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Conflicto

Las crisis y las guerras

mayo 25, 2022   0

Imagen: Caricatura de Moro tomada de Granma

Imposible escribir sobre el fascismo y la guerra sin recordar 1984, la distopía orwelliana con el Gran hermano y sus consignas, las que, como la novela toda, pueden y deben también ser leídas al revés.

 Cuando hace tan solo unos días, el 9 de mayo, los agradecidos celebramos el Día de la Victoria contra el Fascismo, lograda en 1945, también pensamos en el 22 de junio, fecha del comienzo, en 1941, con la Operación Barbarroja, de la invasión a la Unión Soviética por la Alemania nazi, y con ella, el inicio del fin de la Segunda Guerra Mundial, alcanzado gracias a la heroica lucha del pueblo soviético y sus más de 20 millones de muertos.

Las causas de esa última conflagración deben buscarse mucho antes de su inicio, entre el siglo XIX y el XX, cuando el mundo se reordenaba con el paso del capitalismo premonopolista al monopolista y al nacimiento del imperialismo, de la mano de la, para entonces, novísima etapa del capitalismo, que generaría ese mundo que Orwell describiría, cada vez más parecido al que hoy vivimos.

Ya a comienzos del siglo XX el potencial económico de Alemania superaba al de Gran Bretaña y Francia, naciones que en el siglo XIX se habían repartido buena parte del mundo. Paralelamente, aparecían otras potencias que, como Alemania, Italia y Japón, aspiraban a un nuevo ordenamiento global. Nada extraño resultaba en ese ambiente la reafirmación de los nacionalismos que, atribuyéndole singularidades propias y exclusivas a los territorios que ocupaban, y a sus ciudadanos, los países que habían llegado tarde al reparto pretendieran obtener privilegios territoriales y políticos generadores de tensiones, alianzas políticas y militares y carreras de armamentos, caldo de cultivo para que se desencadenara la Primera Guerra Mundial, que perdió Alemania.

Los términos del Tratado de Versalles, onerosos y opresivos, impusieron a la derrotada nación una deuda impagable que impedía recuperar su economía devastada por la guerra, la despojaba de sus colonias y le prohibía reconstruir su ejército, todo lo que sumió al país en una profunda crisis que desencadenó el descontento popular, sobre el cual surgiría el nazismo y Hitler en Alemania, y, paralelamente, y en la búsqueda de una supuesta recuperación de glorias pasadas, el fascismo y Mussolini en Italia.

De la Segunda Guerra Mundial, entre sus consecuencias se encuentran los más de 60 millones de muertos, aunque lo fue también la emergencia de EE. UU. como primera potencia mundial –resultado de la riqueza acumulada en la guerra– junto con la debilidad de la Europa destruida, y por la descolonización que la empobreció y contribuyó a hacerla aún más dependiente del llamado Plan Marshall para su reconstrucción.

Todo acompañado de la conversión de Japón en protectorado, luego del crimen de Hiroshima y Nagasaki, y de la retórica de la «democracia liberal»; también de una urss destruida, aunque resiliente y capaz de oponerse a la superpotencia que por primera vez había usado el arma atómica. Así comenzó el mundo bipolar, la guerra fría y al keynesianismo militar.

Si todo lo anterior resultó trágico para los directamente involucrados en los enfrentamientos, los otros, los que provocaron (y siguen provocando) las guerras, se aprovecharon (y siguen aprovechándose) de ellas, obtuvieron (y siguen obteniendo) ventajas económicas y supeditando territorios, en procura de aumentar y legitimar los presupuestos militares, producir y vender nuevas armas que incrementen las oportunidades de ingresos.

Como para lograrlo tienen que vender la idea de que lo hacen por el bien de la nación, en defensa de la libertad y del progreso, justifican el gasto estatal como benefactor de la economía, por ser capaz de frenar el estancamiento y promover el crecimiento que, al crear empleo, aminora el descontento y genera paz social.

Nos encontramos al borde de una tercera guerra mundial. Vivimos tiempos en los que prevalece la incertidumbre de una economía que no solo no se ha recuperado plenamente de los impactos de la crisis antropológica generada por la covid-19, sino que tampoco ha aprendido –parece querer no aprender– cómo hacerlo.

La crisis ha sido tratada de manera diferente e incluso contradictoria entre los diferentes actores nacionales, regionales y aun transnacionales, y aunque la racionalidad indica que las salidas debieron buscarse en el multilateralismo y la colaboración, la irracionalidad, el unilateralismo y la competencia geopolítica priorizaron la vieja y falsa idea de que la guerra es la mejor opción.

Los hechos, testarudos, y la revisión de la bibliografía y la información disponible sobre el tema, permiten apreciar que las crisis siguen generando, (como en la década de 1930) polarización y extremismo político.

La actual crisis –o más bien, la actual multiplicidad de crisis– que inicialmente y en no pocos despertó temores de que se repitiera la historia de las guerras, solo confirmó lo que se temía, al observar el mundo actual, desde EE. UU. hasta Europa (el llamado Occidente) y de manera particular Ucrania: el resurgimiento del fascismo.

Sus promotores seguramente no pasaron por alto las particularidades de ese país, su posición geográfica, su historia y los factores internos, incluyendo los antecedentes fascistas en el occidente y las divisiones etnolingüísticas, que la hicieron utilizable por un poder global en declive, en su intento de recuperar la hegemonía.

Si de promotores de guerras se trata, y en particular de la guerra actual en Ucrania, no puede pasarse por alto el estudio presentado por la RAND Corporation (ya en 2019 y publicado en la página web de la institución) en el que se recomienda expandir la OTAN hacia las fronteras rusas, para obligarla a tomar medidas y competir en aquellos campos en los que EE. UU. tenga ventajas competitivas; obligándola, para desequilibrarla, a expandirse militar y económicamente. 

Por supuesto, lo anterior hace, cuando menos, ridícula, la reciente declaración del g-7, al señalar que «somos firmes en nuestra solidaridad y nuestro apoyo a Ucrania mientras se defiende contra la injustificable, no provocada, e ilegal guerra de agresión de Rusia, una guerra en la que Bielorrusia es cómplice».

En tal contexto parece imprescindible referirse, una vez más, si de guerra se trata, a la idea de que estas proporcionan un estímulo para la economía.

Por supuesto que, como los que así piensan prescinden del análisis de los aspectos éticos del problema, también procede centrarse en los aspectos económicos, lo que es el fundamento en su evolución hasta el keynesianismo militar.

Desde la  referida óptica, implícitamente se acepta la crisis de acumulación, o más bien de sobreacumulación, pues se admite que el sistema produce mucho más de lo que puede consumir, ya que al maximizar la eficiencia microeconómica (lo que supone la máxima reducción de costos que no afecte la calidad, incluyendo los salariales) al mismo tiempo, su expresión en el nivel macroeconómico, la reducción de la demanda, hace ineficiente el sistema en su conjunto, y convierte al gasto estatal en indispensable para alcanzar el equilibrio.

Siguiendo la referida lógica, el capitalismo necesitó la primera y segunda guerras mundiales para sacar al capitalismo de «las depresiones», en particular la segunda, para sacarlo de la Gran Depresión. Necesitó de la Guerra Fría para legitimar, durante medio siglo, la expansión de los presupuestos militares. Necesitó de las guerras en Irak y Afganistán, las más largas de la historia, que ayudaron a mantener la economía, y hacerla avanzar, luego del estancamiento crónico en las primeras dos décadas de este siglo.

La misma lógica hizo que, del anticomunismo de la Guerra Fría, se pasara a la «guerra contra el terrorismo», también a la llamada nueva guerra fría, y ahora a las provocaciones a Rusia, hasta obligarla a la guerra contra Ucrania.

En ese conflicto actual, la corporatocracia transnacional –liderada por Washington y que no acepta a «los advenedizos rusos»– ha debido enfrentarse a todo adversario, real o supuesto, para garantizar la reproducción militarizada del capital mediante la violencia, «comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva» –dijo Marx–, y que –también lo escribió en El Capital– es «por sí misma, una potencia económica».

Texto publicado originalmente en https://www.granma.cu/cuba/2022-05-25/las-crisis-y-las-guerras-25-05-2022-02-05-14

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