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Una mirada a los impactos de la pandemia COVID19 desde Cuba

mayo 12, 2021   0

El Mundo durante y después de la pandemia de la COVID19 ha sido y será aún más desigual que antes.

La pandemia ha cambiado los paradigmas respecto soberanía e independencia a escala global.

Regiones africanas y asiáticas han sufrido de forma reiterada el impacto de epidemias que han significado un costo sobre su población y sus recursos materiales. Lamentablemente son fenómenos casi recurrentes en esas áreas.

Sin embargo, en esta oportunidad el virus SARS CoV-2 fue efectivo en su ataque en zonas que supuestamente tenían sistemas de salud bien articulados y poblaciones protegidas. Han sido afectados por igual vendedores y compradores del comercio internacional, inversionistas y receptores de inversiones, acreedores y endeudados, aunque los costos son asimétricos. El crecimiento de la economía mundial se contrajo en el 2020 en un 3,3%.

La mayoría de los países solo ha podido ofrecer algún tratamiento a los ya enfermos por la COVID19 en estado grave o crónico. Muy pocos pudieron trabajar sobre los asintomáticos, hacer la trazabilidad del contagio y preparar a los grupos poblacionales más vulnerables con una labor preventiva. Para hacer esto último se requieren tanto recursos como conocimientos y la estructuración de un sistema de salud donde la ganancia no sea la fuerza motriz.

La potencial solución definitiva ante la pandemia apareció a finales del 2020 en forma de vacunas, más o menos efectivas, que se han comercializado como un producto de alto valor agregado y que han estado reservadas para los países productores y para aquellos que han podido pagar su costo. Se han producido pocas y porcentualmente insignificantes donaciones de vacunas, con impacto limitado, aunque se agradecen.

Los grandes productores de medicamentos no solo han controlado la distribución de las vacunas sino también de productos desechables como jeringuillas y contenedores y de equipamiento sofisticado como respiradores artificiales, que juegan un papel fundamental en el tratamiento a la COVID19.

En medio de una carrera mundial por la sobrevivencia la OMS ha advertido sobre la posible repetición futura de eventos de esta magnitud, por lo que es de esperar que las autoridades gubernamentales pretenderán lograr una mejor preparación para proteger sus poblaciones ante la ocurrencia de hechos similares.

Será difícil lograr tal objetivo si no se cuenta con medios propios: es decir personal de salud, sistemas integrales y soluciones biofarmacéuticas.

Los recursos dedicados a salvar la vida de los enfermos por esta pandemia redujeron el financiamiento con que contaban las naciones para paliar la dependencia sobre combustibles y alimentos y por tanto se hicieron aún más vulnerables. Se calcula que se ha duplicado la cifra de personas que viven bajo la llamada “inseguridad alimentaria” aguda.

La masividad y velocidad del contagio pusieron a prueba, y en muchos casos colapsaron, los sistemas de captación de datos nacionales. De manera general las cifras que se han manejado de forma pública no son precisas, han sido utilizadas con intereses políticos en algunos casos y no sirven de base a futuros análisis para situaciones similares.

A pesar de estas imprecisiones es evidente que han quedado expuestos a los efectos de la pandemia los sectores más vulnerables desde el punto de vista económico. Dentro de estos los sobrevivientes verán cumplirse en el más largo plazo o nunca sus expectativas en cuanto a calidad de vida.

De forma general, la incapacidad de estructuras de gobierno y partidos políticos para dar respuesta a los reclamos de las diversas poblaciones ha llevado a un resquebrajamiento de la confianza de los electores en los elegidos y al surgimiento de nuevas figuras y movimientos que han capitalizado el momento.

La prioridad de tener que hacer frente a la COVID19 ha silenciado la mortalidad de otras enfermedades llamadas tradicionales, ha dificultado tratamientos y atenciones para pacientes curables y ha incidido en la tasa de natalidad de varios países entre un 5 y un13%. Es decir, durante el 2020 fallecieron muchos más seres humanos por causas prevenibles que en condiciones normales y no llegó el relevo biológico natural de aquellos.

La pandemia ha situado la propuesta de la salud como derecho humano en un puesto de avanzada en el debate interno de todos los países afectados, donde se ha insistido en la responsabilidad gubernamental en esta esfera, que va más allá de regular prácticas y certificar medicamentos o defunciones.

La pandemia ha afectado todos los sectores de la vida social, desde la vivienda, donde han tenido menos posibilidades de sobrevivir los que conviven más hacinados, hasta la educación primaria, media y superior en las que la conectividad a internet es un parteaguas para posible continuidad de los estudios. Aún aquellos que han podido continuarlos han sufrido un resquebrajamiento en el proceso de aprendizaje que cobrará cuentas dentro de varios años.

Miles y posiblemente millones de menores han debido marchar de las aulas a puestos de trabajo mayoritariamente informales para ayudar en la manutención familiar. Estas tendencias aumentarán los flujos de emigrantes y el tráfico de personas.

La alta cantidad de fallecidos en varias naciones, muy superior a la registrada durante conflictos bélicos mundiales, se ha aceptado como un “daño colateral”, que en cualquier otra circunstancia hubiera generado extensas movilizaciones sociales.

En buena medida debido al distanciamiento social, a la reclusión de grandes masas en sus hogares, a la casi paralización de los viajes a escala global, aún no ha sido posible socializar la experiencia de forma suficiente.

En estas condiciones es más importante que en otras coyunturas intercambiar los criterios de los centros de pensamiento, en particular los vinculados con el ALBA-TCP y aquellos que puedan aportar un enfoque desde el Sur político.

Se debe apoyar a las instituciones multilaterales, de forma particular la OMS y la OPS, y tender más puentes entre las comunidades científicas de nuestros países.

Para ello, lo que Cuba puede aportar es su modelo de sistema de salud que ha compartido con la comunidad internacional desde hace más de 60 años.

Partimos de una responsabilidad estatal que se refleja directamente en el presupuesto oficial anual y que responde a un derecho de cada ciudadano al nacer. En Cuba se ha construido un solo sistema de salud, transversal para toda la sociedad, interconectado entre todas sus instituciones, que comparte información constantemente, no solo la que se tributa en el país sino también la proveniente de las mejores fuentes desde el exterior.

Mientras más se atomiza la atención de salud y más se haga dependiente de los llamados valores del mercado, será más insuficiente y menores posibilidades tendremos de sobrevivir.

En Cuba la visita a un médico o una enfermera no se produce por padecer de una enfermedad. Ambos miembros del sistema de salud cubano son parte de cada comunidad, con la que comparte, a la que contribuyen a educar en la prevención de enfermedades y de la que acumulan información sobre padecimientos de varias generaciones. Es un hecho comprobado que las acciones preventivas de salud si se realizan de manera estable salvan muchas vidas y ahorran sustanciales recursos.

Por encima de la comunidad, los policlínicos y hospitales provinciales o nacionales terminan por construir una pirámide que da cobertura a toda la población geográfica y socialmente.

Cuba cuenta hoy con 479 623 trabajadores de la salud, que representan el 6,6 % de la población en edad laboral. Funcionan 150 hospitales, 110 salas de terapia intensiva, 120 áreas intensivas municipales, 449 policlínicos, 111 clínicas estomatológicas, 12 institutos de investigación y 680 bibliotecas médicas. Al iniciarse la COVID19 en Cuba había cuatro laboratorios de Biología Molecular y ahora estamos en camino de contar con 27 en toda la Isla.

Otro eje esencial en el sistema es la escuela de Medicina Cubana, que forma a un profesional que centra su atención en el bienestar del ser humano y no en la ganancia que puede obtener a cambio del padecimiento ajeno. Una escuela que dota al médico y al personal paramédico del conocimiento clínico necesario para actuar en ausencia de toda tecnología y aún así poder realizar un diagnóstico y proponer el tratamiento.

Cuba ha formado recursos humanos en salud para si y para otros. Solo en la llamada Escuela Latinoamericana de Medicina se han formado más de 30 000 profesionales de 115 países, incluídos los Estados Unidos. Cuba ayudó a crear facultades de Medicina en países como Argelia, Yemen y Gambia.

Finalmente, gracias a la visión estratégica del Comandante en Jefe Fidel Castro, Cuba invirtió masivamente en la biotecnología desde los años 80 y mantuvo el paso en los 90 a pesar de los drásticos cambios en el mapa geopolítico mundial. El desarrollo de esa industria ha permitido sobrevivir ante la COVID19 y poder ayudar a otros, nos permite mirar con aplomo a un futuro lleno de incertidumbres.

La organización empresarial BioCubaFarma, que produce medicamentos, equipos y servicios de salud de alta tecnología cuenta con 21 600 trabajadores y 62 instalaciones productivas. Produce 525 medicamentos de los 849 que componen el Cuadro Básico del país. El grupo cuenta ya con 802 registros sanitarios en 48 países.

Para enfrentar a la COVID19 Cuba ha trabajado con cinco candidatos vacunales en distintas etapas de aprobación, los cuales protegerán la salud de todos los cubanos y de muchos extranjeros que visiten el país en el futuro.

Lo que Cuba puede ofrecer en este debate sobre el mundo después del COVID19 no son solo teorizaciones, llamados a hacer cambios estructurales y alertas apocalípticas. Cuba puede ofrecer lo mismo que ha estado haciendo por 60 años. En ese período 400 000 médicos, enfermeras, expertos y terapeutas cubanos han brindado su apoyo a otros países.

En el momento en que surgen los primeros casos de COVID19, Cuba ya contaba con 28 000 profesionales de la salud en 68 naciones. Desde ese instante hasta enero del 2021 la Isla envió a 4450 expertos a 39 países y territorios. Se salvaron miles de vidas.

Y todo lo dicho hasta aquí ha sido a pesar de resistir por seis décadas el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos.

Hace 11 años en la clausura de un evento en el que se discutía sobre la polaridad en las relaciones internacionales expresamos: “Es difícil imaginar un mundo más interdependiente que el actual en sus períodos de crisis económicas, con mayor velocidad y versatilidad en las comunicaciones, con una globalidad superior en el impacto de las pandemias, ni con una amenaza más incluyente para todos que el cambio climático”

Entre las consideraciones hechas entonces adelantamos que: “el aporte principal que podrían realizar (…) los países del Sur a la multipolaridad es dotarla de un nuevo contenido, según la cual la determinación de los polos no se produzca como resultado de una nueva carrera armamentista y de la concentración de poder económico”.

La COVID19 nos deja el reto de construir una polaridad basada en las condiciones de sobrevivencia que garanticemos desde ahora para la especie humana y trabajaremos para ello.

No tiene sentido descubrir durante una crisis que no se está preparado para ella, habrá que prepararse desde mucho antes.

Los países subdesarrollados quizás no puedan hacerlo por separado, pero no caben dudas que de conjuntos sí podemos.


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