Cargando...

Biden

Estados Unidos – Cuba: un paso adelante y tres pasos atrás. La agresión continúa

marzo 31, 2022   0
eeuu-cuba

Crédito: Osvaldo Gutiérrez Gómez

Introducción

En una entrevista concedida al editor del New Yorker, David Remnick a principios del 2014, el presidente Obama reflexionó sobre su lugar en la historia, diciendo: «Creo que hemos nacido en este mundo y heredamos todos los rencores, rivalidades, odios y pecados del pasado»[1].

Han pasado ocho años desde que los presidentes Barack Obama y Raúl Castro  anunciaran, de manera simultánea, el  inicio de las negociaciones para el  restablecimiento de las relaciones diplomáticas y Cuba expresara su  disposición a sostener, con el gobierno de los Estados Unidos, un diálogo respetuoso basado en la igualdad soberana para tratar los más diversos temas de forma recíproca, sin menoscabo a la independencia nacional y la autodeterminación de nuestro pueblo, además de acordarse adoptar medidas mutuas para mejorar el clima bilateral y avanzar hacia la probable normalización de los vínculos entre los dos países.

El presidente Obama llego aún más lejos que sus antecesores, visitó Cuba, algo que no sucedía desde principios del siglo XX, sostuvo un intercambio oficial con su contraparte, tuvo un intenso programa visitó algunos lugares de interés e incluso se reunió con un sector de jóvenes emprendedores privados. Esas acciones iluminaron y acrecentaron las esperanzas de algunos y otros no dejaron de esconder su emoción al considerar que el fin del Bloqueo criminal de EEUU hacia Cuba estaba llegando al final.

En el 2017 un magnate ególatra y racista llamado Donald Trump, asume la presidencia del país norteño predicando un unilateralismo con altos niveles de incompetencia e iniciando así la época de retroceso en la política exterior de Washington. Durante la administración de Donald Trump todo lo avanzado en esta línea sufrió un franco deterioro e introdujo, además, una dinámica nueva que trajo consigo profundas afectaciones a las relaciones bilaterales entre ambos países, que se mantienen aún con la administración Biden a pesar de todas las predicciones preelectorales.

El presente trabajo persigue el objetivo de señalar en apretada síntesis un balance sobre las acciones de EEUU hacia la mayor de las Antillas, después del inicio del proceso de “normalización “promovido por la administración demócrata de Barack Obama-Josep Biden.  

Las dinámicas de la administración de Barack Obama (2009-2017). Antecedentes necesarios.

Desde que Obama asumió la presidencia de la nación, realizó enormes esfuerzos dirigidos a la renovación del liderazgo y fortalecimiento de la hegemonía de los Estados Unidos. En consecuencia, aplico los instrumentos del poderío nacional en función de lograr el dominio del “espectro completo” afianzando el uso del poder inteligente en la política exterior y de seguridad, para la consolidación de sus intereses en la región y a escala planetaria.

En noviembre de 2007, cuando era candidato presidencial planteó: “(…) Si yo llego a ser el rostro visible de la política exterior y el poder en EE.UU. tomaré las decisiones estratégicas con prudencia y manejaré las crisis, emergencias y oportunidades en el mundo, de manera sobria e inteligente” (Obama, New York Times, 2007).

Los acontecimientos posteriores mostraron cuán difícil le fue tomar “decisiones sobrias e inteligentes”. Desde su inicio, tuvo que lidiar con la crisis de credibilidad de la diplomacia y del estamento militar, fundamentalmente derivada de las guerras inconclusas y fracasadas en el Medio Oriente además de la creciente posición contestataria de países latinoamericanos y caribeños que impusieron desafíos a su política exterior.

Hillary Clinton, en un discurso pronunciado en la Audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado para ocupar el cargo de secretaria de Estado expresó que “Debemos usar lo que se ha dado a conocer como poder inteligente, el cual propone escoger la herramienta adecuada, o una combinación de ellas para cada situación, a partir de la gama completa de instrumentos a nuestra disposición: diplomáticos, económicos, militares, políticos, legales y culturales” (Clinton, 2009).

Figuras prominentes del establishment político-militar influenciaron de manera notable en la conformación de políticas hacia diversas regiones del mundo destacándose, entre ellos: Joseph Nye, Jr., con sus clásicas proyecciones estratégicas al exponer los conceptos del “poder blando” y de “poder inteligente”; Zbigniew Brzezinski argumentando la importancia de los factores ideológicos y culturales en la estructura del poder global actual y alertando sobre el surgimiento de lo que identificó como un “despertar político global” y el reto que ello representa para el poderío imperial norteamericano[2]; y Robert Gates, que fungió como Secretario de Defensa de la Administración de George Bush y continuó ocupando el cargo hasta el 2010, constituyendo uno  de los principales arquitectos del actual sistema de seguridad, reflejando la importancia que Obama le presto al tema de seguridad nacional.

Las acciones emprendidas con ese objetivo jamás pretendieron cambiar la dinámica militarista, que la nación norteña, ha mantenido a lo largo de la historia. La posición de Washington, en lo que se refiere al uso de la fuerza, no ha alterado un ápice su voluntad de hacer uso de ella, de forma unilateral, en caso de que lo consideren necesario. El propio presidente no tuvo el menor reparo al expresar de manera diáfana y clara la proyección de su administración, al recibir el premio Nobel de la Paz “Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país” (Obama, 2009).

Es evidente que todas las acciones y capacidades de EE.UU. para consolidar su liderazgo a nivel mundial, y en particular en la región de América Latina y el Caribe, han incidido negativamente en Cuba, debido a su postura agresiva y hostil enmarcada, además, en el contexto del conflicto histórico que ha caracterizado las “relaciones” entre ambas naciones, que tuvo su punto más álgido  en el proceso iniciado en diciembre de 2014 con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y que muchos avizoraron como el inicio del camino hacia la “normalización de relaciones” entre ambos países.

Aunque no se llegó al punto de resolver los problemas esenciales del conflicto bilateral ni se avanzó lo suficiente para garantizar la irreversibilidad del proceso, sus resultados y su proyección plantearon un escenario inédito en las relaciones de Washington con La Habana que tuvo un impacto positivo en América Latina y el Caribe.

En la mayoría de los casos, las posiciones soberanas de Cuba fueron percibidas como una amenaza, y en ocasiones relacionadas con las de otros actores globales, como China y Rusia, que constituyen los principales adversarios de EE.UU.

La combinación de instrumentos utilizados contra la Isla estuvo centrada en la idea de potenciar los más seductores del poder suave, incluida la diplomacia en su amplio espectro, en contraposición a la fallida política de aislamiento y hostilidad que caracterizó a la misma después del triunfo revolucionario de enero de 1959.

La administración Obama, después del establecimiento de relaciones diplomáticas, por lo menos públicamente, mantuvo la estrategia de “renunciar” a la idea de propiciar, desde el exterior, una modificación brusca y caótica del sistema cubano a cambio de otra, más sutil y a largo plazo, que alentara una metamorfosis gradual hacia el capitalismo, aprovechando las transformaciones necesarias que se vienen aplicando hacia el interior de la nación cubana, por lo que sus direcciones fundamentales se proyectaron en aumentar la influencia de Estados Unidos sobre la sociedad, así como priorizar la negociación sobre la confrontación, en las disputas entre los dos países.

La aceptación pública por parte del presidente Obama de que la política de extrema hostilidad aplicada por Estados Unidos hacia Cuba había fracasado en alcanzar sus objetivos, sirvió de eje articulador para el diseño de una nueva aproximación al caso cubano, el cual, sin renunciar al propósito estratégico de   cambiar el régimen, se planteaba nuevos métodos para lograrlo (White House, 2014). Como dijera el propio presidente Obama: “Los cambios en Cuba no ocurrirán de la noche a la mañana, pero estoy seguro que la apertura, no la coerción, apoyará las reformas y una vida mejor para el pueblo cubano” (Obama, 2015a).

Charles Kupchan sitúa esa postura como parte de una racionalidad en que transformar “enemigos en amigos” se torna una apuesta más segura que la confrontación y el aislamiento, “colocando la agenda de democratización en segundo plano y basando la diplomacia de EE.UU. con relación a otros Estados en su comportamiento externo, no en su tipo de régimen. Inclusive regímenes represivos pueden ser confiablemente cooperativos cuando se trata de su conducción de la política exterior” (Kupchan, 2010).

Fiel a sus palabras los programas de asistencia a la “democracia” en Cuba continuaron siendo objeto de revisiones y ajustes, durante su mandato, pero no para eliminarlos, sino para perfeccionarlos y hacerlos más efectivos. Este proceso de revisión y ajuste nuevamente cobró fuerza con la detención y posterior enjuiciamiento en La Habana del ciudadano estadounidense Alan P. Gross, un subcontratista de la USAID que viajó a Cuba a través de la empresa estadounidense Development Alternatives, Inc. para distribuir equipos de comunicación satelital y organizar una red ilegal de transmisión de datos desde territorio cubano.

La detención de Alan P. Gross generó nuevas solicitudes del Congreso de Estados Unidos para revisar el Programa Cuba de la USAID, provocó inicialmente la retención de los fondos destinados al mismo y paralizó de manera temporal los viajes realizados a la Isla por ciudadanos estadounidenses y de terceros países para introducir materiales, medios y financiamiento destinados a la ejecución de acciones de desestabilización interna, como hizo Gross.

La nueva política recibió muestras de apoyo en todo el mundo, particularmente de los gobiernos de América Latina y el Caribe, los cuales celebraron la presencia cubana en la Cumbre de las Américas de Panamá en 2015, otros acontecimientos importantes como  La visita del papa Francisco a Cuba, el encuentro de los líderes, de las iglesias Ortodoxas y católicas, la firma del proceso de paz entre el gobierno de Colombia y la FARC-EP y la decisión de la Unión Europea de distanciarse de la llamada “Posición Común” y adoptar un nuevo acuerdo de colaboración con Cuba fue un espaldarazo internacional a los acuerdos.

Durante este período “eufórico”, para algunos, no disminuyeron ni un ápice las agresiones contra nuestro país, el cual fue objeto de la aplicación del poder inteligente, vinculado con todo el arsenal que preconiza la “guerra de cuarta generación” al vincular una interacción con la tecnología y la informática  a través de estrategias comunicacionales,  con la canalización, de fondos a opositores y a otros sectores para promover la exacerbación de contradicciones sociales, la contraposición entre “pueblo” y “gobierno de Cuba” favoreciendo la creación de un clima de inestabilidad y descontento en el seno de la sociedad con la esperanza de inducir el cansancio y agobio de la vida cotidiana, a través de fuertes campañas mediáticas.

No por gusto fueron las telecomunicaciones la única área en la que Obama aprobó la posibilidad de inversiones en Cuba a la vez que se destinaba un alto por ciento de más de 20 millones anuales con fines subversivos y desestabilizadores en el ciberespacio, dirigidos a abrir sitios digitales y blogs dedicados y calculados particularmente hacia Cuba.

Fueron ampliamente conocidos y denunciados, programas como Zunzuneo[3], Piramideo[4], e incluso parte de esos fondos se destinaron al otorgamiento de becas y viajes para jóvenes periodistas con “seductores propósitos” y el pago a la ciber disidencia.     

De otro lado, el uso o amenaza del uso de la fuerza se reafirmó en la postura de defensa del Comando Sur y en la Estrategia Marítima del 2015, documentos que abogan por mantener la presencia militar, en el territorio ilegalmente ocupado, de la Base Naval norteamericana de Guantánamo “para apoyar operaciones militares conjuntas o combinadas y ampliar los esfuerzos inter-agenciales, así como para desarrollar la cooperación y la seguridad regional”[5].

Al paso de los años se ha demostrado que el liderazgo estadounidense proyectado por Obama se presentó como el resultado necesario de una adecuación realista entre objetivos y recursos nacionales disponibles, contemplando la búsqueda pragmática de alianzas con gobiernos en que se vislumbraba una disposición al diálogo. Lo original en el caso de Obama fue su integralidad, así como su voluntad de superar, siempre que fuese considerado necesario, las dificultades que antaño habían constituido un obstáculo insalvable en las negociaciones entre los dos países. La novedad por la parte cubana fue invertir la lógica del proceso y aceptar el restablecimiento de relaciones antes de que fuese eliminado el criminal bloqueo al que ha estado sometido el país durante más de 60 años.

Aunque mediante decisiones ejecutivas que implicaron varios paquetes de medidas, el gobierno de Obama llevó a cabo reformas a las regulaciones vigentes permitiendo el avance en ciertos aspectos de las relaciones económicas; la complejidad y limitaciones de ambas partes para actuar bajo las leyes del bloqueo impidió consolidar un entorno económico que blindara, hasta hacer en la práctica irreversible, el proceso de mejoramiento de relaciones entre los dos países.

Las medidas aprobadas en este campo mostraron el claro interés estadounidense de potenciar al sector privado, facilitar los flujos de información hacia Cuba, así como satisfacer necesidades de interés nacional de Estados Unidos.

Casi al final del mandato de la mencionada administración, fue aprobado un paquete de medidas cuyo aspecto más relevante fue la autorización para la colaboración científica en el campo de la medicina, así como la venta en Estados Unidos de medicamentos cubanos previamente aprobados por la Comisión Federal de Medicamentos (FDA).    

Realmente en dos años de relaciones diplomáticas (2015-2017) ambas partes reconocieron avances en las relaciones mutuas, el embajador cubano en ese momento, en los Estados Unidos, lo dejó esbozado muy claramente cuando expresó: “Cuatro líneas de crucero tienen permiso otorgados para realizar recorridos a distintos puertos cubano (…) Se han concluido 23 acuerdos comerciales y varios más a punto de finalizarse. Se han mantenido relaciones con 25 asociaciones especialmente con la Cámara de Comercio de los Estados Unidos” (Cabañas, 2017).    

Donald Trump y la dinámica del retroceso

La llegada a la Casa Blanca de la administración presidida por el magnate Donald Trump (2017-2020) marcó un evidente retroceso de la política de acercamiento hacia Cuba desarrollada por la administración anterior. Las señales respecto a la política que adoptaría el recién estrenado presidente frente al denominado proceso de normalización de relaciones con Cuba se tornaron muy negativas agresivas a pesar que como candidato presidencial, había tenido expresiones  contradictorias : a veces, estar de acuerdo con la nueva política de Obama, otras que procuraría obtener un mejor acuerdo, y otras, en busca del apoyo del sector más reaccionario del exilio cubano, que la revertiría íntegramente si Cuba no cumple con sus demandas.

Activistas de la extrema derecha cubanoamericana fueron nombrados en el equipo de transición y se produjeron insultantes declaraciones del propio Trump e importantes funcionarios de su equipo, a raíz de la muerte del comandante en jefe Fidel Castro, líder indiscutible de la Revolución cubana.

El nuevo presidente comenzó a hablar de una “revisión integral” de la política hacia Cuba, en parte por su “aparente” obsesión de revertir el legado del primer presidente negro en la historia de los EEUU, pero sobre todo para satisfacer los reclamos de los congresistas cubanoamericanos, a los cuales prácticamente entregó la política hacia Cuba, a cambio de su apoyo en el Congreso adoptando el mismo lenguaje irrespetuoso y agresivo de épocas anteriores.

Aunque inicialmente pudo pensarse que las acciones contra Cuba eran el fruto de gestos demagógicos o la ignorancia del presidente, con escaso respaldo del cuerpo gubernamental que pudiera influir en su moderación, cualquiera sea el nivel de consenso alcanzado, ha asumido un carácter oficial y estratégico, en la medida en que sus objetivos aparecieron planteados en la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2017 (CB, 2017), así como fueron expresados en sus intervenciones ante el Congreso. En ambos casos se denigra al Estado cubano y se plantea por las claras el objetivo de subvertir el gobierno del país, así como la política de sumar a otros estados latinoamericanos en este empeño.

La creación en su departamento de una Fuerza de Tarea para subvertir el orden cubano mediante el uso de Internet y las declaraciones previas o durante a su viaje por varios países de América Latina, confirman esta afirmación.

El 16 de junio de 2017, en el teatro Manuel Artime de Miami, rodeado de la más rancia extrema derecha cubanoamericana y con principal destaque para el senador Marco Rubio (presidente del Subcomité de Relaciones Exteriores para el Hemisferio Occidental del Senado y miembro activo del Comité de Inteligencia de esa misma cámara) y el representante Mario Díaz Balart (miembro clave del comité de asignaciones del congreso), el presidente Trump anunció el “endurecimiento” de la política hacia, derogó la Directiva Presidencial de Obama hacia Cuba (PPD-43) y dio a conocer su reemplazo por el “Memorando de Seguridad Nacional sobre el fortalecimiento de la política de Estados Unidos hacia Cuba”.

Indicó nuevas medidas punitivas contra Cuba, las cuales finalmente fueron puestas en vigor en septiembre de ese propio año, mediante directivas de los departamentos del Tesoro (OFAC, 2017) y el Comercio (DC, 2017), consistentes en prohibir las transacciones directas con empresas cubanas que estuviesen bajo el control de las FAR y el MININT, así como eliminar la licencia general para viajes individuales, contenida en la categoría pueblo-pueblo, que había sido aprobada por Obama al final de su mandato.

Al respecto, el canciller cubano señalo en Conferencia de prensa en Viena: “No será una Directiva Presidencial de Estados Unidos la que pueda torcer el rumbo soberano de Cuba, como no pudieron hacerlo más de 50 años de agresiones, terrorismo de Estado, bloqueo, guerra mediática y subversión.  Hemos pasado por todo, nuestro pueblo ha pasado ya por todo y ha corrido todos los riesgos, ¿con qué podrían amenazarnos hoy que no hayan hecho ya antes y fracasado?”[6]

Las relaciones rápidamente comenzaron a tensarse y llegaron a su clímax cuando inventaron los supuestos “ataques sónicos” contra sus diplomáticos destacados en su embajada en La Habana lo que desató una amplia campaña internacional, que finalmente sirvió de excusa para la retirada de buena parte del personal de su embajada, así como el regreso forzoso de una parte de nuestros diplomáticos cubanos en Washington.

La consecuencia principal fue limitar el funcionamiento de ambas sedes, a niveles inéditos, desde que fueron abiertas las secciones de intereses en 1977. La solución al origen de los supuestos “ataques” no ha aparecido por la falta de transparencia e interés de la parte estadounidense, a pesar de la manifiesta voluntad explicita cubana de cooperar en las investigaciones que permitan una solución positiva a ese engorroso asunto.

Los temas de seguridad, por su carácter estratégico y en los cuales se apreciaba un franco desarrollo para ambos países llegaron a un nivel muy bajo. Por esa razón en abril del 2017 un grupo de militares retirados, de alto rango, enviaron una misiva al entonces asesor de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump, H.R. McMaster, donde le aconsejaban continuar el camino hacia la normalización de las relaciones con Cuba.

En la misiva (organizada por el Proyecto de Seguridad de Estados Unidos) se afirma que los nexos con la isla permitirán fortalecer los intereses de seguridad nacional y estabilidad en la región y llamaban a la Casa Blanca a dar prioridad a la seguridad nacional estadounidense en los vínculos entre los dos países. “La ubicación de Cuba en el Caribe y la proximidad a nuestra nación”, sostuvieron, “la convierten en un socio natural y estratégicamente valioso en temas de preocupación inmediata”.

Entre esos asuntos incluyeron el terrorismo, el control fronterizo, la lucha contra las drogas, la protección ambiental y la preparación para emergencias. “De hecho, en los últimos dos años se han logrado progresos sustanciales en estos y otros ámbitos, dando como resultado 22 acuerdos entre los Estados Unidos y Cuba. Debemos continuar y ampliar esos esfuerzos”. Uno de los participantes, el general de brigada retirado Dave McGinnis, apuntó que era hora de dejar de ver a Cuba como una amenaza y empezar a mirar las oportunidades de los nexos.

Como era de esperar la administración hizo caso omiso a la mencionada misiva y arrecio las agresiones haca la mayor de las Antillas: fueron eliminadas la licencia general para los viajes individuales dentro de la categoría de actividades educacionales; en el 2018 John Bolton, para entonces asesor de Seguridad Nacional, en discurso “casualmente” en la ciudad de Miami, prometió una política exterior más dura hacia Cuba, Nicaragua y Venezuela calificando, a esos países, como “troika del terror”.

El mencionado asesor en varias ocasiones expreso, falseando la realidad, que Cuba mantenía “alrededor de 20 000 soldados en Venezuela”. Esa mentira ha sido repetida sin un ápice de vergüenza por los más altos personeros del Gobierno yanqui, e incluso llegaron a prometer con marcado cinismo la posibilidad de una nueva apertura si “sacamos las manos de Caracas”.

La realidad aplastante es la existencia de 20 000 colaboradores de la salud, esos aguerridos y valerosos representantes constituyen nuestras tropas en Venezuela: las que garantizan la vida y la paz. Militamos en el bando de los que fundan y aman[7].

en el 2019 anunciaron una medida con efectos extraterritoriales con la activación del Título III de la Ley Helms Burton que permite a nacionales estadounidenses demandar a quienes “trafiquen” con propiedades supuestamente norteamericanas, en el país antillano.

Esta Ley, aunque no tiene efectos legales en Cuba sí desestimulaba a las empresas extranjeras a invertir en el país.

El año 2020 comenzó un período de crisis sanitaria a nivel mundial con la aparición de una pandemia, Covid-19, que enlutó a gran parte de la humanidad, demostrando la incapacidad de los servicios de salud a escala planetaria para enfrentarla. En este contexto, se agudizó drásticamente la hostilidad de Washington hacia La Habana al calumniar las acciones solidarias de nuestro país y amenazar a varios países para que no aceptaran nuestra ayuda desinteresada. Tres senadores, a la cabeza de los cuales estaba el ya clásico, Marcos Rubio, presentaron un proyecto de Ley para castigar a los países que aceptasen la colaboración cubana y para impedir la entrada de ingresos que se recibieran por la colaboración.

En la línea de agresiones eliminaron de todos los vuelos Chárter con destino Cuba e impidieron que la empresa china Alibaba enviara una donación consistente en insumos médicos destinados al combate  de la Covid-19, obstaculizaron la compra de ventiladores clínicos e incluso tuvo lugar el ametrallamiento de la sede diplomática cubana en la capital norteña, acto terrorista violatorio de las la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, en lo que respecta a la protección de la integridad de los agentes diplomáticos acreditados en el país y sus familiares, sea del país que sea. Para dar un toque de desprecio a esas normas, el ataque no ha sido condenado, ni se ha iniciado investigación alguna por las autoridades estadounidenses hasta la fecha.

En el último año de la presidencia de Trump eliminaron la posibilidad de el envío de remesas a Cuba con el cierre de operaciones de la empresa Western Unión. El odio visceral llegó a límites inconcebibles cuando el entonces Secretario de Estado, Mike Pompeo, a nueve días de la llegada a la presidencia de Joe Biden, dio a conocer la decisión del presidente Trump de incluir a Cuba en la espuria lista de países patrocinadores del terrorismo[8] por el supuesto e imaginario apoyo de la Isla al terrorismo en el hemisferio occidental al acusarnos del “apoyo” al gobierno venezolano encabezado por Nicolás Maduro.

Aunque las relaciones oficialmente se mantienen, pues las respectivas embajadas siguen “abiertas”, las medidas adoptadas, con el objetivo de ahogar el proceso revolucionario cubano, no han logrado tales objetivos. No obstante, al menos al inicio, el proceso de normalización continúo desarrollándose mediante conversaciones periódicas entre las dos partes y Trump no lo impidió. Ni uno solo de los logros o avances fueron revertidos o detenidos. La presencia de diplomáticos cubanos acreditados en la embajada en Washington en la ceremonia de toma de posesión presidencial, fue vista por algunos analistas como una señal positiva.

Muy poco tiempo duro el periodo de “incertidumbre” en relación con Cuba, atizado por la mafia anticubana y antipatriótica conformada por los cubano-estadunidenses de Miami, el magnate neoyorquino se mantuvo en la vieja y enfermiza obsesión que frustró a once sucesivas administraciones de la Casa Blanca, de Dwight Eisenhower a Obama, pasando por Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo.

Biden tras los pasos de Trump. Continúa el retroceso

La elección de Joe Biden y Kamala Harris como presidente y vicepresidenta, respectivamente, de los EE. UU, y la nominación y aprobación de nuevas figuras para el gabinete, directamente vinculadas al circuito de toma de decisiones, elevó las expectativas en relación a la probabilidad de una evolución de la Administración hacia un estilo más proactivo y eficiente en la toma de decisiones en las áreas definidas como prioridades vinculadas en lo fundamental a la política exterior y de seguridad.

Todos los analistas y académicos que se especializan en temas internacionales coincidieron en que esta nueva administración, donde repiten una serie de viejos conocedores de la Administración Pública de Estados Unidos con amplia experiencia en tareas de gobierno y buen conocimiento de la burocracia (MAS Consulting, 2020), sería continuista en gran medida de la administración que presidió Barack Obama (2008-2016).

Muchos pronosticaron que la nueva administración intentaría, en cierta medida, instrumentar un “cambio drástico de tono y enfoque”, en su política exterior en especial hacia sus aliados “tradicionales” y hacia su más cercana área de influencia, América Latina y el Caribe.

Los errores diplomáticos de la Administración de Donald Trump y la conducción errática de su política exterior que condicionaron un clima de miedo, rechazo e ilegitimidad en el exterior, era suficiente, a juicio de este autor, para que la formula demócrata Biden-Harris introdujera una serie de cambios en las concepciones del ejercicio diplomático y de asistencia al desarrollo a partir de estrategias más sutiles.

Biden durante su campaña electoral prometió, entre otras cosas, revertir las políticas de su predecesor hacia Cuba, pero la realidad es otra. Todos los gobiernos del país norteño, desde el mismo año 59, han perseguido los mismos objetivos de destruir a la revolución cubana, lo que han variado han sido los métodos.

Las sanciones impuestas por la administración Trump fueron mantenidas por su sucesor al afirmar “que todas las medidas están dirigidas contra el régimen cubano, no a al pueblo” pero la realidad indica lo contrario, pues el criminal bloqueo económico y comercial impuesto se calculan en cifras millonarias en daños, costos que se ven afectados por las sanciones impuestas por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC).

La OFAC a partir de indicaciones del gobierno de EEUU continua aplicando sanciones hacia nuestro país incluso algunas personalizadas tales son los casos del General de Cuerpo de Ejército, Álvaro López Miera, ministro de las Fuerzas Armadas, y la Brigada Especial del Ministerio del Interior de Cuba, sanciones absurdas, pues es conocido que ninguno de los “castigados” posee propiedades en los EEUU ni tienen previsto visitar a ese país.

La lista incluye también a los ministerios de las Fuerzas Armadas y del Interior, la Policía Nacional Revolucionaria, las Tropas Guarda fronteras, empresas, sociedades anónimas, la Zona Especial de desarrollo  Mariel, las Terminales de Contenedores de Mariel, más de 80 hoteles en toda Cuba, agencias de viajes, tiendas, principalmente las ubicadas en el centro histórico de La Habana Vieja de otras personalidades y empresas,

Otras sanciones fueron aplicadas como el bloqueo del Banco Holandés ING a las donaciones de una delegación de la Internacional progresistas que viajaría a La Habana para apoyar el libre acceso a las vacunas contra la COVID-19, la plataforma Airbnb acordó pagar una multa impuesta por la OFAC por aceptar huéspedes en Cuba. Entre otras sanciones sin fundamento le fue negada la visa a la Selección Nacional de Futbol y la CONCACF eliminó a Cuba de la Copa de Oro. Realmente la lista sería interminable, pues son más de 243 medidas y esta administración no ha hecho nada por enmendarlas; no es necesario aclarar que la agresión criminal contra nuestro país, continúa.

Los hechos vandálicos, en Cuba, en 11 de julio del 2021 evidenciaron que EEUU no cesa en su empeño de provocar un cambio de régimen en la isla y que continúan utilizando todas las herramientas de su poderío nacional, enfocado en las concepciones la guerra no convencional, a partir de un bombardeo mediático con el objetivo de controlar y manipular el cerebro humano.

No es casual  que a los ya conocidos documentos militares como la Circular de Entrenamiento 18-01 “Guerra No Convencional de las Fuerzas Especiales” de noviembre de 2010, la Publicación de Técnicas del Ejército 3-05.1 “Guerra No Convencional”, emitido en septiembre de 2013 y el Libro Blanco “Apoyo de las Fuerzas de Operaciones Especiales a la Guerra Política” del Comando de Operaciones Especiales del Ejército de EE.UU se le adicione la Guía estratégica interina de seguridad nacional  de la administración Biden donde se puede encuentra la línea maestra de los mencionados incidentes en Cuba.

Los mencionados documentos, más el uso de la internet con fines de subversión y desestabilización evidencian que los mencionados actos vandálicos no fueron espontáneos, fueron dirigidas, organizadas y financiadas por el gobierno de los Estados Unidos

Conclusiones

La pretensión de los Estados Unidos de destruir, por todos los medios, a la Revolución cubana no ha variado. Es indudable que Barack Obama llegó a la Casa Blanca con unas enormes expectativas sobre su presidencia, no sólo en su país sino en buena parte del mundo. Se le reconoce el hecho de haber sido el primer presidente de esa nación que establece relaciones diplomáticas con la Cuba revolucionaria, como resultado de un proceso de negociación que comenzó en el año 2014. Es innegable que en sólo dos años de relaciones se avanzó en temas de importancia para ambas naciones.

La llegada de Donald Trump y su política aislacionista de “American First ” y las medidas  que adoptó, dirigidas al reforzamiento del bloqueo confirmaron un serio retroceso de las relaciones bilaterales. El demócrata Joe Biden continuó en la línea de reforzar aún más las sanciones a la Isla, por lo que algunos analistas lo han catalogado de “decepcionante” si tenemos en cuenta que ha vivido de la política en los últimos 50 años y sus últimas decisiones en política exterior han sido erráticas.

Al realizar un pequeño balance desde el 2014 hasta la fecha, queda demostrado que los objetivos de acabar con el ejemplo de la Revolución Cubana no han cesado, ni con el poder inteligente solapado ni con las amenazas llenas de odio y racistas de los últimos representantes del poder en la nación norteña. El canciller cubano expreso al respecto “…es la misma política, es una vieja política anclada en el pasado”[9].

Como ha repetido una y otra vez la cancillería cubana a distintos mandatarios estadounidenses, cualquier estrategia dirigida a cambiar el sistema político, económico y social en Cuba, ya sea que pretenda lograrlo a través de presiones e imposiciones, o empleando métodos desestabilizadores más sutiles o encubiertos, estará condenada al fracaso

En el momento de escribir este trabajo –febrero de 2022- se conmemoran 60 años de la firma de la Orden Ejecutiva que impuso el criminal bloqueo contra la isla. No es necesario destacar que la Mayor de las Antillas enfrenta de manera victoriosa a la Covid 19 y sus variantes Delta y Ómicron a la vez que señala con legítimo orgullo que más de 9 millones de sus ciudadanos poseen el cuadro de inmunización completa con proyectos vacunales, desarrollados por nuestros centros de investigación. Esos logros indiscutibles le duelen a los enemigos y por esa razón intentan ahogarnos. La agresión continúa.

Referencias bibliográficas

-Kupchan, C. (marzo – abril de 2010). Enemies into Friends: How the United States Can Court Its Adevrsaries. Foreign Affairs. Obtenido de www.foreignaffairs.com/articles/2010-03-01/enemies-friends

-Obama, B. (8 de marzo de 2015). Executive Order 13692 of March 8, 2015. Obtenido de National Archives: https://www.gpo.gov/fdsys/pkg/FR-2015-03-11/pdf/2015-05677.pdf

-Obama, B. (10 de abril de 2015). Remarks by President Obama at the Civil Society Forum. Obtenido de The White House Office of the Press Secretary: https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/04/10/remarks-president-obama-civil-society-forum.

– Hillary Clinton. 2009. Nomination Hearings to be Secretary of State, Senate Foreign Relations Committee. Revisado el 11.05.2011 en: http://www.state.gov/secretary/rm/2009a/01/115196.htm; Hillary Clinton. 2009. Hearing of the Senate Foreign Relations Committee. Subject: Foreign Policy Priorities in the President’s FY ’10 International Affairs Budget. Revisado el 11.05.2011 en: http://foreign.senate.gov/hearings/hearing/?id=713e930d-dac2-0ca9-c623-6a51b494a49b; y  Hillary Clinton. 2009. Foreign Policy Address at the Council on Foreign Relations.


[1] Marc Hanson es Asociado Senior para Cuba http://www.wola.org/commentary/with_enemies_like_cuba_who_needs_friends

[2] Véase Zbigniew Brzzezinski: “The Dilemma of the Last Sovereign”, The American Interest, Agosto de 2005.

[3] Red social creada y financiada por la USAID dirigida a la construcción encubierta de un sistema de mensajería de telefonía móvil por parte de Estados Unidos, con el objetivo de derrocar al gobierno cubano. Declaración del director general del Ministerio de Relaciones Exteriores para los Estados Unidos (granma.cu)

[4] Programa subversivo contra Cuba orquestado por la Oficina de Transmisiones a Cuba (OCB). especie de “canal de comunicación” entre grupúsculos contrarrevolucionarios. Piramideo – EcuRed

[5]http://www.navy.mil/local/maritime/150227-CS21R-Final.pdf

[6] Conferencia de prensa ofrecida por Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, desde Viena, Austria, el 19 de junio de 2017. http://www.cubadebate.cu/noticias/2017/06/19/canciller-cubano-cuba-denuncia-las-medidas-de-trump-y-no-negociara-nunca-bajo-presiones

[7] http://misiones.minrex.gob.cu/es/articulo/las-tropas-por-la-vida-de-cuba-en-venezuela

[8] En el año 2015 por decreto presidencial del presidente Barack Obama fue retirada la Isla de esta clasificación

[9] http://www.cubadebate.cu/especiales/2017/11/01/bruno-rodriguez-el-pueblo-cubano-no-renunciara-jamas-a-construir-una-nacion-soberana-independiente-socialista-democratica-prospera-y-sostenible


Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.