La visión del Comandante Fidel Castro Ruz sobre la migración cubana
Presentación en el Foro “Fidel y la Política Exterior de la Revolución Cubana”, 11 de agosto de 2026. 1er Coloquio Internacional “Fidel, Legado y Futuro”
Para explicar este tema normalmente se acude a citas de intervenciones del Comandante en Jefe en relación con los éxodos migratorios ocurridos en los primeros años de la Revolución cubana, o su participación en la que se considera como la primera reunión masiva, oficial y publica entre el gobierno revolucionario cubano y sectores de nuestra emigración, que tuvo lugar en 1978.
Sin embargo, cuando se haga referencia a la visión de Fidel respecto a la migración cubana, debemos partir de sus aprendizajes de José Martí, sobre la huella cultural y política de Cuba en el mundo y también en cuanto a la organización en el exterior de aquellos que apoyarían y serian parte del enfrentamiento contra el poder colonial español.
Al igual que Martí, aunque por otros motivos, Fidel tuvo una experiencia temprana en su vida en el conocimiento de otras naciones, y en la interpretación de hechos locales, a través de la visión de los cubanos residentes en esas latitudes.
En 1948 con apenas 21 años viajo al Congreso Latinoamericano de Estudiantes en Colombia, pero paso primero por Venezuela. Una vez en Bogotá vivió las convulsiones del llamado Bogotazo, como resultado del asesinato del líder local Jorge Eliecer Gaitán.
Después de ser amnistiado en 1955, junto a sus compañeros sobrevivientes por el asalto a los cuarteles Moncada y de Bayamo en 1953, Fidel se instaló en México para organizar desde allí el enfrentamiento a la tiranía de Fulgencio Batista. cubanos residentes en aquella nación participaron directamente o indirectamente en el proyecto.
El 20 de octubre de 1955, Fidel partió de México con destino a los Estados Unidos, con el objetivo de acercar el movimiento 26 de julio a los cubanos de aquella emigración.
Según sus propias palabras:
«los hombres muchas veces queremos repetir la historia, aunque las condiciones sean muy diferentes. Pensaba que existían cubanos, unas cuantas decenas de miles de cubanos, quizás más, que vivían, más o menos, en los mismos lugares que en la última guerra de independencia. Todos ellos habían salido de Cuba como emigrados económicos, la inmensa mayoría lo era. Me parecía elemental organizar a los emigrados, para que nos dieran apoyo político y económico en la lucha revolucionaria».
Con esas ideas en mente, el 30 de octubre de 1955 Fidel pronunció un discurso en el salón Palm Garden, en Nueva York, Estados Unidos. Ante la multitud reunida, Fidel dijo: “los aplausos nos alientan, nos dan ánimo y vemos en ellos el tributo a la Patria, el tributo a los caídos y la expresión de la fe de nuestro pueblo”.
Con el mismo propósito viajó a Union City, en New Jersey, y a Miami, Tampa y Key West en Florida. En Tampa se interesó por conocer los principales lugares relacionados con la presencia de emigrados cubanos y, particularmente, con la obra revolucionaria de José Martí. En Cayo Hueso visitó el club patriótico y docente San Carlos.
Apenas triunfó la Revolución cubana, Fidel viajó en enero de 1959 a caracas, para agradecer el apoyo recibido desde allí, también entre los cubanos, para la derrota de la dictadura de Fulgencio Batista.
En su primera visita como primer ministro en abril de 1959 a Washington DC, New York, New Jersey, Boston y Houston intercambió con varios cubanos residentes en dichas ciudades.
En ese recorrido visitaría igualmente Brasil y Argentina.
Ya en aquellos momentos, distintas agencias federales estadounidenses organizaban planes para tratar de derrotar a la Revolución, al tiempo que obstaculizaban el movimiento tradicional y frecuente, tanto aéreo como marítimo, de los cubanos entre ciudades de ambas naciones.
Apenas una semana después de producirse la victoria frente a la invasión por playa girón (1961), Fidel se reunió personalmente con los mercenarios que formaron parte de la llamada brigada 2506, un sector muy singular de la emigración cubana de entonces. El intercambio fue trasmitido por radio y televisión, emisiones que registraron el interés del líder de la Revolución por conocer de primera mano los móviles que llevaron a cada uno de ellos a atentar contra su país natal.
La agresión armada directa, el financiamiento de bandas terroristas en territorio cubano y finalmente la disposición del bloqueo contra Cuba en 1962, crearon en un sector de la población cubana una expectativa de emigración que se veía obstaculizada además en sus canales tradicionales por parte de Estados Unidos.
Esta actitud estadounidense, refrendada en la aprobación de la llamada Ley de Ajuste Cubano (1966) que creó un estatus especial y único para los cubanos que lograban llegar por diversas vías a los Estados Unidos, generaron al menos tres flujos migratorios masivos desde Cuba conocidos como Camarioca (1965), Mariel (1980), balseros (1994).
A lo largo de todo ese tiempo Fidel mantuvo no sólo una explicación pública de los acontecimientos ante el pueblo, sino encontró vías y canales de comunicación para conocer los cambios cualitativos que se producían al interior de la emigración cubana, radicada principalmente, aunque no exclusivamente, en Estados Unidos, sus expectativas e intereses respecto al país de origen.
Esos cambios permitieron la realización del llamado diálogo del 78, que tuvo continuidad en el año 1979 y estuvo precedido por varios intercambios individuales y grupales de pequeño formato, con emisarios de esa emigración interesada en reconectarse con su país de origen.
Entonces Fidel dijo: “esto no se pudo hacer antes, ni pensarlo, porque había una situación con Estados Unidos muy grave en la época en que la CIA y el gobierno de Estados Unidos preparaban el asesinato de dirigentes de la Revolución, los sabotajes, la contrarrevolución, los desembarcos de armas, que sostenían una guerra activa contra la Revolución cubana”.
Se inició entonces una época en la que empezaron a viajar masivamente al país miembros de aquella emigración, que supuestamente protagonizó una ruptura irreconciliable con su país de origen. Pero desgraciadamente la posición oficial estadounidense estuvo dirigida en todo momento a utilizar el tema migratorio para ejercer presión al interior del país, desangrar a la nación de sus talentos y armar campañas de desprestigio contra la obra social de la Revolución.
En el tema de la emigración cubana Fidel se apropió del conocimiento necesario con las mismas técnicas que aplicaba a otros temas. No se formaba una opinión sobre los actores principales, o los sucesos, a partir de informes oficiales, resúmenes preparados por terceros por muy expertos que fueran, o noticias de prensa.
En todos esos años de gesta de lo que después se denominara comúnmente como política hacia la emigración cubana, con todas sus medidas y actividades principales, Fidel se reunió en innumerables ocasiones con actores comunes participantes en dicho fenómeno, con ex combatientes de la lucha clandestina o de la sierra, que en algún momento posterior abandonaron el país, incluso con ex miembros de planes y grupos articulados por la CIA y otras agencias contra Cuba. Fijó un límite claro en ese propósito: no hablaremos con los que hayan participado directamente en hechos de sangre o actos terroristas.
De un fenómeno tan complejo como la emigración, se formó sus propios criterios a partir de la multiplicidad de fuentes consultadas, del contraste de la información. En el flujo de datos que circulaba entre su oficina y la de varios organismos en función de una propuesta o una iniciativa, era común que se preocupara por conocer las fundamentaciones de aquellos que disentían, aunque estuvieran en minoría.
Sin dudas, tuvo un carácter estratégico su decisión de convocar a lo que se denominara Primera Conferencia Nación y Emigración en abril del 1994, a escasos meses de que tuviera lugar la denominada crisis de los balseros. En el momento más duro del llamado Período Especial, después de la desaparición de la URSS y del denominado campo socialista, constituyó un mensaje trascendente el que la dirección del país considerara a la mayoría de su emigración como un componente importante de los pasos que estaban por darse, para enfrentar un bloqueo estadounidense ya reforzado con la llamada ley Torricelli (1992) y que después lo fuera aún más por la ley Helms-Burton (1996).
Los propios hechos acaecidos durante el verano de 1994 y la manera en que el gobierno estadounidense enfrentó el flujo migratorio desde Cuba, entre otros factores, llevaron a Fidel a valorar y aprobar la realización de la Segunda Conferencia Nación y Emigración en noviembre de 1995, como un nuevo momento de encuentro y reflexión sobre el tema.
A pesar de la continuidad de esos hechos en dos años consecutivos, dio a entender desde entonces que no constituía un objetivo regularizar tales encuentros. Dijo en medio de los preparativos: “habremos cumplido nuestro propósito cuando exista un intercambio permanente entre el país y los emigrados, de manera que no sean necesarios estos encuentros con una agenda determinada”.
Aun bajo esa premisa imagino organizar en 1997 la reunión “cubanos contra la Ley Helms Burton”, una oportunidad para explicar desde el país a los emigrados, los efectos reales que tendría tal engendro contra la isla.
Entre otros organismos, el Ministerio de Relaciones Exteriores, con la creación en 1994 de la Dirección de Asuntos de Cubanos Residentes en el Exterior y en 1998 con la Dirección de Asuntos Consulares y de Cubanos Residentes en el Exterior, recibió parte del mandato para profundizar y extender ese diálogo permanente tanto en Cuba, como a través de todas las embajadas y consulados.
De la época de mayor enfrentamiento a la contrarrevolución habíamos heredado medidas migratorias restrictivas, que limitaban sobre todo el reingreso al país de los emigrados e imponían para todos los casos una moratoria de varios años. Durante los preparativos para las mencionadas conferencias de 1994 y 1995 Fidel preguntó en varias ocasiones: “¿cómo se puede lograr mantener el vínculo con aquel que emigre si se le limita el reingreso al país?, ¿cuál es el período de tiempo crítico para influir en que no se rompa el nexo entre el individuo y el país de origen?, ¿cómo se construye una llamada agenda familiar, por encima de las diferencias políticas, que permite la relación del emigrado con Cuba?”.
Pero las preguntas no las hizo solo a asesores y funcionarios subordinados. En los mencionados eventos recibió, saludó e intercambió con todos y cada uno de los participantes interpelándolos sobre estos y otros temas. Una experiencia similar se produciría durante la Tercera Conferencia Nación y Emigración en el 2004, cuando ya el país salía de los momentos más difíciles del llamado Período Especial, pero aún enfrentaba los ataques permanentes del gobierno del George W. Bush relacionados en las recomendaciones de la llamada Comisión de Asistencia para una Cuba Libre.
Y ese punto de inflexión en el tiempo nos sirve para mencionar la manera en la que Fidel concibió la interrelación entre política hacia la emigración (no solo radicada en Estados Unidos) y las acciones de cara a la política anticubana de Washington, temas que siempre han tenido un vínculo intrínseco, pero que al mismo tiempo manifiestan dinámicas independientes.
Si tuviéramos dudas de la impronta de su legado en ese tema, al menos en lo personal nos sirve recordar el testimonio que dejaron muchos emigrados en los libros de condolencia que se abrieron por el mundo con motivo de su fallecimiento. A nuestras embajadas y consulados asistieron hombres y mujeres comunes, pero también algunos que en su momento tuvieron importantes responsabilidades en los planes para derrocar a la Revolución, que fueron sus enemigos declarados en nóminas y discursos, pero que en el momento de su partida vinieron a quitarse el sombrero ante un hombre y una obra excepcionales.
En momentos de la celebración de su centenario, que coincidentemente marcan los veinte años de su salida de las responsabilidades de gobierno y los diez años de su partida física, puede afirmarse que Fidel dejó definidas las bases y los principios fundamentales de lo que debe constituir la política hacia la emigración, en el presente y de cara al futuro.
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