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Conflicto

Ucrania en la geopolítica de Rusia

marzo 21, 2022   0
Artículo publicado en Dossier "Ucrania: Las claves de un conflicto en tiempos de desinformación"

La actual campaña militar rusa en Ucrania constituye un punto crucial en el enfrentamiento entre dos proyectos geopolíticos antagónicos: el atlantista (Washington, Londres y Bruselas) y el ruso. Tras los objetivos de desnazificar y desmilitarizar a Kiev, Rusia se encuentra librando la batalla decisiva contra Occidente para asegurar su existencia como Estado independiente y su rol de gran potencia.

Al mismo tiempo, la agudización del conflicto se corresponde con la crisis del sistema internacional de la post-Guerra Fría y con la maduración de las proyecciones geoestratégicas de Rusia, considerando sus fortalezas y limitantes. El objetivo del presente análisis constituye identificar los principales elementos de la geopolítica de Rusia que inciden en su estrategia hacia Ucrania.

Geopolítica de Rusia

La posición geográfica de Rusia, particularmente la carencia de puertos de aguas templadas, incidió en que se ubicara en la periferia del sistema-mundo capitalista que se desarrolló hacia el occidente de Europa con la colonización del continente americano. Por ello su proyección imperial se dirigió al Este a partir del siglo XVI, hacia la conquista de los kanatos de Asia Central, Siberia y el Lejano Oriente. Ello en influyó considerablemente en que la expansión territorial de Rusia no asumiera los mismos ritmos de modernización que otras potencias europeas, como Gran Bretaña y Francia que canalizaron los recursos de sus colonias para el desarrollo del capitalismo, sino que consolidó al absolutismo zarista como principal impulsor del progreso económico y social.

Al mismo tiempo, su rol periférico se acentuó a través de la inserción en la división internacional del trabajo como proveedor de bienes de bajo valor agregado (materias primas, cereales y luego recursos energéticos) a los Estados del Centro (Kagarlitsky,2008). De hecho, la competencia con Polonia por el mercado europeo de cereales constituyó un factor decisivo para la conquista de Ucrania central por el zarismo ruso. Por otra parte, a partir de la década de 1960, el Estado soviético devino el principal proveedor energético de Europa occidental (Ermolaev, 2017), con el objetivo de obtener divisas con las cuales adquirir maquinarias y tecnología avanzada. De este modo, se transformó gradualmente en uno de los principales productores y exportadores de energía en el mercado mundial.

En el caso de Ucrania, su espacio se mantuvo históricamente ligado a grandes poderes europeos como la Mancomunidad polaco-lituana, los Imperios ruso,[1] austro-húngaro, otomano, la Alemania nazi y la URSS. Este último incidió decisivamente en la actual configuración territorial,  pues incorporó a la ex República Soviética de Ucrania  las Pequeña y Nueva Rusia (Malorrosiya y Novorrossiya respectivamente), las áreas occidentales obtenidas tras la Segunda Guerra Mundial y la península de Crimea.

En las regiones occidentales de Ucrania, particularmente en Galitzia y Volinia, en el siglo XIX surgió un movimiento nacionalista cuyos pilares fundamentales fueron la creación de un Estado independiente y la oposición a Rusia. La movilización del sentimiento antirruso sería utilizado por actores foráneos como estrategia para distanciar a Ucrania de su vecino oriental. Esta situación permite explicar el colaboracionismo de la facción banderista de la Organización de Nacionalistas Ucranianos con los nazis hasta la promoción del extremismo de derecha en la actual coyuntura y la presencia de sus miembros en el gobierno y las fuerzas de seguridad.

La transición al capitalismo en Rusia durante la década 1990 produjo un enorme costo económico y social al país. La élite rusa que surgió de la depredación de las propiedades soviéticas asumió una postura neoliberal para asegurarse el reconocimiento de sus socios occidentales y con ello su participación en la acumulación global de capital. Estos “nuevos ricos” carecieron de un programa político e ideológico que le brindase cohesión al nuevo sistema de relaciones de poder.

Tras una década de transición al capitalismo, las posiciones de este actor en el escenario internacional se debilitaron profundamente, como reflejo de su propia crisis interna y el marcado alineamiento de su política exterior con los intereses de EE.UU. y sus aliados.

En el plano militar, si bien Rusia heredó el arsenal nuclear soviético, sus capacidades militares eran más limitadas que la URSS debido a tres elementos fundamentales: 1) la disolución del Pacto de Varsovia en 1991 que le privó del cinturón estratégico de seguridad compuesto por sus antiguos aliados; 2) las concesiones de desarme y reducción unilaterales realizadas por Gorbachov durante la llamada “neodistensión”,  y 3) el colapso de la URSS y la formación de nuevos ejércitos nacionales en las ex repúblicas soviéticas que se distribuyeron la técnica militar del Ejército Rojo.

Estas tendencias comenzaron a revertirse luego del ascenso a la presidencia de Vladimir Putin en el año 2000 mediante sus reformas al modelo de capitalismo ruso y la reconstrucción del Estado mediante supeditación de los actores económicos a la instancia política. Al mismo tiempo Rusia se benefició de los altos precios de los recursos energéticos, lo que le permitió, entre otras medidas, reformar sus estructuras de seguridad.

En el plano de la política exterior, hasta 2004 Rusia desarrolló un marcado alineamiento táctico con las posiciones del centro capitalista. Sin embargo,  existieron puntos de inflexión que determinaron  el viraje de Rusia hacia posiciones cada vez más independientes. Entre los principales se encuentran la retirada de EE.UU. del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) en 2002;[2] la invasión estadounidense a Irak en 2003; el apoyo de Washington al separatismo checheno y a “las revoluciones de colores” en el espacio postsoviético Revolución de las Rosas en Georgia (2003), Revolución Naranja en Ucrania (2004) y Revolución de los Tulipanes en Kirguistán (2005).

La Revolución Naranja afectó decisivamente el estado de las relaciones de Rusia con Occidente. A pesar de que desde finales de la década de 1990 existían contradicciones con respecto al espacio postsoviético,[3] la retórica de la administración Bush acerca de la “defensa de la democracia” se trasladó a la región mediante las revoluciones de colores que perjudicaban los intereses de Moscú. A ello se sumó el interés norteamericano que Georgia y Ucrania ingresaran en la OTAN. Asimismo, en 2004 la alianza atlántica y la Unión Europea (UE)[4] incorporaron nuevos miembros, lo que activó las alarmas de las autoridades de Moscú.

En este contexto, la administración de Putin comprendió la necesidad de asumir una Nueva Idea Rusa,[5] como componente ideológico nacional que asegurara la estabilidad del país. Esta se basa en los los siguientes componentes:

  • Nacionalismo: Resalta la identidad nacional cuyas bases son la etnia eslava, el idioma ruso y los valores morales del cristianismo ortodoxo.
  • Religión: La doctrina de la Iglesia Ortodoxa, la misión sagrada de Rusia (mesianismo ruso), el autorreconocimiento como la tercera Roma (s. XVI) y la Nueva Jerusalén. Desde esta perspectiva, Rusia debe defender su legado espiritual ante las sociedades occidentales, lo que se manifiesta, por ejemplo, en la actitud de Moscú sobre no aceptar la ideología de género por considerar que erosiona los fundamentos de la familia. 
  • Geopolítica rusa: Mantenimiento de la integridad territorial del país y de la influencia en el espacio postsoviético, considerado el Extranjero Cercano. Rusia debe participar activamente como una potencia mundial y ser reconocida como tal. Aplicación del pragmatismo político mediante la fórmula “Rusia no tienen enemigos permanentes, pero sí intereses permanentes”.[6]
  • Eurasianismo: Rechazo al liberalismo occidental, defiende la necesidad de un Estado fuerte alineado con la Iglesia ortodoxa rusa y sus valores. Sus principales exponentes son Nikolai Danilevski (1822-1855), y el neoeurasianista Aleksandr Dugin[7] (1962- presente) que lo defiende como alternativa al globalismo atlantista de EE.UU.
  • La percepción de fortaleza asediada: Apreciación de que gran parte del mundo exterior, y en particular Occidente, mantiene proyecciones hostiles contra Rusia. Históricamente esta valoración de inseguridad está asociada con las constantes incursiones enemigas al territorio nacional o próximo a este, desde los varegos, tártaro-mongoles hasta las invasiones napoleónicas y nazi, así como la expansión de la OTAN en la zona de amortiguación tras la disolución del Pacto de Varsovia. En consecuencia, el Estado debe dirigirse ante todo a contrarrestar esas amenazas tanto en el plano interno como externo, fundamentalmente a través de sus capacidades militares.[8]
  • La crítica a Occidente: Término acuñado por Danilevski (del ruso западофобии), refleja la desconfianza hacia el Occidente histórico. El propio nombre, traducido literalmente como “occidentalofobia” es algo arbitrario, ya que no evalúa la fobia en sí, sino el grado de crítica. Sobre este último aspecto existen estudios[9] que indican que la mayoría de la población rechaza las proyecciones de este bloque hacia Rusia.

Asimismo, la incapacidad del modelo de democracia liberal de Occidente para responder a los desafíos de la sociedad rusa en transición determinó la necesidad de encausar el desarrollo del país por otra vía: la democracia soberana. Su creador, Vladislav Surkov, ideólogo principal del putinismo,[10] la define como “una forma de vida política de la sociedad en la que sus poderes, sus instituciones y acciones se eligen, se forman y se dirigen exclusivamente por la nación rusa, en toda su diversidad e integridad, teniendo como fin que todos los ciudadanos, grupos sociales y pueblos que la constituyen alcancen el bienestar material, la libertad y la justicia” (Surkov, 2016).

Esta conceptualización sostiene un Estado fuerte, la subordinación de las instituciones políticas (gobierno, parlamento, poder judicial) y el sistema de medios de comunicación para asegurar la estabilidad del nuevo régimen. Por tanto, la implementación de la política estatal asume una estructura vertical en cuya máxima jerarquía se ubica el Poder Ejecutivo (Presidente).

El punto más álgido de la lógica defensiva-confrontacionista con Occidente ocurrió en la Conferencia sobre Política de Seguridad de Múnich en febrero de 2007, cuando Putin pronunció un discurso que cuestionó la hegemonía de EE.UU. Además, criticó la expansión de la OTAN al este europeo y las pretensiones de establecer el sistema de defensa antimisil Sobre este último aspecto, Putin enfatizó en que Rusia elaboraría respuestas asimétricas a partir del desarrollo de nuevas armas para contrarrestar las alteraciones del equilibrio estratégico.

Ucrania en el proyecto geopolítico atlantista

La conceptualización de Ucrania como un ente hostil a Rusia por la élite euroatlántica se incrementó desde la independencia formal en 1991 tras la disolución de la URSS. Al igual que en Rusia, la transición al capitalismo estuvo acompañada por la “solidaridad” norteamericana a través de asesores del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para consolidar la dependencia hacia el Centro.

A diferencia de Rusia, en Ucrania no existió un “fenómeno Putin” que cohesionara a las élites bajo un proyecto de desarrollo nacional. En su lugar, los oligarcas procedieron a repartirse las riquezas estatales por sectores, de modo que el sistema padeció de una corrupción e inestabilidad crónicas. Al mismo tiempo, la élite aprovechó las contradicciones entre Occidente y Rusia para beneficiarse de ambos bandos.

Para Rusia la importancia geoestratégica de Ucrania se basa fundamentalmente en la presencia de minorías rusoparlantes, así como la condición del país como corredor energético de los oleoductos y gasoductos rusos hacia Europa.  Este primer elemento resulta fundamental pues Moscú se considera el garante de los derechos de las minorías rusas en espacio postsoviético, lo que le posibilita intervenir directamente para garantizar su seguridad (doctrina Karaganov).[11]

Previo al estallido de las protestas de la plaza Maidán, motivadas por la negativa del presidente Yanukovich a aceptar el acuerdo comercial con la UE, Rusia había propuesto sumarse a las negociaciones, de modo que en un marco trilateral (Bruselas-Kiev-Moscú) se garantizaran condiciones aceptables para todos. El tratado propuesto por los europeos dañaba abiertamente los intereses de las compañías rusas, y la negativa a sumar al Kremlin a las negociaciones incidió en las presiones sobre Yanukovich a desechar el pacto.

La escalada de violencia que prosiguió a las protestas combinadas con las pretensiones de las nuevas autoridades de integrarse a la OTAN motivaron la decisiva actuación rusa en Crimea para asegurarla permanencia de la Flota del Mar Negro y el referéndum popular sobre la anexión de la península a la Federación.

Por otra parte, la crisis ucraniana revitaliza la teoría geopolítica de Halford Mackinder (1904) sobre la gran guerra continental, es decir, el enfrentamiento entre la civilización del Mar (Occidente) y la civilización de la Tierra (Rusia) por ocupar el núcleo geográfico euroasiático (Heartland) y así dominar la Isla Continental.

Mackinder, quien se desempeñó como Gran Comisionado de la Triple Entente[12] en Ucrania durante la Guerra Civil rusa (1917-1921) abogó por la creación de un cordón sanitario en Europa del Este (incluida Ucrania) bajo el dominio estratégico de Gran Bretaña y Francia para evitar el fortalecimiento de Rusia y Alemania (rival tradicional de los británicos), así como el alineamiento de ambas. De este modo, se proponía contener a Rusia de la Europa continental y asegurar su debilitamiento.[13]

Sobre esta base, Z. Brzezinski expuso en El Gran Tablero Mundial la necesidad de desmembrar a Rusia, transformando Ucrania, como parte del cordón sanitario de Mackinder, en un puesto de avanzada del atlantismo e implantar el nacionalismo rusófobo como ideología principal. Esto último permite comprender la articulación de los elementos de extrema derecha ucraniana (neonazis) en las estructuras de seguridad, pues si bien no poseen una representación marginal en el parlamento y gobierno, constituyen una fuerza de choque contra opositores y elementos pro-rusos.

Otro factor a considerar en la geoestrategia euroatlántica es el provocar el enrarecimiento de los vínculos entre Alemania y Rusia. Es notable como EE.UU. contribuyó a detener el proyecto del Nord Stream 2 que contribuiría a elevar los lazos entre Berlín y Moscú. Aunque persisten otras causas como la intensificación de la competencia por abastecer el mercado de energético europeo, luego de que la nación norteamericana se transformara en un exportador neto de gas natural durante 2019-2020, la estrategia de Washington incluye debilitar a Rusia y alejarla lo más posible de otros poderes regionales.

Consideraciones finales

La actual escalada del conflicto ucraniano constituye un punto de inflexión en el enfrentamiento entre la alianza euroatlántica y Moscú, que determinará la conformación de un nuevo orden internacional. En este contexto, los elementos que integran sus proyectos geopolíticos resultan claves para comprender el rol de Ucrania en la agenda de cada actor.

Las proyecciones de Rusia se fundamentan en la denominada Nueva Idea Rusa, que engloba el nacionalismo, el cristianismo ortodoxo, la geopolítica, la percepción de fortaleza asediada, el Eurasianismo y la crítica a Occidente.  Incluye además el modelo de democracia soberana conceptualizado para Rusia y la verticalidad del poder político. En el espacio postsoviético asume  la doctrina  Karaganov sobre la defensa de los nacionales y minorías rusas; mientras que en el plano de seguridad promueve la doctrina Gerasimov referida a la articulación de los medios no militares en los conflictos.

Por otra parte, el proyecto atlantista se construye en la expansión de la hegemonía de Occidente y el debilitamiento de Rusia, para lo cual debe ser privada de sus vínculos con Ucrania. En este sentido, Washington y Bruselas han promovido el nacionalismo rusófobo mediante el rearme de Ucrania, la colaboración con elementos de extrema derecha (neonazis) y sus aspiraciones de adherirse a la OTAN.

Si bien Rusia inicialmente intentó posicionarse como colaborador de Occidente tras el fin de la Guerra Fría, la penetración del espacio postsoviético y las alteraciones a la paridad estratégica en detrimento de Moscú determinaron la adopción de una postura independiente. En este contexto, la creación de una Ucrania antirrusa resulta una opción que no puede permitirse Moscú.

Bibliografía consultada

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[1] La relación entre Rusia y Ucrania posee un carácter especial basado en los lazos histórico-culturales que datan de la creación del primer gran Estado eslavo, la Rus de Kiev, en el siglo IX y la adopción del cristianismo ortodoxo. Asimismo, el Imperio ruso ocupó gradualmente la mayor parte de la región a través de enfrentamientos contra polaco-lituanos y otomanos.

[2]El Tratado sobre Misiles Antibalísticos o Tratado ABM fue firmado en 1972 entre Estados Unidos y la Unión Soviética para limitar el número de sistemas de misiles antibalísticos (ABM) utilizados para defender ciertos lugares contra misiles con carga nuclear.

[3] EE.UU. apoyó la asociación de las ex repúblicas soviéticas de modo que disminuyera la influencia de Rusia en este espacio. Tal es el caso del grupo GUAM formado por Georgia, Ucrania, Azerbaiyán y Moldavia en 1997, al que se sumó Uzbekistán en 1999 pero se retiró en 2005.

[4]En ese año se adhieren a la OTAN: Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Croacia y Albania. Se integran a la UE: Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, Rumanía y Croacia.

[5] El término original de Idea Rusa hace referencia al “plan de Dios para Rusia” y fue empleado por primera vez el escritor Fiódor Dostoievski en 1860.

[6] Originalmente esta tesis fue enunciada por el primer ministro del Reino Unido, Lord Palmerston (1784-1865), en referencia a su propio país.

[7] Una síntesis de la teoría de Dugin se encuentra en https://www.geopolitica.ru/es/article/la-idea-de-eurasia-el-eurasianismo-como-camino-hacia-una-multipolaridad-real.

[8] La ausencia de aliados permanentes en la historia rusa se popularizó frase del zar Alexandr III “Rusia solo tiene dos aliados: el Ejército y la Marina”.

[9] El 7 de mayo de 2007, el portal REGNUM publicó la “Calificación de la fobia a Occidente; medios de comunicación rusos”, de los autores Konstantin Belousov y Natalia Zelyanskaya. En general, “las actitudes hacia las propuestas de Occidente en Rusia son negativas. Al mismo tiempo, se constata la extrema incorrección de las declaraciones relativas a Occidente y, al mismo tiempo, la extrema moderación en las críticas a las acciones, incluso evidentemente erróneas, de las autoridades rusas”. Véase Рейтингзападофобиироссийских СМИ, Recuperado de https://www.sova-center.ru/hate-speech/discussions/2007/05/d10799/.

[10] Surkov es además responsable de la creación de Nashi, organización juvenil del partido Rusia Unida. Véase Pomerantsev (2014).

[11] Serguei Karaganov es una figura influyente en la política exterior de Rusia. Actualmente dirige el Consejo sobre Política Exterior y de Defensa y se desempeña como decano de la Facultad de Economía Mundial y Asuntos Exteriores en la Escuela Superior de Economía de Moscú. Su obra se encuentra disponible en su sitio web personal, véase http://karaganov.ru/publications.

[12] Conformada por Gran Bretaña Francia y Rusia (hasta la Revolución Socialista de Octubre de 1917) se enfrentó contra la Triple Alianza de Alemania, Austria-Hungría e Italia durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

[13] Posteriormente, Nicolás Spykman reinterpretó las tesis de su antecesor de modo que el objetivo principal a controlar resultaba las tierras costeras (Rimland) debido a su naturaleza dual, o sea, conectar con el Heartland al mismo tiempo que se encuentra abierta a los mares exteriores.


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