11]
El triunfo de la Revolución en 1959 rompería la dependencia total en la que estaba sometida Cuba a su vecino del Norte, adoptando una política exterior favorable al establecimiento de relaciones con todos los países sobre la base del respeto a la soberanía, la independencia y la igualdad. El acercamiento a los países del campo socialista sería cauteloso y gradual, acelerándose a medida que las tensiones con los Estados Unidos fueron profundizándose. En el caso soviético, la visita del primer vicepresidente del Consejo de ministros Anastas Mikoyán en febrero de 1960, y la firma del primer acuerdo comercial y de pagos, y el convenio de concesión de crédito, crearon las condiciones para la normalización de las relaciones diplomáticos. Hecho que ocurriría el 8 de mayo, pocos meses después, con la divulgación de la Declaración Conjunta. Los primeros Embajadores de ambos países fueron el comandante Faure Chomón y Serguéi Kudryavtsev.
Hasta 1991 las relaciones bilaterales transitaron por varias etapas. En los primeros años se caracterizaron por la colaboración en prácticamente todos los ámbitos como el militar, político y comercial. En un contexto de creciente hostilidad estadounidense que amenazaba con estrangular la economía con medidas coercitivas y el peligro cada vez evidente de una agresión militar, lo que se hizo realidad en abril de 1961, hizo que en medio de la bipolaridad de la Guerra Fría, La Habana se inclinara hacia Moscú como principal aliado político-militar y socio comercial.
A los pocos meses de reiniciadas las relaciones, la intensidad de las relaciones se tradujo en la visita de delegaciones y la firma de disímiles convenios en los que los países socialistas, en especial la URSS y China se comprometían a comprar grandes cantidades de azúcar, suministrando, a cambio, toda clase de artículos como petróleo, maquinarias, cereales, refacciones y repuestos. Además, se enviaban asesores para capacitar en campos como la agricultura, el ejército y la industria.
Como resultado, para 1961 la URSS ocupó el primer lugar en el comercio exterior de Cuba, con una participación superior al 45%. La ayuda militar, que se había iniciado en julio de 1960 tras la visita del ministro de las FAR, Raúl Castro, inicialmente fue en pequeña escala pero fue incrementándose después de abril de 1961, recibiendo desde armas convencionales básicas hasta cohetes tierra-aire. En mayo de 1962, ante la inminencia de una agresión militar estadounidense, como última fase de la Operación Mangosta, la URSS propuso a Cuba emplazar cohetes de alcance mediano e intermedio en la Isla como medida disuasoria. El descubrimiento de estos emplazamientos, trasladados e instalados en secreto, algo que Cuba no estaba de acuerdo, generó la Crisis de Octubre, convirtiéndose en el momento que más cerca estuvo el Mundo de estar al borde de una guerra nuclear. El acuerdo tomado entre Washington y Moscú para solucionar la crisis, sin la presencia de Cuba, dañó sensiblemente las relaciones entre los dos países socialistas. El gobierno revolucionario se sintió usado como un peón dentro de la jugada geopolítica entre las potencias mundiales.
Desde esos momentos, hasta finales de la década del 60, si bien la ayuda económica y militar continuó, y de hecho entre 1963 y 1964 el primer ministro Fidel Castro realizó visitas oficiales a la Unión Soviética con resultados positivos, ambos gobiernos nunca volvieron a alcanzar el nivel de confianza y entendimiento mutuo del que habían gozado. Las relaciones bilaterales entraron en un período de enfriamiento donde prevalecieron las discrepancias de índole política e ideológica en el ámbito internacional, especialmente en lo referente a la teoría de la coexistencia pacífica. Cuba apoyó abiertamente los movimientos de liberación nacional, quedando patente en su Declaración de Santiago de Cuba de 1964, en respuesta al fomento de acciones hostiles de Estados Unidos y los gobiernos latinoamericanos afines hacia la Isla. Los cubanos insistían que la coexistencia pacífica no debería interpretarse como un rechazo a la lucha de los pueblos por acabar con el colonialismo, el capitalismo y el imperialismo. La celebración de la Conferencia Tricontinental (1966) y la Conferencia Latinoamericana de Solidaridad (1967), a iniciativa de Cuba, reafirmaron esta tesis, lo que le valió críticas indirectas de algunos partidos comunistas latinoamericanos alineados a Moscú.
El año 1968 había comenzado con el desenmascaramiento de la “microfracción”, integrada por viejos militantes del PSP aglutinados alrededor de Aníbal Escalante que fueron acusados de criticar la política cubana y conspirar contra el gobierno revolucionario para encausarlo a una línea más acorde con la de Moscú. Este incidente, que involucró a algunos funcionarios soviéticos, tensó aún más las relaciones, pero tras la comparecencia de Fidel en la que apoyó la invasión soviética a Checoslovaquia en agosto del mismo año, el ambiente entre los dos países comenzó a mejorar gradualmente. La mejor evidencia fue la reactivación de las relaciones militares, la formalización de la cooperación económica y el posicionamiento a favor del gobierno soviético en torno al conflicto con China.
Hasta el ascenso de Gorbachov al poder en 1985, La Habana mantuvo con Moscú unas relaciones estrechas y amistosas, de solidaridad y cooperación. Como resultado, el ingreso de Cuba al CAME en 1972 marcó el inicio oficial de la inserción económica al campo socialista. Mientras que las visitas de Fidel Castro en 1972 y la de Leonid Brezhnev en 1974, la primera de un mandatario soviético a Cuba, representaron acontecimientos importantes que inequívocamente reflejaban la intensificación de los vínculos y la confirmación de la unidad de propósitos y la identidad ideológica. Esta afinidad alcanzó su cénit en 1976 al institucionalizarse la Revolución con una Constitución de carácter socialista con el marxismo-leninismo como guía, abandonándose la vertiente heterodoxa del marxismo que se fomentaba en la Cuba de los 60.
En la cooperación militar tanto Cuba como la Unión Soviética apoyaron a Etiopía, en defensa de la agresión somalí al desierto del Ogaden, y Angola, en su lucha por la independencia, ofreciendo asesores, tropas y armas a las fuerzas del MPLA de Agostino Neto. Si bien inicialmente el envío de fuerzas militares cubanas a Angola cogió de imprevisto a las autoridades soviéticas, las cuales estaban inmersas en esos instantes en negociaciones con Estados Unidos para la reducción de armas estratégicas, terminaron apoyando con ingentes recursos al considerar a Cuba como un aliado estratégico.
Al mismo tiempo, la cooperación económica y las relaciones comerciales se profundizaron, con la firma de disímiles convenios que ofrecían a Cuba facilidades de pago, precios preferenciales y créditos con bajas tasas de interés. A cambio del azúcar, recibían alimentos, petróleo, máquinas, equipo técnico y productos manufacturados. Como consecuencia, para 1989, Cuba exportaba al CAME el 63% de azúcar, 73% de Níquel, 95% de cítricos, entre otros productos menores; mientras que de este organismo se importaba el 63% de alimentos, 86% de materias primas, 98% de combustibles, 86% de maquinarias, 70% de manufacturas y 57% de productos químicos. Esta alta dependencia al mercado socialista le pasaría factura con la desintegración de la Unión Soviética y la caída acelerada del socialismo en Europa del Este.
Con el arribo al poder de Mijaíl Gorbachov, las prioridades en la política exterior soviética cambiaron, ocupando Estados Unidos el centro de sus actividades y relegando al Tercer Mundo en un segundo plano. Además, en su afán por sanear las finanzas, comenzó a aplicar una serie de recortes que incluía la colaboración con Cuba, la cual veía como poco provechosa al ser los móviles más políticos que económicos. Por otro lado, la implementación de la Perestroika y la Glasnot fue visto por Fidel con suspicacia al ver en esas reformas un peligro para la existencia del sistema socialista si se le escapaba de las manos a la dirigencia soviética. A pesar de las discrepancias, ambos líderes se reunieron en La Habana en medio de la llegada del dirigente soviético y firmaron el Tratado de Amistad y Cooperación el 4 de abril de 1989, lo que no frenó el deterioro de las relaciones entre los dos países. A los pocos meses, el campo socialista desapareció y dos años después le seguiría la Unión Soviética.
Durante los primeros años del gobierno neoliberal de Boris Yeltsin, las relaciones experimentaron un notable alejamiento, con la reducción del intercambio comercial, finalización de proyectos de colaboración e infraestructura como la central nuclear de Juraguá. Y aunque se firmaran de diversos acuerdos bilaterales en 1992, 1993 y 1996 para tratar de reanimar las relaciones económicas, no generó resultado alguno. El distanciamiento diplomático se vio reflejado en la ausencia de visitas de alto nivel y en las votaciones en la ONU a favor del fin del bloqueo económico, comercial y financiero, en donde se abstuvo en los años 1992 y 1993. La visita del ministro de Exteriores Yevgueni Primakov en 1996, la primera de un alto funcionario ruso, era el reflejo de un cambio de actitud hacia la Isla por parte del gobierno ruso, volviendo a poner al país caribeño dentro de las prioridades de la política exterior.
Con la llegada de Vladímir Putin a la alta magistratura se mantuvo el interés de priorizar las relaciones con Cuba, y su visita realizada en diciembre de 2000 fue una señal indiscutible de la voluntad de ambas partes de impulsar el desarrollo de los vínculos comerciales y económicos bilaterales. Las divergencias entre Moscú y Washington en las relaciones internacionales posibilitaron un mayor acercamiento hacia Cuba, inaugurada con la visita del Canciller Serguéi Lavrov en 2004, potenciándose en los años subsiguientes con las visitas del presidente Medvedev en 2008, de Raúl Castro en febrero del año siguiente, y el respaldo a las acciones rusas ante la invasión georgiana a Osetia del Sur en 2008. Además, se rubricaron una veintena de convenios que abarcaban esferas como salud, comercio, finanzas, turismo y cultura; así como la firma de importantes documentos como el Memorando sobre los Principios de Colaboración Estratégica.
Entre 2011 y 2012 la victoria electoral de Putin y la visita del presidente Raúl Castro, como parte de la activa proyección cubana hacia Rusia, posibilitaron un auge en las relaciones entre los dos países, que continúa hasta la actualidad. Asimismo, el aumento de las tensiones con la OTAN y Occidente en torno a la crisis de Ucrania en 2014, posibilitó que Rusia tuviera mayor protagonismo en Latinoamérica, en especial Cuba, teniendo como base el Concepto de Política Exterior de 2013. La segunda visita de Putin a La Habana en julio de 2014 relanzó las relaciones económicas al tiempo que se constataba el excelente estado de los vínculos políticos. Se reanudaron las sesiones de la Comisión Intergubernamental, se condonó buena parte de la deuda cubana y el empleo del resto de esta en proyectos de desarrollo económico y social en Cuba hasta 2020. A partir de 2016 arribaron a la Isla un fluido intercambio de visitas de alto nivel, destacándose las del presidente Miguel Díaz-Canel (2018, 2019, 2022 y 2024) y las del jefe de la diplomacia rusa Lavrov (2019, 2020, 2023 y 2024).
Incluso en medio de la pandemia de la Covid-19, Rusia ha mostrado voluntad de profundizar los lazos bilaterales al priorizarse el aumento de los vínculos económico-comerciales, incluyéndose el incremento y diversificación del intercambio comercial y el apoyo a los proyectos de inversiones; la continuación de la cooperación en esferas importantes como la energía, metalurgia, transporte, biofarmacéutica, turismo, cooperación académica, ayuda humanitaria y agricultura.
En virtud del actualizado Concepto de Política Exterior, aprobado en 2023, Rusia se propuso fortalecer las relaciones económico-comerciales con países aliados y socios estratégicos, como parte de su plan de enfrentamiento a las sanciones impuestas por Occidente tras la Operación Militar Especial en febrero de 2022. Entre ellos se hallaba Cuba por múltiples razones: por las relaciones bilaterales de larga data; por los intereses económicos y comerciales; ser un país que pudo hacerle frente al poderío estadounidense por varias décadas; constituir una voz sólida y prestigiosa para los países del Sur global; y por las coincidencias respecto a los principales temas de la agenda internacional.
Es por estas razones que en 2024 la Mayor de las Antillas recibió un espacio de participación nada despreciable en el Consejo Supremo Económico Euroasiático y en el XVI Cumbre de los BRICS, donde fue invitada a formar parte de este importante bloque como Estado socio. La actual crisis energética, desatada por el presidente Donald Trump a inicios de 2026, fue otro momento que evidencia la postura rusa de apoyo al gobierno cubano ante una situación de escasez crónica de combustible, arribando a costas cubanas un buque petrolero que transportaba 700 000 barriles de crudo, aliviando momentáneamente la difícil cotidianidad de los cubanos. Y con respecto a la amenaza de invasión que Estados Unidos ha estado anunciando, Rusia ha emitido declaraciones afirmando la inadmisibilidad de una agresión militar, a la vez que ha ratificado su apoyo a la soberanía e independencia de Cuba, un pueblo dispuesto a defender su libertad, aun a costa de sus vidas.
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[1] Secretaría de Estado y Justicia, 1904, 129-130.
[2] Boletín de la secretaría de Estado, 1913, 215-219.
[3] Boletín de la secretaría de Estado, 1911, 287-289.
[4] Caja Rusia 1828-1941. Archivo Central MINREX.
[5] Caja Rusia. Archivo Central MINREX.
[6] Periódico Hoy, 4 de diciembre de 1943, no. 289, 1.
[7] Periódico Hoy, 23 de febrero de 1945, no. 46, 1 y 8.
[8] Periódico Hoy, 7 de noviembre de 1945, no. 264, 1 y 8.
[9] APE de la FR. Fondo 059-a, lista 7, estante 12, carpeta 4, hoja 19-20.
[10] García & Mironchuk, 1988, 143.
[11] Zuaznábar, 1986, 106.
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