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Elecciones de medio término en Estados Unidos, o el Apocalipsis Now

octubre 14, 2026   0

Restan dos semanas hasta la celebración de las llamadas elecciones de medio término en Estados Unidos, en las que como ocurre cada segundo año van a votación los 435 asientos de la Cámara de Representantes Federal, la tercera parte del Senado y varias gobernaturas estaduales, fiscalías generales y otros cargos electivos.

Los resultados de estos ejercicios se utilizan comúnmente para medir el respaldo que goza, o no, el gobierno del partido en el poder y, especialmente, el presidente. Sin embargo, con el transcurso de los años se han ido acumulando un grupo de distorsiones en cuanto a la transparencia del proceso, se han creado herramientas para cuestionar las proyecciones y han surgido infinidad de mecanismos para que los electos en uno u otro distrito o territorio no sean exactamente aquellos que recibieron más votos.

En el caso de las elecciones que tendrán lugar el próximo 3 de noviembre se unen al menos tres situaciones excepcionales.

Primero, existe una gran expectativa al interior de Estados Unidos y en el mundo sobre la posibilidad de que una derrota parcial o total de los republicanos (en una o en ambas cámaras) ponga freno, o al menos disminuya el ritmo destructor del fenómeno que se ha denominado como Trumpismo.

Segundo, es el momento de la historia en que están en uso la mayor cantidad de antígenos contra el voto popular, desde aquellos tecnológicos como el uso masivo de la Inteligencia Artificial, el hackeo de las bases de datos de los colegios, las redes sociales, el robo y manejo de datos de los votantes, hasta los jurídico-normativos, como la sucesión de demandas en cortes contra colegios o funcionarios individuales, redistribución de distritos, hasta la inyección masiva de capitales en función de uno u otro candidato y la especulación a gran escala sobre los resultados en varios sistemas de apuestas.

Tercero, el presidente del país es la persona que encabezó en los comicios presidenciales del 2020 el mayor ejercicio del uso de la fuerza que ha tenido lugar en fecha reciente contra el veredicto del Colegio Electoral, al promover la toma del Capitolio federal el 6 de enero del 2021. Al volver al poder en enero del 2025 otorgó perdón presidencial a todos los condenados por aquellos hechos y ha afirmado de manera reiterada que no reconocerá ningún resultado contrario a sus intereses, por mínimo que sea. Durante todos los años en el poder durante su primer y segundo mandatos ha ido nominando jueces en tribunales federales que fallarán a su favor, en caso que llegue alguna disputa a esas instancias.

En estas elecciones, quizás más que en ninguna anterior, más allá de los votos y el proceso electoral en sí mismo, tendrán mayor presencia las posibilidades de que Trump y sus seguidores creen una o varias situaciones excepcionales, que dilaten o hagan difícil la santificación legal de resultados específicos o globales.

Trump evitará a toda costa un escenario ulterior en el que una posible mayoría demócrata en el Congreso federal lo haga más vulnerable ante un probable proceso de destitución judicial o impeachment, o que lo ponga a él o algún miembro de su familia más cerca de ser acusados ante un tribunal por cualquiera del rosario de hechos ilegales en los que han participado, desde los fraudes impositivos, hasta el tráfico de influencias, o el enriquecimiento ilícito por el manejo de información privilegiada.

En días recientes ha dado suficientes muestras de su comportamiento errático en temas de política exterior, para influir sobre los resultados: ha declarado una inexistente victoria sobre la mal planificada y mal ejecutada guerra contra Irán; recibió con honores exclusivos al jefe de estado del país que supuestamente representa los mayores riesgos estratégicos para Estados Unidos; apeló a un acuerdo petrolero con los archienemigos rusos con el objetivo de reducir el costo interno de los hidrocarburos, dando momentáneamente la espalda a la punta de lanza ucraniana contra Moscú.

Es apreciable el ejercicio retórico del actual Vicepresidente republicano y del Secretario de Estado para tratar de dar coherencia a la actuación del Comandante Supremo, sea tanto bajo el discurso del renacimiento del llamado Mundo Occidental, como en la definición de los nuevos riesgos que les plantean las ideas socialistas.

En este contexto, podemos acudir a un hecho histórico que nos permite salir de la sombra del potencial alarmismo, para simplemente decir: ya los republicanos lo hicieron antes, aunque se tratara de unas elecciones presidenciales.

El 7 noviembre del 2000 tuvieron lugar las elecciones presidenciales en las que se enfrentaron el vicepresidente saliente demócrata Albert Gore, contra el retoño republicano del dueto Reagan-Bush, el ex gobernador George W.

Fue un enfrentamiento tan cerrado que en la propia noche de las elecciones, las cadenas televisivas, que aún no temían a la superioridad de internet y los medios digitales, hicieron predicciones sobre los resultados finales que desataron reacciones verbales y acciones judiciales desde un lado y otro del espectro político.

La espiral del enfrentamiento solo vino a detenerse el 12 de diciembre, cuando la Corte Suprema, en un veredicto de 5 votos contra 4 proclamó como ganador al Bush junior. Un pequeño detalle: el estado que le permitió proclamarse por 271 votos del colegio electoral contra 266 fue la Florida. Los 25 votos que aporta dicho estado le fueron conferidos por una diferencia de sólo 537 votos individuales, de alrededor de seis millones de personas que habían ejercido su derecho. Era la primera vez en la historia que un candidato ganaba el voto popular por una diferencia de un millón de papeletas, por encima de aquel que recibió la bendición del colegio.

Esta historia no tendría nada de singular, si se hubiera llegado a tales sumas a partir de un conteo civilizado de los votos, si no hubieran prevalecido empujones y contragolpes, y finalmente si no hubiera participado la conga cubanoamericana. Por cierto, de ese origen fueron aquellos que entraron al edificio Watergate antes de los comicios del 1974 para robar los datos del candidato demócrata.

Uno de los tres condados de la Florida (junto a Broward y Palm Beach) en los que en el 2000 las cortes exigieron un reconteo a mano fue precisamente Miami-Dade, el cual como se conoce acogía ya la mayor concentración de migrantes cubanos y también de politiqueros que se habían apoderado de una buena cantidad de plazas burocráticas y electivas, desde la junta escolar hasta el board de supervisión del aeropuerto.

Aunque el gobierno local estaba encabezado por un político joven de origen cubano, de militancia demócrata y, por tanto, partidario de Gore, este permitió que el reconteo de votos fuera detenido, cuando una turba de ciudadanos (y no tanto) de habla hispana (no todos cubanos) irrumpió por la fuerza en el local donde tenía lugar el ejercicio, accidentalmente en el momento en que el aspirante republicano gozaba de una mínima ventaja.

Este antecedente fue recogido por el cineasta Billy Corben en un documental titulado “537”, ofertado originalmente en HBO, en alusión al insignificante margen “ganador” de Bush en la Florida. Este material fue editado en el 2020 cuando su creador esperaba una situación excepcional similar se produjera entonces para garantizar la continuidad trumpista.

Según el elocuente Corben «Ese fue el episodio que marcó el inicio de la división partidista extrema y hasta violenta que se vive en los comicios de hoy«.

Según una entrevista que ofreciera para la agencia EFE en octubre del 2020, Corben consideraba que “Miami (donde radica Mar-a-Lago) es el canario de la mina. Las cosas pasan primero en Miami y después se expanden a todo el país. Cuando vi todo lo que se comenzó a hablar en Washington de eventuales problemas electorales (…) decidí que era el momento”.

En las condiciones del 2026, la Florida no significa ya el trofeo que puede inclinar la balanza en uno y otro sentido. Después de que la asamblea legislativa local dejara sin efecto una consulta popular (2024) que le devolvía el derecho al voto a más de un millón de personas con antecedentes penales, más ciertos cambios en los límites de los distritos electorales (gerrymandering), el territorio se considera un bastión inexpugnable rojo (republicano).

Sin embargo, acudir a este antecedente sirve para afirmar, ante las ponderaciones actuales sobre las posibles reacciones trumpistas, que “ya lo hicieron antes” y no fue precisamente con guantes de seda.

Trump es hoy el presidente que goza del menor apoyo popular en EE UU, desde que se registra este parámetro. Pero solo el rechazo teórico a sus errores y excesos no cambiará la historia. Debe generarse una alternativa desde el lado demócrata (u otras fuerzas) que aglutine opciones de cambio y responda a descontentos, sobre todo que sirva de voz a los sectores más jóvenes dentro del electorado. Esa ausencia marcó la derrota Harris-Walz del 2024 y aún podría ser la explicación de futuros desastres.


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