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Evolución política del conflicto en Siria en su primer decenio (2011-2020): actores internos, regionales e internacionales

febrero 9, 2026   0

Introducción

El conflicto armado en Siria, iniciado en 2011, constituye uno de los procesos bélicos y políticos más complejos del sistema internacional contemporáneo. Su evolución durante el primer decenio no puede ser comprendida únicamente como una guerra civil derivada de los levantamientos sociopolíticos regionales conocidos como “Primaveras Árabes”, sino como un fenómeno profundamente dinámico, atravesado por la reconfiguración constante de actores internos, la intervención directa e indirecta de potencias regionales y globales, y la superposición de múltiples agendas estratégicas. En este sentido, Siria se convirtió en un escenario privilegiado de disputa por el poder, la influencia y el orden regional en Oriente Medio.

Desde una perspectiva analítica, el conflicto sirio desafía las categorías clásicas de análisis de los conflictos armados. A lo largo del periodo 2011-2020, el enfrentamiento transitó desde una fase inicial de protesta social y represión estatal hacia una guerra civil abierta, para finalmente consolidarse como un conflicto internacionalizado, caracterizado por dinámicas de guerra híbrida y proxy. Este proceso supuso no solo la fragmentación del territorio y del monopolio legítimo de la violencia, sino también la mutación constante de los actores políticos y militares involucrados, tanto en su composición como en sus alianzas y capacidades.

El estudio de la evolución de los actores políticos en Siria resulta clave para comprender la lógica interna del conflicto y su prolongación en el tiempo. Lejos de tratarse de bloques homogéneos, los actores internos —gubernamentales, opositores, insurgentes, milicias etnoconfesionales y organizaciones yihadistas— atravesaron procesos de fragmentación, recomposición y subordinación a intereses externos. Paralelamente, actores regionales como Irán, Türquiye, las monarquías del Golfo e Israel, así como potencias globales como Estados Unidos y la Federación de Rusia, desempeñaron roles decisivos en la redefinición del equilibrio de fuerzas, transformando el conflicto sirio en un nodo central de las disputas geopolíticas del siglo XXI.

Este artículo tiene como objetivo analizar la evolución política del conflicto sirio durante su primer decenio (2011-2020), poniendo el énfasis en la transformación de los actores internos y en la progresiva imbricación de actores regionales e internacionales. A partir de una periodización que distingue dos grandes fases (2011- 2014 y 2015- 2020), se busca identificar los momentos de inflexión que marcaron la reconfiguración del mapa político-militar del país, así como las lógicas estratégicas que guiaron la intervención externa y la consolidación de alianzas.

Metodológicamente, el trabajo se apoya en el análisis cualitativo de fuentes académicas especializadas, informes institucionales y estudios estratégicos, con un enfoque histórico-estructural que permite vincular factores socioeconómicos, identitarios y geopolíticos. De este modo, se pretende aportar una lectura integral que supere las narrativas simplificadoras y contribuya a una comprensión más profunda del conflicto sirio como fenómeno multifactorial, prolongado y aún no resuelto.

Bosquejo sobre el conflicto en Siria entre los años 2011- 2020

Los hechos en Daraa, en marzo del 2011, abrieron la puerta al caos en suelo sirio. El descontento popular acumulado por años hacia la gestión de Bashar Al Assad —quien asumiese el poder en Siria tras la muerte de su padre Hafez Al Assad en el año 2000— frente al Partido Baaz se manifestó a modo de graffiti y manifestaciones callejeras una vez llegaron los ecos de los levantamientos sociales antiestablishment en países vecinos.

Cuando en las calles fue recurrente la represión desde las fuerzas del orden, lo fue también la propaganda mediática desde medios corporativistas occidentales en función de alimentar el choque social, desde la apelación a cuestiones como los privilegios de minorías, la falta de libertad y la ausencia de democracia. Las frustraciones sociales tenían inicialmente una base material-económica; se transitaba entonces en Siria por una crisis con antecedentes en la severa sequía que tuvo lugar entre los años 2004-2008, causante de expansión de pobreza y hambruna entre los sectores menos favorecidos de la sociedad dada la drástica reducción de las tierras cultivables y de la producción ganadera (Corujo Ojea, 2025).

A lo anterior habría que sumar cuestiones relacionadas con políticas económicas gubernamentales que fueron dando espaldarazos a la protección social, a partir de la reducción de subsidios a productos agrícolas y combustibles, como parte de transformaciones impulsadas para una reestructuración, fundamentalmente tras las iniciativas encabezadas por el entonces ministro de Economía Abdullah Dardari (Corujo Ojea, 2025). Esto, sin olvidar los efectos de la crisis recesiva del año 2008 que explotó a nivel internacional.

Los problemas en el sector de la agricultura tenían gran significación para el resto de la economía pues, como especifica el experto Jamal Mahamid (2020) —del Instituto de Estudios Al Arabiya y citando al Banco Central de Siria— para 2009 “los sectores más importantes incluían la agricultura (22 % de la economía), la industria y la excavación (25 %), el comercio minorista (23 %) y el turismo (12 %)”.

No obstante, se debe tener en cuenta que las medidas contrarias a la cobertura social estuvieron condicionadas en parte por las exigencias que el Fondo Monetario Internacional (FMI) hiciese al gobierno baazista para reajustar en función de pagos por préstamos financieros (Roa, 2018). En tanto, los efectos de las medidas se vieron sobre todo en sectores que en sí ya sufrían determinadas desigualdades en cuanto a ingresos económicos y oportunidades (como los campesinos), coincidentes en gran medida con mayorías religiosas, entiéndase musulmanes fundamentalmente (Aguilar Aguayo, 2016).

Siria siempre resultó un crisol cultural; la gran nación multiconfesional del Levante. A pesar de tener en su suelo variedad de tendencias religiosas —musulmanes suníes, musulmanes chiíes, alauitas, drusos y cristianos (ortodoxos, católicos, asirios, maronitas y armenios)— durante los gobiernos del Partido Baaz no existía un equilibrio representativo de esa diversidad en el poder político (Merino, 2024).

Los alauitas —una línea confesional minoritaria y sincrética del islam chií y representativa de solo el 10% de la población siria para 2011 (Cembrero, 2011)— dominaron durante los gobiernos de los Al Assad (pertenecientes a esa religión) algunas de las principales carteras ministeriales, así como los aparatos de seguridad y defensa. Las alianzas entre esa minoría y los representantes de intereses de otras confesiones del país, más el clientelismo, dieron vida al gobierno baazista, a pesar de que un estimado del 70% de la sociedad fuese suní (Merino, 2024).

Esta situación sociopolítica ha sido clave para el desarrollo del conflicto, pues las clases que recibieron más crudamente los golpes de la crisis económica de antesala entraban en gran medida dentro del porcentaje suní mayoritario, además de abrazar a minorías étnicas con tradicional relación conflictual con los gobiernos baazistas, como los kurdos. No por cualquier cosa la oposición que iría a las armas contra Bashar Al Assad tendría una amplia composición de los propios musulmanes suníes y de minorías etnorreligiosas como los kurdos y los drusos.

Los descontentos se fueron mezclando y multiplicando debido al aumento de la represión por parte de las fuerzas del orden al servicio del gobierno de Bashar Al Assad y del discurso mediático corporativista neoliberal, hasta llegar al punto en el cual la capacidad de diálogo fue nula. De las propias fuerzas represoras al servicio del Baaz se desprendió personal militar en desacuerdo por los modos de gestión de la crisis por parte de la oficialidad, los cuales decidieron tomar las armas, pasando a la insurgencia. En solo meses se conformó una oposición generada por diversos grupos rebeldes de raíz musulmana o drusa, más otros de minorías étnicas como los kurdos.

Periodo entre los años 2011-2014

Entre 2011 y 2012 se puede afirmar que no había una consolidación específica de los actores dentro del conflicto, al menos no una ramificación compleja. Se podían distinguir las fuerzas progubernamentales (Ejército Árabe Sirio, con fuerzas de seguridad e inteligencia) y la oposición que, aunque diversa, no adquirió complejidad estructural hasta el año 2013.

La oposición para 2011 y 2012 tenía al Ejército Libre Sirio (creado en julio de 2011 por oficiales desertores del Ejército Árabe Sirio) y a formaciones civiles y religiosas que coordinaban operaciones de insurrección, como los Comités de Coordinación Locales (encabezados por jóvenes), además de los tradicionales opositores de la intelectualidad e ideológicos, como socialistas, comunistas, nasseristas y, sin poder obviarlos, la Hermandad Musulmana, ilegalizada y con línea confesional de islam político suní totalmente contraria a la oficialidad baazista (Álvarez-Ossorio, 2016). A su vez, los kurdos fortalecieron sus Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en kurdo y creadas desde 2004) con el objetivo de proteger de la represión a la población de la zona noreste del país desde la resistencia armada (Rengel, 2024).

A gran parte de toda esta oposición vino a aglutinar como primer órgano político el Consejo Nacional Sirio, fundado en agosto de 2011, con el objetivo de reflejar la heterogeneidad característica de la sociedad siria y de la propia rebeldía naciente. Sobre su composición explica Ignacio Álvarez-Ossorio (2012): “El Consejo estaba compuesto por los Hermanos Musulmanes, los Comités de Coordinación Locales (CCL), la Declaración de Damasco, el Bloque Nacional, el Bloque Kurdo, la Organización Democrática Asiria, figuras independientes y dirigentes tribales.”

Sobre la diversidad de la insurgencia que aunaba el Consejo Nacional Sirio, este propio profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante en España afirma: “diversidad confesional (musulmanes suníes, alauíes, drusos e ismaelíes y cristianos de diferentes iglesias), étnica (árabes, kurdos, asirios, turcomanos, etcétera) e ideológica (laicos, islamistas)”.

Así, ante la complejidad de los enfrentamientos, la Liga Árabe decidió expulsar a Siria a finales del propio año 2011, lo cual comenzaría a condicionar en el entorno regional posicionamientos cada vez más adversarios al gobierno de Al Assad; las monarquías del Golfo (Arabia Saudí y Qatar, fundamentalmente) no demorarían mucho en aprovechar el momento para financiar la caída del régimen alauita, con envío de armas y financiamiento desde inicios del 2012.

Türquiye ya comenzaría a tener una postura de respaldo a la oposición abriendo sus fronteras para el traspaso de armas, aunque sin mostrar involucramiento directo en el conflicto, que ya se iba internacionalizando poco a poco (De Argüelles, 2025). A partir del aumento de entrada de municiones para los insurgentes en territorio sirio, los combates fueron adquiriendo mayor recrudecimiento, llegando a producirse en junio de 2012 la primera ofensiva de la oposición sobre Alepo, partiendo de la frontera turca (establecieron dominio sobre varias áreas de esa provincia). En tanto, Damasco se les hacía difícil para ser dominada.

Con estos movimientos que se inclinaban hacia la complejidad en suelo de Siria, la CIA asumió mayor interés en financiar los bancos contrarios al gobierno del país árabe; al tiempo que Qatar movió sus fichas para aglutinar la representación internacional de la oposición con la creación de la Coalición de Fuerzas Nacionales de la Oposición y la Revolución Siria, la misma que pasaría a absorber al Consejo Nacional Sirio (De Argüelles, 2025).

Esa Coalición tenía sede en Estambul y era más bien moderada con respecto a quienes tomaron las armas, cuestión por la cual entre ambas partes resultaba complicada una coordinación fluida de operaciones militares. Aunque, los grupos rebeldes crearon el Consejo Militar Supremo (CMS), con 30 representantes de las formaciones insurgentes, para hacer más organizada su operatividad (Jean Faci, s/f).

Como las ofensivas irían agudizándose, como lo demostró Homs en 2012, actores externos a las fronteras del país comenzarían a entrar en la guerra. Hezbolla (partido- milicia libanés), por ejemplo, se unió en 2013 en apoyo al bloque del Ejército Árabe Sirio cuando en Homs se previó un posible cerco a Damasco por parte de los rebeldes, el cual aislaría la capital de la zona costera, donde más población alauita y chií se concentraba (De Argüelles, 2025). La entrada de Hezbolla inició un proceso de estructuración armada del Eje de la Resistencia, muy importante para que Al Assad se mantuviese en el poder.

Las continúas deserciones de oficiales de las Fuerzas Armadas Sirias, las limitaciones operativas y organizativas de sus estrategias o tácticas, así como la falta de suficiente capacidad de su capital militar para enfrentar la situación (mucho arsenal de la época de la Guerra Fría) —en momentos donde se hacían necesarias incursiones irregulares—, convencieron a Bashar Al Assad y a sus consejeros militares de la necesidad de recibir apoyo externo para asumir el conflicto.

Para ello fue aprobado en 2013 el Decreto Legislativo 55 (Jean Faci, s/f) que daba alta a la posibilidad de contratar compañías privadas militares y de seguridad que incursionaran en el terreno bélico para proteger intereses del gobierno, en especial campos petrolíferos y de gas que ya estaban siendo golpeados y abordados por fuerzas rebeldes. Con ese decreto se incorporaron al conflicto sirio actores como: ENOT Corp., Turan y el Grupo Wagner; todas Compañías Militares y de Seguridad Privadas (CMSP) rusas (Jean Faci, s/f).

Mientras, los cambios de tácticas llevaron a la desarticulación operativa de las fuerzas progubernamentales para dar paso a la incorporación de milicias y paramilitares que reforzarían a Al Assad en el escenario bélico; entre ellas: los Halcones del Desierto, las Fuerzas Tigres y los palestinos al Quds Liwa’ al Quds (Jean Faci, s/f). Con la entrada de Hezbolla se sumarían efectivos de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria de Irán y agentes de inteligencia de ese país que procederían a conformar milicias que operarían en apoyo terrestre para el ala progubernamental de la guerra.

Lo que pasó a caracterizar a este periodo fue la anarquía total y la falta de centralidad en la oposición; más de mil formaciones militares (tanto seculares como religiosas, preferentemente islamistas en este último caso) se expandieron por todo el inmenso suelo del país del Levante, haciendo muy difícil la posibilidad de registrarlas a todas ya que la inestabilidad ocasionó cambios constantes de nombres, fusiones y fragmentaciones.

No obstante, el enriquecimiento creciente de las agrupaciones islamistas y su acceso cada vez más expedito a armamentos, conllevaron a un aumento de su protagonismo, concentrándose fundamentalmente en dos estructuras: Frente al-Nusra (franquicia de Al Qaeda constituida en 2012) y el autodenominado Estado Islámico o Daesh (conformado en 2013). Ambas desprendidas del Estado Islámico en Irak, derivado de Al Qaeda en ese propio país árabe.

A partir de un fortalecimiento de estas dinámicas, el conflicto se fue islamizando a finales de 2013 y principios de 2014 desde una perspectiva del yihadismo (en el camino de la “guerra santa” de conquista), donde las formaciones militares insurgentes islamistas fueron ocupando los vacíos de poder tras pérdidas relevantes del Ejército Árabe Sirio sobre ciudades de importancia.

Fue creciendo un Frente Islámico en número de agrupaciones rebeldes y avances efectivos en comparación con el Ejército Libre Sirio y las fuerzas que aunaba. Cuando el Daesh avanzó y declaró su capital de proto Estado en Raqqa (junio de 2014), el peligro se figuró no solo para la permanencia del gobierno baazista, sino para minorías étnicas y religiosas sirias y para toda la región medioriental. El Estado Islámico se convirtió en la formación insurgente principal frente a las fuerzas defensoras del Estado sirio con sede en Damasco.

Ante los avances por el este del Estado Islámico y la pérdida de control del Ejército Árabe Sirio de esa zona y la del noreste (concentrándose en el eje Alepo, Hama, Homs, Damasco, Daraa) comenzaría a adquirir gran protagonismo un actor que sería esencial para la derrota del Daesh: el Partido de la Unión Democrática Siria (PYD) con su brazo armado, las Unidades de Protección Popular (YPG) con composición étnica kurda (Celso, 2018).

El año 2014 terminaría en Siria con una complejidad alta en cuanto a actores políticos y bélicos, así como en modificaciones en el terreno de combate en cuanto a zonas dominadas. Grupos rebeldes y terroristas en la frontera con Turquía iban adquiriendo fuerza, el Ejército Árabe Sirio pasó a concentrarse en las áreas del oeste y los circuitos determinantes para la conservación del dominio sobre la capital, el Eje de la Resistencia con denominación chií (y progubernamental) iba adquiriendo mayor articulación, mientras que las regiones del este habían caído bajo dominio yihadista (con el Estado Islámico como regente), pero con fuerzas militares kurdas (contrarios a Al Assad) dispuestas a liberar la zona de esos extremistas islámicos. Un rompecabezas que vendría a complejizarse más aún.

Ese mismo escenario, más el debilitamiento del Ejército Libre Sirio en momento de apogeo del Estado Islámico, llevó a las potencias de Occidente, en especial a la administración de los Estados Unidos —con el demócrata Barack Obama—, a plantearse la posibilidad de una intervención en el conflicto. Sin embargo, las experiencias en Afganistán e Irak condicionaron que desde Washington se diseñaran modos de participación no directa en la guerra o, cuánto más, con desplazamiento de pocos efectivos.

Para no quedarse fuera del rompecabezas sirio y que su rol no solo fuese de financiamiento y transferencias de armas a la oposición (en específico la no islamista), Estados Unidos cambió en un inicio el despliegue directo de tropas por el envío y apoyo con fuerza aérea, involucrándose en el trabajo coordinado con actores locales. Con ese fin se crearía la U.S Special Operations Joint Task Force- Operations Inherent Resolve[(SO) TF- OIR]. El trabajo en las zonas este y noreste de Siria en conjunto con los kurdos se hizo habitual para EE. UU., en especial en el combate al Estado Islámico (Jean Faci, s/f).

Periodo entre los años 2015-2020

El año 2015 llegaría con grandes desafíos para las fuerzas del régimen de Al Assad. La entronización y constante capacidad de adaptación, enriquecimiento y organización del Estado Islámico (EI) en las zonas del este y noreste del país, más la pérdida de dominio sobre zonas petroleras y agrícolas de importancia, se sumaron a la multiplicidad de milicias opositoras independientes del EI que iban ganando terreno en las regiones del sur y en áreas al norte, como Idlib. Sin dejar de mencionar las pérdidas de territorios en Alepo (desde 2012), Latakia o Hama, y el creciente financiamiento a formaciones opositoras islamistas y seculares por parte de las monarquías árabes del Golfo Pérsico, Türquiye y Estados Unidos.

Esta difícil situación convenció a Al Assad de la necesidad de pedir ayuda militar a Rusia a finales del año 2015, pedido al cual la Federación —presidida por Vladimir Putin— respondería con el envío de fuerza aérea de primer nivel. Esa no sería la iniciación de Rusia en el conflicto, sí la toma de acción más evidente, pero ya había colaborado con el régimen en operativos irregulares y encubiertos, en ventas de armas a través de sólidos contratos y a través del envío de las compañías militares privadas mencionadas en párrafos previos. (Richani, 2018)

Los avances de milicias rebeldes sobre provincias de importancia para la estabilidad de las fuerzas de Al Assad y de los intereses propios de Moscú (con sus bases de salida al Mediterráneo en Tartus y Latakia) convencieron a las fuerzas armadas rusas de que no podían continuar el respaldo al gobierno sirio desde ayudas puntuales y sin efectivos de envergadura. La entrada de Rusia facilitó a las formaciones militares progubernamentales a establecer dominio seguro sobre las áreas que habían perdido en parte y que estaban a punto de caer ante la oposición.

El sistema de guerra a implementar en Siria para modificar el rumbo de los acontecimientos en favor de los intereses gubernamentales y rusos estuvo basado en la reorganización de las Fuerzas Armadas, el diseño de estrategias de coordinación de las milicias por un mando unificado en Damasco y el paso hacia una organización y comando militar unido entre Irán y Moscú, que se extendió hasta el terreno de negociación política- diplomática.

Dos cuestiones comenzaron a perfilarse y posteriormente a consolidarse en el conflicto en Siria: la hibridación (tipo de guerra híbrida) y la interposición (tipo de guerra proxy). Ambas morfologías dadas por la aplicación de tácticas tanto convencionales como no convencionales, así como por la intervención de potencias extranjeras sin presencia total o efectiva de sus fuerzas en el terreno; más bien de algunas y excepcionales tropas, pero fundamentalmente la delegación sobre organizaciones y milicias aliadas para la ejecución de las operaciones militares (Celso, 2018).

Actores externos como Estados Unidos, Rusia, Türquiye, las Monarquías del Golfo Pérsico, Irán y Hezbolla ya estaban expandiendo su influencia sobre actores internos en Siria para el año 2015. Así, pasó a conformarse el eje Rusia-Irán-Hezbolla, que trataría de reconfigurar el mapa bélico y las capacidades de articulación del Estado sirio desde la reconquista de los territorios circundantes a Latakia y Damasco, así como objetivos económicos y estratégicos como los pozos y yacimientos petroleros, además de patrimonios culturales como Palmira (en 2016).

No obstante, Estados Unidos dejó de apoyarse en la interposición y se convirtió en una potencia ocupante en el año 2016 con el establecimiento de una base militar en Al Tanf, en la región sureste, cerca de la frontera de Jordania. Esto, con intenciones solapadas de bloquear el flujo expedito de las conexiones entre las milicias proiraníes en Irak, las milicias proiraníes en Siria y las fuerzas de Hezbolla, eslabones del llamado Eje de la Resistencia chií que, en principio innegociable, tienen como enemigo a Israel y buscan destruirlo como Estado (Jean Faci, s/f). En tanto, Israel siempre fue una potencia regional ocupante militarmente, al poseer y tener presencia ilegal en los Altos del Golán (territorio sirio) y dirigir ataques contra fuerzas proAssad, esencialmente ofensiva aérea.

A la vez, Estados Unidos, con su despliegue por el este y nordeste del país, pasó a apoyar y formar parte de las Fuerzas de Defensa Sirias (SDF, por sus siglas en inglés) en la lucha contra el Estado Islámico, donde los kurdos con sus Unidades de Protección Popular (YPG) alcanzaron un protagonismo histórico. Tan así que para el año 2017 se logró la derrota del Daesh como proto Estado al ser expulsado de Raqqa, la ciudad que había sido capital de su feudo. Aunque, a pesar de ello, el EI continuó activo de manera desarticulada (en células) y desde la guerra irregular.

El afianzamiento de las SDF, con las YPG como fuerza militar líder, en el noreste de Siria permitió al liderazgo político kurdo establecer un tipo de administración autónoma confederada, conocida como Rojava (Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria) que resultaba un desafío hacia los dos poderes que han sido adversarios históricos del Kurdistán sirio y la materialización de sus objetivos nacionales: el Estado baazista de los Al Assad y el Estado de Türquiye. Las labores de construcción de la autonomía en el ámbito institucional recibieron el respaldo de la U.S Special Operations Joint Task Force —Operations Inherent Resolve [(SO) TF- OIR].

Ante los posicionamientos de apoyo de los Estados Unidos a la autonomía kurda, Washington comenzó a chocar en intereses políticos con Türquiye, uno de sus aliados de la OTAN, lo que llevó a Erdogán a prescindir de su estrategia de apoyo exógeno a milicias islamistas en el norte de Siria, fundamentalmente en Idlib, y decidió proceder a la intervención militar, convirtiéndose en otra potencia dentro del territorio del país árabe. Esa decisión se materializó en agosto de 2016 con la operación Escudo de Éufrates, con objetivos precisos de ocupar la región central del norte de Siria, desde las gobernaciones de Azaz hasta Yarabulus (Middle East Eye, 2017).

Destruir algunos bastiones restantes del Daesh (que era aún enemigo de las fuerzas islamistas que apoyaban los turcos) era uno de los propósitos, pero el otro (con mayor prioridad) estaba en desarticular los cantones kurdos de Afrín y Kobane, llevando a una fragmentación de la gestión autónoma confederada que podría resultar un “mal ejemplo” para los kurdos en territorio turco. Ante esta operación, como el Ejército Libre Sirio había desaparecido, el ejército turco conformó —junto a milicias rebeldes islamistas bajo su influencia en el norte del país— el Ejército Nacional Sirio (SNA, por sus siglas en inglés) (Jean Faci, s/f).

La tarea de reorganización no fue fácil para Türquiye debido a que el número de milicias y grupos armados islamistas que se reunieron en el noroeste del país era prácticamente imposible de registrar, con ideologías en no pocas ocasiones contrarias, realidad obstaculizante para una unidad que facilitara un bloque rebelde consolidado.

Para 2017, tras la reconquista de Alepo por el Ejército Árabe Sirio y sus aliados en 2016, se retiraron a la provincia de Idlib milicias —tanto islamistas extremistas como moderados, y hasta seculares— que con la ayuda de Ankara (algunas de ellas, no todas) desarrollaron en el área el principal bastión rebelde, el cual impedía a las fuerzas del bloque de Al Assad conquistar el norte del país.

El Ejército Nacional Sirio antes mencionado, aglutinando paulatinamente los grupos rebeldes en Idlib, pasaría a responder a los intereses estratégicos de la Coalición Nacional Siria, con liderazgo de Türquiye y Qatar. Aunque, Erdogán no se centraba solo en reorganizar y proyectar operaciones rebeldes desde Idlib, sino que continuaría actuando sobre la frontera del noreste y centro-norte sirios para cortar todo proyecto político kurdo que resultara ante sus ojos una amenaza para la seguridad nacional de Türquiye.

Por ello dio luz verde a la Operación Ramo de Olivo en 2018 con la cual afianzó la presencia permanente de tropas turcas en la frontera noroccidental tras desmantelar el cantón de Afrín y hacer colapsar el proyecto de autogobierno de los kurdos. En esas áreas “liberadas del terrorismo”, como defendería el discurso oficial desde Ankara, Türquiye procedía a una institucionalización que simulaba una estatización, cuestión que le otorgó créditos ante los poderes que respaldaban el bando contrario del conflicto para lanzar conversaciones diplomáticas en búsqueda de acuerdos para la paz y la transición de poder en Siria.

Ya en 2017 se habían iniciado las reuniones internacionales en Astana, capital de Kazajstán, entre Rusia, Irán y Türquiye como principales representantes. En ese formato diplomático Ankara se convirtió en portavoz de la oposición aun cuando esta era muy disímil (Jean Faci, s/f). Más tarde en 2018, con los Acuerdos de Sochi, se pactó un alto al fuego y se conversó sobre el interés de desmilitarizar la zona de Idlib, que era la última de concentración de la oposición terrorista. Sin embargo, se violarían en 2019 con la invasión turca por el norte del territorio sirio (Deutsche Welle, 2020).

Con estas negociaciones prácticamente se normalizó la presencia de Türquiye en la frontera norte de Siria, dejando en un impasse o en cero, la modificación del mapa político-militar del país a partir del año 2019; más aún tras la operación Fuente de Paz —en el mes de octubre de ese año— donde buscó (bajo pretexto de lucha contra el terrorismo) la creación de un corredor “pacífico” para los refugiados sirios en territorio turco.

En realidad, se tradujo en un operativo militar contra kurdos y en un repoblamiento árabe que compitiera con la densidad poblacional de la etnia kurda. Para entonces Donald Trump no presentó fuerza ante el ejército turco y retiró las tropas estadounidenses del noreste hacia su base militar en Al Tanf, abandonando a su suerte a los kurdos y a las Unidades de Protección Popular.

En este escenario de “estabilidad dentro del conflicto” o estancamiento llegaría el año 2020, aunque sin dejar de mencionar que desde inicios de 2019 destacaba en Idlib como grupo armado principal la Organización para la Liberación del Levante o Hayat Tahrir al-Sham (HTS), que no era otra cosa que una nueva denominación del otrora Frente Al Nusra, heredero de Al Qaeda.

Conclusiones

El análisis de la evolución del conflicto en Siria entre 2011 y 2020 permite afirmar que su persistencia y complejidad no responden únicamente a dinámicas internas de confrontación política o social, sino a un proceso sostenido de internacionalización que transformó progresivamente el carácter del enfrentamiento. Lo que comenzó como una crisis de legitimidad del Estado y de gestión del descontento social derivó en una guerra de múltiples capas, donde los actores internos quedaron, en gran medida, subordinados a agendas estratégicas regionales y globales.

Durante el primer periodo (2011–2014), la ausencia de una oposición cohesionada y la proliferación de actores armados heterogéneos generaron un escenario de alta fragmentación política y militar. Esta dispersión facilitó tanto la radicalización del conflicto como la emergencia de organizaciones yihadistas que capitalizaron los vacíos de poder, desplazando progresivamente a actores opositores de carácter secular o moderado. La incapacidad de articular un proyecto político alternativo sólido debilitó a la insurgencia frente al aparato estatal y abrió las puertas a una intervención externa cada vez más decisiva.

En la segunda fase (2015-2020), el conflicto alcanzó un grado avanzado de institucionalización bélica y geopolítica. La intervención directa de la Federación de Rusia, en coordinación con Irán y Hezbolla, alteró de manera sustancial la correlación de fuerzas, permitiendo la supervivencia del Estado sirio y la recuperación de territorios estratégicos. Paralelamente, la actuación de Estados Unidos y sus aliados, el protagonismo creciente de las fuerzas kurdas y la intervención militar de Türquiye consolidaron un escenario de ocupaciones parciales, zonas de influencia y equilibrios forzados que congelaron el conflicto sin resolver sus causas estructurales.

La evolución de los actores políticos demuestra que el conflicto sirio operó como un laboratorio de nuevas formas de guerra, donde la hibridación de tácticas, la delegación de la violencia y la utilización de actores no estatales se convirtieron en herramientas centrales de las potencias involucradas. Esta lógica erosionó aún más la soberanía siria y complejizó cualquier horizonte de solución política integral, al superponerse intereses incompatibles y proyectos regionales antagónicos.

Finalmente, al llegar al año 2020, Siria se encontraba en una situación de aparente estabilidad armada, pero profundamente fragmentada en términos territoriales, políticos y sociales. El mantenimiento del gobierno de Bashar Al Assad no significó la restauración plena del Estado ni la superación del conflicto, sino la consolidación de un equilibrio precario sostenido por la presencia extranjera y la exclusión de actores clave del proceso político. En este sentido, la evolución de los actores políticos en el primer decenio del conflicto no solo explica su prolongación, sino que anticipa las dificultades estructurales que continúan obstaculizando una paz duradera en Siria.

Referencias bibliográficas

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